lunes, 13 de febrero de 2012

Las dos ciudades

por Juan Pedro Posani

(1) Fotografía: Nicola Rocco. 2005.

En la realidad material, físicamente comprobable y tangible, así como en el imaginario colectivo, en el complejo mundo de las ideas que unen y dividen a los hombres, la estructura urbana de Caracas se compone de dos caras. Dos ciudades se entrelazan y conviven una al lado de la otra, una con la otra entretejidas y sin embargo opuestas y separadas.

Una profunda herida separa la ciudad de los pudientes, tradicionalmente dominantes y controladores, y la de las clases medias, atrincheradas en sus reductos –de la de los pobres- la ciudad de las carencias fundamentales, de los grandes traumas de la vida de todos los días. Es una herida física, que implica el este y el oeste, las urbanizaciones y los barrios, el Country Club, La Lagunita, y Catia y El Cementerio… En pocas palabras: la gran riqueza del petróleo, y la pobreza de los residuos y las migajas. Pero sobre todo es una herida mental: la ciudad de la “oligarquía” y la de la clase media acomodada, desconocen la otra ciudad. Ignoran las horas y los kilómetros de penurias y de trabajo que pesan en la vida de sus habitantes. Gracias a lo que han recibido directa o indirectamente del don del petróleo, pueden estar inmensamente más cerca de Manhattan o de Coral Gable que de la Plaza Bolívar o de Petare. Es por ello que es fácil levantar una barrera de asco y de indignación.

Se inflan los mitos: La suciedad, la holgazanería, la flojera, la criminalidad. Se ocultan a sí mismas realidades absolutamente próximas, las de las secretarias que sostienen las agencias de sus esposos, las de los obreros que reconstruyen sus calles, las de las mujeres de barrio que limpian sus casas. Las dos ciudades coexisten inextricablemente. Las estadísticas repiten desde hace décadas los mismos números. El 40, 50 por ciento de los habitantes de la capital, viven en barrios.

(2) Fotografía: Nicola Rocco. 2005.

Lo que se ha calificado como “marginalidad” es una realidad social, económica, política y psicológica imposible de ocultar, mal definida hace años, y aceptada ahora por los estudiosos como una parte esencial del proceso de construcción de la ciudad, en el marco de una economía deformada como la nuestra. Un problema inmenso, el de la “otra” ciudad, donde viven “los otros”, pero un problema que ahora debe ser resuelto como una tarea imprescindible si queremos que el país avance hacia una estructura justa y sustentable. Si las clases dominantes tradicionales, responsables de semejante descalabro en su proyecto de país, se hubiesen detenido en algún momento de su larga historia de dominio, en un análisis serio de lo que estaba ocurriendo, también se hubiesen percatado que desde cualquier ángulo de observación, el económico, el político y el ético, era evidente la total inconveniencia, el error catastrófico, de dejar crecer y consolidarse dos ciudades paralelas como las que hoy conocemos. Los traumas políticos a los que están ahora sujetas, directo de su incompetencia y de su egoísmo irresponsable.

Arturo Uslar Pietri, desde su postura de derecha ideológica, conservadora pero inteligente, lo había dicho de manera categórica “el hecho doloroso de este gran fracaso nacional” es el resultado histórico de la gerencia fraudulenta y ciega de unas clases incapaces siquiera de entender el destino a que estaban condenando al país. Oportunidades inmensas perdidas en lo efímero y en lo superficial, en la corrupción y en el derroche irrecuperable. Cabe preguntarse como ha sido posible semejante “fracaso”. No se puede negar que una cierta “intelligentsia” de cariz nacionalista, especialmente de orientación socialdemócrata, trató repetidamente que el Estado cumpliese mejor su cometido, en los territorios de la salud, de la educación y de la vivienda y que la participación privada tomase más en cuenta sus responsabilidades morales. Hubo logros parciales, afortunadamente, pero el contexto oportunidad y reaccionario, nacional e internacional, prevaleció. Nos quedamos sumergidos por la combinación de la mentalidad de campamento, tantas veces denunciada por las mentes más lúcidas, y del dinero fácil que es su origen más visible. Y la ciudad, nuestra Caracas, supuestamente nuestra, quedó como la conocemos. Dividida en dos, dos estratos, dos caras, dos mapas, dos realidades. Dos maneras, una de aprovechar la riqueza de la vida, y la otra, de defenderse a como de lugar frente a la avalancha de sus inconveniente y sus dramas.

Caen las preguntas. Una muy directa, a quienes, desde los niveles del conocimiento, profesionales de clase media, alta o media, han tenido participación inequívoca en las decisiones. ¿Qué han hecho o dicho cuando las dos ciudades se han revelado como una fractura profunda y una diferencia indiscutibles? ¿Ha habido acaso suficiente racionalidad y voluntad política para evitarla o corregirla? ¿Estamos dispuestos a compartir responsabilidades en esta sociedad que alguien definió como de “cómplices”? ¿Cuál ha sido la complicidad de los arquitectos, que al fin y al cabo han firmado cada proyecto? Es cierto: algunos arquitectos y urbanistas, diseñadores y sociólogos, durante mucho tiempo han alzado sus voces, no faltaron. Hubo ideas y pensamientos acusadores. Pero la clase media, en su conjunto, encontró fácil acomodo en los pliegues de un bienestar provisional y pronto dejó que las cosas ocurrieran y que los vientos soplaran. Al fin y al cabo, para ello estaba la renta petrolera.

(3) Fotografía: Nicola Rocco. 2005.

Es preciso insistir en la conexión entre los estamentos profesionales (arquitectos, ingenieros, etc. encargados del diseño del espacio construido) y la conducta en general de la clase a la cual pertenecen– de la cual salen, en la cual viven y se educan, o a la cual arriban, con gran esfuerzo– Pero hoy ya no cabe ignorar la realidad que todos ayudamos demasiado, como profesionales y como clase media, a crear o a tolerar. El país, o esa parte del país que ya no se conforma con las cosas como son, como han sido o como se supone que deben ser, no admite despreocupación o ignorancia. Varias tareas se imponen.

Hay que convencer al poder elegido por el pueblo, que hay un conocimiento, un saber disponible que es útil para la ciudad, en realidad para las dos ciudades. Primero, para corregir la ciudad formal, tan mal organizada, tan poco generosa, tan sinsentido de urbanidad cívica, tan fea en sus despropósitos. Y luego y sobre todo, para dar sentido y dignidad a la otra, “la ciudad de los otros”, la informal, para que ella deje de ser la “otra” ciudad y sea una sola con la vida decente y amable de un nuevo ciudadano. Esta vez ya no podrá haber desconocimiento e indiferencia. Hay serios indicios que el pueblo caraqueño no lo tolerará.


(1, 2, 3) Fotografías de Nicola Rocco presentes en el libro Caracas Cenital (Caracas, 2005).

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