lunes, 23 de julio de 2012

Preguntas

(1) Reurbanización El Silencio. Caracas, Venezuela.

por Juan Pedro Posani


1

Desde el comienzo de la existencia de nuestro país, como entidad social, política y cultural, se ha fraguado una relación de dependencia del exterior. La peculiar realidad de nuestra experiencia periférica se ha ratificado durante siglos. A través de la historia, los centros de poder han evolucionado y cambiado, pero ha permanecido intacto el rigor documental de la relación de dependencia. Sabemos que la independencia nacional no fue, hasta hace poco, más que una fórmula detrás de la cual se ha ocultado el manejo de intereses internacionales muy poderosos. El acento con el cual hoy estamos en la posibilidad de destacar el rescate original de nuestra independencia como nación, confirma la actualidad de una larga lucha política. Nuestra independencia no nos exime, sin embargo, de la conciencia de nuestra copresencia en el mundo contemporáneo y de tener que asumir el juicio y la crítica permanentes de lo que ocurre alrededor nuestro. Los lazos no se han roto. Lo que ha cambiado y debe seguir cambiando es la independencia del punto vista. Con ella como instrumento de observación es que debemos analizar el bombardeo de información al cual estamos sometidos constantemente. No prestarle atención a lo que ocurre en el mundo es hacerle el juego a una actitud que consiste en observarnos únicamente el ombligo. Es la otra cara, provinciana y doméstica, opuesta a la del cosmopolitismo hueco y superficial, pero ambas hijas de la dependencia cultural.


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China, el gran tema de información de este siglo asiático, nos proporciona un tópico de análisis comparativo. Veamos el proyecto, ya realizado, del arquitecto Steven Holl para un desarrollo mixto en un barrio pekinés.

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Las torres, uniformes y repetitivas en la solución de las fachadas, y conectadas todas entre sí al nivel del piso 18, responden a la intención de constituir un gigantesco conjunto urbano relativamente autónomo, intersectado por una malla de comunicaciones peatonales mediante unos puentes singularmente heterogéneos. La imagen es muy próxima, observadores acuciosos lo han detectado de inmediato, a esas construcciones imaginarias que han aparecido en tantos episodios de los cómics de ciencia ficción, o de mundos imaginados en el futuro, que no se distancian mucho de los dibujos de artistas como el célebre italiano Sant´Elia. El sentido que se desprende de ellas es la aceptación expresiva de un mundo coherentemente caótico, que con intensidad casi morbosa o masoquista exalta la inmersión de lo anónimo masificado en la dimensión del Internet y de la comunicación continua, universal e instantánea. Lo arbitrario y lo imprevisible se conjugan con la multitud de opciones vivenciales que se aparenta ofrecer, pero siempre condicionadas a la desaparición de cualquier escala que permita individualizar a la persona. Multipliquen esas imágenes, porque es evidente que ellas aspiran a constituirse en totalidad universal, y constatarán que el mundo del mañana ya está aquí, sólido y real. Así será la ciudad, parecen decir. De Flash Gordon a Pekín.

Vaya que están ocurriendo cosas…


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Cambiemos de registro. En los barrios de viviendas de la periferia de las ciudades suecas de los años 60, los balcones asoleados de los edificios de cuatro o cinco pisos, se abren a los patios donde juegan los niños, densos de vegetación y de huertas. Las familias se interconectan, se arman relaciones y propósitos. Se pueden casi oír los gritos de los niños, los ruidos sosegados de las cocinas, la respiración amable de una forma de vivir. Quienes, desde la atención y la curiosidad de ciudadanos del subdesarrollo, tuvieron la ocasión de conocer esa realidad tan natural y a la vez tan ideal, no podrán dejar de recordar eso que parecía espejismo. Lo apacible y doméstico de la imagen sugiere una sociedad en la cual es importante la calidad de vida de todos. En efecto, por algo los extraordinarios resultados que la socialdemocracia obtuvo en los países escandinavos, le otorgaron un prestigio y una fama que perduran hasta hoy. Sería largo examinar aquí cómo esas sociedades llegaron a conformar una estructura tan solidaria y civilizada. Ha sido una historia larga y compleja de éxitos importantísimos pero también no exenta de grandes dramas y de pecados grandes. Conformémonos con aceptar las diferencias: los países escandinavos históricamente han establecido una pauta comparativa imposible de ignorar, especialmente si el contexto es el de las demás miserias del mundo occidental. Cuando hoy, desde esta orilla de las utopías tropicales, estamos tratando de rebasar las rémoras que nos encadenan al subdesarrollo, es preciso atender a ese escalón de organización social que han representado esos países del norte y echarle una mirada; no, por cierto, para imitarlo, sino, aunque parezca jactancia, para avanzar y superarlo.


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Cabe, ahora, plantearse unas preguntas. ¿Es concebible asumir hoy las condiciones y consecuencias de una ciudad como la que se propone desde las ambiciones urbanas chinas? ¿Acaso las dimensiones de la explosión urbana latinoamericana pudieran admitir esa escala como una fórmula universal e inevitable? Es evidente para todos que en China la existencia de centenares de millones de ciudadanos implica aceptar una concepción de la ciudad bien diferente a la que puede surgir desde nuestra realidad continental. Claro está que aquí los constreñimientos económicos y materiales nos dan de frente con otra realidad: la nuestra. Pero queda un resto de admiración, de sugestión y de fascinación morbosa, que puede fácilmente entorpecer el reconocimiento de donde realmente residimos. El viejo virus de la imitación sigue estando entre nosotros, no lo olvidemos.

Por otra parte, en las ciudades suecas, en la tipología y escala de sus barrios de viviendas, las que recordábamos más arriba, en esa imagen que a pesar de las distancias históricas, económicas y culturales, pudiera ser asumida como un factor comparativo, ¿no estará oculta una esencia o vivencia directamente conectada con una realidad económica, pero sobre todo cultural y política, de características pequeñoburguesas? Detrás de las apariencias de vivencia solidaria ¿no se estarán celebrando los ritos minúsculos de una domesticidad limitada y corta de visión, centrada únicamente en propósitos individuales? ¿Hasta qué punto en la experiencia de El Silencio, experiencia bien venezolana, no se adelantaron pautas sociales y urbanas muy avanzadas que retomadas hoy pueden abrir cauces a una realidad construida y sustentable inmensamente beneficiosas para todos?


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¿Tiene sentido reflexionar sobre temas como estos? ¿Acerca de situaciones tan alejadas, cultural y geográficamente? ¿No estaremos repitiendo el juego de las referencias y por ende de la imitación? Pero, decíamos que es también nuestro deber escuchar lo que ocurre en el mundo. Y criticarlo desde nuestra posición, históricamente determinada.

(4) Conjunto de viviendas Baronbackarna en Örebro. Suecia. 1951.

No se trata de metafísica o de elucubraciones estetizantes. Ni de actuar pensando en China o Suecia. El punto es que si vamos a construir nuevas ciudades o a transformar las existentes, tenemos que decidir cómo hacerlo. Tal vez, en este momento de apuro y de acoso, con la necesidad de resolver de inmediato problemas terriblemente angustiosos, que están allí enconados desde hace siglos, lo que realmente tengamos que preguntarnos es, sencillamente, si hay aulas, consultorios y centros maternales en todos los conjuntos que estamos construyendo o si los edificios están orientados correctamente. Problemas concretos e inmediatos. Pero ya, a la vuelta del próximo año y con más experiencia, habrá que comenzar, entre todos, especialistas y ciudadanos de a pie, con el mayor sentido democrático, a contestar la pregunta de fondo: ¿cómo realmente queremos vivir colectiva, igualitaria y armoniosamente en la ciudad?

(5) Barrio Hammarby Sjöstad. Estocolmo. Suecia.

2 comentarios:

  1. La conexion, al nivel del piso 18, parece un alto riesgo sismico.

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  2. La conexion, al nivel del piso 18, parece un alto riesgo sismico.

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