martes, 22 de mayo de 2012

Por una Gran Misión Transporte Público

(1) Caracas, Venezuela
 
por Juan Pedro Posani

Hace unas décadas, cuando se hablaba de transporte o de movilidad urbana, se hacia hincapié en la relación vivienda-trabajo. Hoy las cosas han cambiado. La movilidad y la movilización son casi totales: la población urbana se desplaza a todas horas para todas las actividades del día, no sólo para ir y volver del trabajo. Comprar, educarse, divertirse… para todo, en las ciudades los desplazamientos son hoy más que nunca una necesidad.

¿Es posible pensar que esta tendencia pueda cambiar o reducirse en el futuro? Por más que se aduzca el crecimiento del trabajo cibernético en casa, la realidad de una movilidad creciente interurbana, no parece tener límite. Si a ello agregamos el problema de las ciudades satélites, que en la práctica actual son más bien ciudades dormitorios, el drama patético que sufrimos todos los días en las grandes ciudades, es realmente catastrófico. Su dimensión inhumana llega a niveles inconcebibles si nos referimos a la importancia de la vida que se gasta – malgasta - horas y horas embutidos en latas de sardinas para trasladarse de un sitio a otro. Esta ineficiencia vergonzosa, en términos de necesarias perspectivas de progreso y de emancipación y de vida digna y decente, afecta a todos, pero muy especialmente a los niveles económicos más bajos, en los cuales como ocurre desde hace siglos, las penurias son siempre mayores.

Nada nuevo. Una realidad bien conocida, desde hace mucho tiempo. Pero lo que parece haber llegado, poco a poco, a la conciencia de los poderes públicos de los países llamados subdesarrollados, es que se debe poner fin a una situación tan perversa. El tremendo impacto en el comportamiento ciudadano y en el rendimiento con fines humanos del tiempo de vida, día y noche, sustraídos a la tortura del tráfico, es muy evidente en la historia de muchas ciudades, en las cuales, por diferente razones, se le puso un parado a esta atroz barbarie que hemos llegado a aceptar como inevitable, como si fuese el castigo que nos imponen los dioses por haber intentado ser civilizados antes de llegar a ser racionales.


(2) Curitiba, Brasil

Dos casos pueden ilustrar lo anterior. Dos situaciones bien diferentes pero con resultados comparables. Uno, ubicado en el primer mundo, el otro, en el nuestro. Burdeos y Curitiba. En Burdeos, ciudad de provincia, culta y reservada, conservadora, muy estabilizada en un nivel adormecido de sobrevivencia, el proyecto, ya realizado, de un sistema de tranvías eléctricos superficiales de última tecnología, al decir de sus habitantes ha transformado completamente la vida de la ciudad. Es ahora una ciudad que piensa en el futuro, sus habitantes orgullosísimos de su tranvía que los ha conectados en todas sus partes, recreando un sentido de convivencia ciudadana que se creía perdido. Se han agregado otros proyectos, entre ellos recorridos peatonales, el rescate del borde río, etc. Pero lo fundamental ¡ha sido el cambio en el sistema de transporte público!

En el caso de Curitiba, ya clásico y famoso, citado como ejemplo en todas partes, también allí el sistema de transporte público superficial, conjugado con otras medidas de racionalización de la vivencia pública, ha sido la pieza esencial. Los cambios que se han producido son diferentes. La ciudadanía se ha sentido incorporada a la atención del Estado, ha podido constatar en vivo y directo las enormes ventajas de un buen sistema del transporte, hijo de un buen sentido de solidaridad ciudadana.

(3) Lyon, Francia

De ambas experiencias –y podríamos agregar una ya larga lista de programas semejantes en todas partes del mundo, desde la China hasta Colombia– se deduce la enorme importancia y gravedad que reviste el asunto del transporte público en las ciudades contemporáneas. Cabe preguntarse si en Venezuela, ahora que se nos ha propuesto un programa extraordinario de construcción de viviendas, hasta el punto que por lo menos en la medida cuantitativa y a corto plazo, toda familia venezolana pueda tener una vivienda digna, sana y decente (programa inaudito que va cambiar como nunca en positivo el sentido y los valores tradicionales de nuestras ciudades) no se debería también plantear, análogamente, una misión que transforme de cabo a rabo los sistemas de transporte ciudadanos. Nuestras ciudades esperan que se de un salto creativo extendiendo el sentido público, del espacio ciudadano que es de todos y debe ser igualitariamente de todos, también a ese servicio, a la infraestructura de transporte, que es el flujo de la sangre, el nervio y el alma de la vida de la ciudad.

Si nos detenemos por un momento y le echamos una mirada comparativa, no nos queda que concluir que nuestra irracionalidad oscurantista nos ha enjaulado en unos sistemas de movilidad que son una trampa férrea, un procedimiento socio-económico absolutamente inhumano, costoso, primitivo y cruel, cuyas gravísimas consecuencias todos padecemos.

¡Una misión transporte público es una prioridad nacional! Venezuela se lo merece.

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