martes, 5 de junio de 2012

La ventana

(1) Casa Caoma. Carlos Raúl Villanueva. La Florida, Caracas, Venezuela. 1952.

por Juan Pedro Posani

En la historia humana se dan acontecimientos cuya relevancia tarda en asumirse a conciencia con todas sus implicaciones. Entre el atropello del “descubrimiento” de América y el convencimiento universal de que el mundo es pequeño y esférico, pasaron muchos años. Y tal vez todavía hoy no hay suficiente percepción colectiva de lo infinitamente breves que son nuestras cuitas de hormiguero y aún tardamos demasiado en darnos cuenta cabal de nuestra situación planetaria. En el recorrido histórico, con siglos de avances de la ciencia, desde la arrogante, absoluta, dominante presencia del hombre enfrentado a la naturaleza, hemos ido disminuyendo cada vez más nuestras dimensiones. El mundo se nos ha achicado y a la vez se ha ensanchado inmensamente el espacio exterior. Hoy ya sabemos que todas las estrellas y no sólo la nuestra que nos da la vida, poseen planetas. Mañana tendremos pruebas de los miles de millones de formas de vida que se agitan en los miles de millones de galaxias de este universo.

Tardaremos un tiempo largo en entender nuestra muy humilde insignificancia.

Mientras tanto, son los pequeños objetos y la situaciones menudas, los conflictos emocionales personales, y en la vida social, la continua escalada tecnológica, la contundencia directa de la violenta irracionalidad con la cual quemamos y desperdiciamos nuestros instantes de existencia, los que ocupan el espacio y el tiempo de nuestros días.

Es justo que sea así. De otra manera sería harto penoso sobrellevar el sin sentido y el vacío. Decía un filósofo alemán, H. Waihinger, que "si queremos sobrevivir, lo mejor es comportarse como si la vida tuviese un significado y nuestras ilusiones un valor". Así pues que en la inmediatez de las horas y de los días humanos, es natural que prevalezcan cosas, ideas y sentimientos, pequeños, microscópicos, insignificantes en la escala de lo que somos en la dimensión cósmica, pero inmensos y totales en la escala de nuestros acontecimientos terrestres. A pesar del pesimismo (¿o del realismo?) del filósofo alemán, en lo cercano y perentorio podemos volver entonces a apreciar la trascendencia y la utilidad vital del trabajo y la utopía.


(2) Casa Caoma. Carlos Raúl Villanueva. La Florida, Caracas, Venezuela. 1952.

Es por ello que, saltando de lo abrumador de la reflexión cósmica -sin asidero inmediato, por cierto, en el sabor de las arepas y en el valor la cesta-ticket- al impacto cercano y epidérmico de la temperatura y las brisas, es que una simple ventana puede convertirse en un objeto de análisis y atención privilegiada.

Volvemos a un tema ya mencionado varias veces. Se está construyendo, mucho, muchísimo. Como nunca. Y cada edificio de los miles que se están levantando en todo el país, tiene, por supuesto, ventanas. En el blog del 20 de abril, intentamos esbozar un examen de los criterios de diseño con los cuales se están concibiendo. Es importante concretar este aspecto porque en “la ventana” se resume y se despliega lo esencial de nuestras ideas acerca de lo que es o debe ser el espacio arquitectónico en un punto del planeta tan especial como es el nuestro. Su relación entre lo interior y lo exterior, el clima, la temperatura, el asoleamiento, la ventilación transversal, la sombra y la penumbra. En suma, en la ventana, en sus variantes tipológicas, se manifiesta nuestra comprensión del medio natural y cultural en el cual vivimos.

O de nuestra incomprensión e indiferencia hacia ello.

Se decía hace años: “la ventana, cerramiento hecho para ver, ventilar, proteger del sol y de la lluvia, iluminar u oscurecer y hasta para oler, por las tardes, el perfume del Ávila”. “Una ventana debe tomar en consideración todos los elementos del clima…debajo de un gran alero de protección del sol y la lluvia…permitir asomarse, la visión completa o parcial hacia fuera, el oscurecimiento casi total, la seguridad y la ventilación aún en el caso de cierre por viento excesivo o de lluvia con viento, reducir el acceso de mosquitos y zancudos, graduar la intensidad de la luz y proteger de su deslumbramiento”. Todo un programa de diseño, con intencionalidad profesional: clima, escala humana, escala biológica, sentido correcto y previsor de la convivencia doméstica.

(3) Facultad de Arquitectura y Urbanismo, UCV. Carlos Raúl Villanueva. Ciudad Universitaria de Caracas, Caracas, Venezuela. 1952.

Contraposición con las otras ventanas, “convertidas en pobres huecos mal tapados con vidrios más bien nefandos, en enrejadas, agentes catalíticos de una lastimosa represión sobre las formas elementales de la vida”.

La contraposición es drástica pero real. Lo era hace años, lo sigue siendo hoy. Seguimos sin internalizar el papel extraordinario que puede interpretar el objeto ventana en la comprensión de la atmósfera física y cultural del trópico. Son comprensible las resistencias: los hábitos mentales y visuales derivados de ciertos aspectos de formación eurocéntrica, tan común en nuestras universidades. Y más que ello, la resistencia que se origina en los cálculos económicos. La ventana más barata parece ser la que se reduce a un simple hueco en la pared. Nada más.

No se puede negar: eso pesa. Pesa el subdesarrollo…Pero ¿cuánto? ¿Cómo funciona ese cálculo dentro de la economía global que debe derivar del análisis total de la operación de diseño? Ahí es probable que intervenga otro aspecto: no hay tiempo suficiente para reflexionar y experimentar… La deuda social es demasiado grande y su solución demasiado urgente.

Es posible. Pero ello no nos debería liberar de la responsabilidad de hacer todo lo necesario para que la vivienda popular, la que el Estado y sus profesionales están produciendo meritoriamente por centenares de millares, no prescinda de la ambición de ser ejemplo e intento de humanismo civilizatorio.

Hasta en la más humilde ventana.

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