viernes, 15 de julio de 2011

Vergüenza nacional

Escuela Rural en el estado Guárico, Venezuela. Foto: Archivo Musarq.

por Juan Pedro Posani

La baja calidad de diseño funcional y formal de la arquitectura que produce el Estado no está en discusión. En la absoluta mayoría de las obras que se proyectan y realizan desde las instituciones públicas, la ausencia de un horizonte cultural y profesional que las respalde es una realidad impactante y dolorosa. El descalabro en las regiones es apabullante. En algunos casos, como en el de las viviendas para las poblaciones indígenas, es vergonzoso. Obras significativas, retos para la sensibilidad política y social, oportunidades para levantar experiencias nuevas, con afecto, comprensión y respeto por la vida de los habitantes, obras que pueden ser modestas pero que deben ser auténticas en el acercamiento a los problemas, se entregan a la incompetencia de cualquier constructor cuyo interés está en otra parte, en el contrato con ganancia rápida.

Los resultados son desastrosos. Se repiten todos los días los efectos de nuestra resistencia a solicitar y difundir una buena arquitectura, y con ella lo que la prolonga y le da sentido en la vida social, la aspiración a un buen urbanismo.

Es una historia vieja. A pesar de lo escaso que ha sido nuestro ejercicio público de crítica arquitectónica, muchas páginas se han escrito acerca de esta ausencia casi radical, de esta indiferencia hacia la calidad de lo que se construye. En ello el Estado ha tenido siempre una alta responsabilidad. Hoy, cuando la acción pública ha adquirido por fin el vuelo de la responsabilidad social colectiva, de la visión de redención, de justicia y de civilización humanista, la búsqueda de la calidad de la arquitectura que se proyecta y construye desde el Estado debería ser mucho más imperativa.

No hablemos de viviendas, avergüenza literalmente, cuando se revisa lo que se está haciendo en Colombia, Chile, Brasil, en términos, por ejemplo, de magníficas construcciones educacionales, primarias, secundarias y universitarias, y se compara con lo que hemos sido capaces de realizar en Venezuela. De inmediato surge la referencia nostálgica: las escuelas de los años cuarenta y cincuenta. El sentido extraordinario de responsabilidad, de conciencia profesional, de honestidad cultural, que son evidentes en aquellas obras, desde los famosos Grupos Escolares de la época de Medina hasta la Ciudad Universitaria, contrastan estridentemente con las escuelas contemporáneas.

(1) Complejo Educacional Manuel Jesús Andrade. Provincia de Chiloé, Chile. 2009. Andrés Crisosto Smith, Andrés Crisosto Aguilera.
¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? ¿Cuáles son las misteriosas, profundas razones que han afectado nuestro juicio, en la cuarta y en la quinta, dicho sea de paso, y que nos impiden acudir a la plétora de arquitectos, jóvenes, medianos y viejos, la mayoría desempleados, con ganas de trabajar y de descubrir como aplicar la consigna de Rodríguez, inventar, inventar?… que es lo que nos hace enorme falta.


(1) Tomado de: http://www.plataformaarquitectura.cl / Fecha: 15-07-2011 - 11:30 a.m.

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