viernes, 20 de mayo de 2011

Epinicio


Arquitectos Carlos Raúl Villanueva y Domingo Álvarez


por Domingo Álvarez

Carlos Raúl Villanueva, arquitecto, en ejercicio en plena mitad del siglo XX, murió el 16 de agosto de 1975 -hace ya más de 35 años- fervoroso creyente en el potencial político de la arquitectura, en las potencias éticas de la belleza entendidas como diálogo o confrontación dialéctica con la comunidad, nos legó la Ciudad Universitaria de Caracas como espejo mágico donde podemos reflejarnos en un continuo de reconocimientos que permiten la prolongación incesante de su propia experiencia comunitaria. Más allá de su muerte, más allá de su ausencia, la Ciudad Universitaria ¡nuestra Universidad, la Universidad Central de Venezuela! es la piedra fundacional de una larga y todavía viva sucesión de testimonios y epitafios, que muestran con su ejemplo una estela de realizaciones, gracias a las cuales podemos asistir a la aventura sorprendente de ejemplos solitarios unidos en medio de una sociedad atrasada e indiferente, para llevar adelante una empresa de regeneración ética y estética, componer ahora una preciosa historia cultural de su ciudad, de su nación.

Villanueva alcanza su síntesis prodigiosa en la Plaza Cubierta de la Ciudad Universitaria. Esta plaza es el legado culminante con el cual Villanueva dejó abierta la estela de su propia continuidad, de su propia supervivencia hereditaria. Constituye el último acto, el epílogo de una larga sucesión de hallazgos, de invocaciones, de convocaciones, de actuaciones donde las situaciones que se crean, y los personajes que hacen su aparición en esta “Comedia Humana” son como metáforas, imágenes vividas compartidas por toda la comunidad.

La arquitectura se adelanta siempre a la vida. No la copia, la modela a su antojo.

La Plaza Cubierta tal como la conocemos, es en su totalidad una invención del maestro. En ella no se hace más que practicar, el capricho, la fantasía o la visión creadora de un gran Arquitecto, la del maestro Carlos Raúl Villanueva.

Debería crearse una pasión por la arquitectura, por el oficio, un grupo cuyo centro o figura magnética, polo de congregación y de integración ecuménica, coral, colectiva, fuese el maestro que resuene, no como una voz solitaria, sino como un conjunto de voces diferenciadas que se concierten en una fiesta fraternal de coincidencias y disidencias múltiples, de entradas y salidas, de laberintos, de retiros, de huidas, de permanencias, supervivencias, afectos y defectos; donde por encima de todo nos reconozcamos como grupo decididos a ejercer nuestro oficio, como una “Tribu” de arquitectos, reunida alrededor de un plan de lucha, llevando nuestros lápices como estandartes agresivos, desafiantes, formando parte de la mejor corriente de arquitectura que estructure la marcha de la imaginación encarnando, una “pandilla” de conjurados contra la espantosa realidad de las circunstancias que nos envuelven.

Conminando a los mejores, aliados contra la más asfixiante indiferencia, contra el más hermético vacío, contra la ciudad hostil que nos encoleriza, nos ¡arrecha!

Que en medio de este actual escepticismo nos mostremos como impensables legisladores y constructores de nuestras ciudades, dignificándolas, haciéndonos fundadores de civilidad y de ciudadanía, portadores de mensajes capaces de configurar identidades y coincidencias colectivas, formas de convivencia, imágenes para la posibilidad de otros tiempos más justos y mejores.

Funcionando como una isla (si fuera el caso) en medio de la ciudad que nos reclama, sacarle provecho a ese aparente aislamiento para encontrar la manera de participación más efectiva y decidida en los cambios que esta ciudad está pidiendo y en los cuales, como arquitectos estamos en el deber y en la obligación de proponer e incluso de imponer, de manera desafiante y orgullosa.

Repetimos: la arquitectura no copia la vida, se adelanta a ella y la modela a su antojo. Tiene en la concepción poética del mundo, el poder de producir una existencia derivada de allí, donde nada existe. Tiene el poder de invocar el porvenir y de provocarlo. Suplir el hecho inexistente y producirlo al conjurar proféticamente su presencia, “reemplazar el hecho, creándolo”.
Estas potencias prodigiosas de la arquitectura se manifiestan de manera contundente en su materialización.

La arquitectura es un cuerpo resistente en cuya estructura la experiencia queda protegida por la fuerza de ella misma. Un cuerpo resistente donde los hechos permanecen a salvo de los efectos de su propia caducidad y de su propia ruina.
La arquitectura opera en el vacío, opera en el desierto de lo no poblado o despoblado, de lo decrecido o atrasado de lo no hablado o mal hablado, como una fuerza de impulsión que proviene de su potencia animadora, vivificadora.

El aliento de la arquitectura es capaz de resucitar lo que está muerto, participar en el proceso creador de la ciudad animando a los que deben utilizar el discurso para crear alianzas y prometerse pactos y proyectos que hagan posible la consolidación del orden teológico de la POLIS.

Cuando se habla de la potencia profética de la arquitectura, del efecto políticamente configurador de la figuración arquitectónica (como modelo de configuración política, diríamos: orden y ritmo de las ciudades), se alude a la utopía como no lugar en el cual es posible hacer germinar la imagen de los lugares posibles del porvenir, la ciudad del mañana fundada en el desierto del presente.

Es la arquitectura la que comunica el aliento necesario para que del vacío surja alguna forma de plenitud, para que del espacio desierto surja un espacio habitable, la metáfora como habitación, la arquitectura como ciudad en la que el hombre pueda vivir, participar, feliz alegre y tenaz.

La arquitectura es la que prepara y anuncia proféticamente la ciudad posible, la ciudad futura erigida contra la adversidad de una naturaleza todavía no dominada, una naturaleza embargada por la potencia de lo telúrico.

Considerar la arquitectura como experiencia de anticipación y realización imaginaria, capaz no solo de anunciar sino al mismo tiempo de prefigurar esa tradición faltante: tentarla al invocarla, producirla de manera preformativa en el acto mismo de su postulación. Si entendemos “tradición” como el fenómeno cultural e histórico que se produce en las sociedades cuando éstas son capaces de establecer mecanismos de continuidad y de conservación de sus actos y hábitos característicos, es decir, cuando las sociedades producen memorias y archivos, relatos de conmemoración, cartografías de reconocimiento y fijación de la propia identidad, podemos concebirla, también como PAISAJE, en el sentido en que, lo utilicemos para indicar toda construcción cultural que transforme lo telúrico en orden civilizado, proporcionándole contención y forma al caos, construyendo un cosmos ahí donde no había sino desintegración y confusión.

La arquitectura que inventa la tradición inexistente inventa al mismo tiempo el paisaje de un territorio todavía no integrado, incapaz de reconocerse así mismo.
La misión histórica de los arquitectos es la de preparar desde la arquitectura y con la arquitectura el terreno político para que esta conversión de la tierra en un PAISAJE tenga lugar.

El arquitecto pone la arquitectura en el lugar de lo inexistente, ofrece la arquitectura (y lo que la arquitectura es capaz de dar, es decir, potencia de configuración para aquello que carece de figura, potencia de formación para aquello que carece de forma) como modelo para estructurar la tradición inexistente, el orden (la civilidad, la ciudadanía) de la ciudad del porvenir. La arquitectura no solo profetiza sino prefigura y configura: proporciona la experiencia de configuración sin la cual las ciudades, la cultura ciudadana o la sociedad que se genera a partir de ésta no tendría modelo conductor.

La arquitectura se propone, así, diseñar “la gracia y el destino” de esas ciudades: anuncia en su figuración la configuración de la ciudad posible, de la ciudad deseable, deseada.

Alianza de una retórica y una utopía, diríamos realización de la arquitectura y concreción de la ciudad, ideal.

Accedemos así, a través de una justificación histórica del papel de la arquitectura y de los arquitectos, al despliegue de una formulación estratégica connotada con signos legendarios de heroicidad. Los arquitectos proféticos tienen que dar todo para que en el futuro sus edificaciones sean habitadas, se conviertan ellas mismas en espacios de ciudadanía, en paisaje civilizado, en posibilidad de la CIVITAS.

1 comentario:

  1. Flaco! No diría que me sorperenden tus dotes literarias -que no conocía-, más sí que superen tus dotes oratorias! Hermoso concepto ese de arquitectura como anticipación, ojalá te animes a poner más cosas por escrito. Un abrazo, El Benemérito

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