sábado, 9 de julio de 2011

Más futuro que pasado

Es sintomático lo que está pasando en un país como Italia, atiborrado por una inmensa estratificación de obras de arte y de arquitectura. Capa sobre capa, durante siglos y siglos, diferentes civilizaciones y formas de vida casi no han dejado espacio libre para nuevas aventuras del espíritu. No parecía así al comienzo del movimiento moderno, que sin embargo, por un coqueteo ambiguo con el fascismo, terminó convertido en retórica reaccionaria.

La reconstrucción después de la segunda guerra mundial fue otra esperanza que creó mitos, algunas obras maestras y un estilo italiano de diseño que se hizo célebre en el mundo, pero que lamentablemente tampoco cuajó en las estructuras urbanas ni pudo derrotar el mal gusto de la especulación mafiosa. Cuando en las últimas décadas comenzó a bajar el índice demográfico, la actividad constructiva se redujo enormemente y se concentró en las remodelaciones y restauraciones en los cascos antiguos. Una parálisis creadora pareció afectar a los arquitectos italianos. De nada valen algunos éxitos en el exterior: la arquitectura italiana desde hace años es puro exégesis académico y dibujo artístico.

El drama es tan acentuado que hace unos cuantos años Walter Veltroni, Vice Primer-Ministro y Ministro del Patrimonio Cultural, conjuntamente con el Ministro de Obras Públicas, tomó la iniciativa de convocar a los 93 arquitectos italianos más reconocidos para discutir el futuro de la arquitectura contemporánea en Italia. En un panorama de cero arquitectura de valor y de significado comparables con la antigua y con la de los años 30 ó 60, el debate se centró en estudiar los medios para restituir a la arquitectura italiana el prestigio que pudo tener antaño. Problema de difícil solución sin la intervención masiva del Estado.

Veltroni, en ese momento, propuso varias cosas interesantes que pudieran constituir una experiencia valiosa hasta para países tan distantes y diferentes como el nuestro. En primer lugar, concursos de dos etapas para todos los trabajos del Estado (en Francia 2.000 concursos anuales, en Italia 10). En segundo lugar, concentrar la atención en algunos grandes proyectos de interés protagónico. Y en tercer lugar, inaugurar dentro del Ministerio del Patrimonio Cultural un departamento expresamente dedicado a la arquitectura, con la tarea específica de promover por todos los medios, en el contexto de las antiguas ciudades italianas, la más alta calidad contemporánea.

Podría afirmarse que, salvando distancias, medidas semejantes nos harían buena falta también a nosotros. Con ellas se podría ayudar a colocar el problema urbano y el de la dignidad de las edificaciones públicas en el nivel de responsabilidad que corresponde a un país civilizado, sin mencionar la urgente tarea de impulsar una arquitectura moderna de calidad, como promesa patrimonial para el futuro, criterio con el cual, podemos asegurarlo, nuestro Instituto del Patrimonio Cultural también ha estado totalmente de acuerdo.

El cuento de Veltroni es agua pasada. En lo personal, como político muy discutible y alcalde de Roma, fue un fracaso. Y la arquitectura italiana no se desprende del marasmo berlusconiano. A pesar de algunas obras notables de arquitectos como Renzo Piano, sigue enferma de mafias y de efectismos espectaculares. Quedan episodios como el que citamos que nos recuerdan la importancia, para los efectos del trabajo del Estado, de rescatar la calidad de lo que se construye. Y, lo que es aún más importante, la discusión de la relación entre la calidad episódica y la calidad como norma universal. Tema totalmente actual.


Estación Alí Primera, Metro Los Teques, El Tambor, 2007, Caracas, Venezuela. Max Pedemonte, Teresa Sánchez y Harry Frontado. Fotografía: Archivo Musarq.

Ambulatorio Jesús Regetti, Minas de Baruta, 2007, Caracas, Venezuela. Oscar Tenreiro.
Tomada de: http://www.800-christy.com
Fecha: 09-07-2011 - 11:50 a.m
Espacio Cultural Comunitario de Antímano 2007, Caracas, Venezuela. J. P. Posani.
Fotografía: Archivo Musarq.


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