viernes, 14 de septiembre de 2012

To make sense...

por Juan Pedro Posani

La derecha ilustrada está furiosa. El equipo Urban Think Tank, encabezado por Alfredo Brillembourg, acaba de traicionar los sagrados principios elitescos que deberían caracterizar a su clase, alcanzando internacionalmente lo que se ha definido “un premio a la miseria”. Dejémoslos tranquilos, que ellos son blancos y ellos se entienden, (nunca cayó mejor el dicho).

Otra cosa es la crítica arquitectónica. Pero allí también se enredan. Visitan al Pabellón de Venezuela en Venecia y lo único que pueden decir es que “se parece a una feria agrícola en la que ya se vendió la mercancía y sólo quedan los letreros con las ofertas y la decoración floral”. Profunda intuición, equivalente a visitar una obra de Le Corbusier, por ejemplo, y decir que se parece a unas burdas cajas de concreto. Tal vez la metáfora, comparativamente hablando, les parezca excesiva, pues Doménico Silvestro por el momento no ha llegado a los niveles de fama del maestro suizo. Pero que se nos acepte la metáfora: es una pequeña maniobra para evitar mentar lo que merecería mentar. Un poco más adelante en la sesuda reseña pudieron reanimarse con el exquisito vacío del pabellón del Brasil, alegrarse con el de Japón donde se evidencia “un intento de proporcionar lugares para aquellos que han perdido sus lugares”, (¿algo que ver con las viviendas venezolanas para damnificados?) y llenarse de esperanza con el mediático chileno Aravena, quien siente el deber de “trazar un futuro que haga sentido (sic.: angl. por to make sense) a todos los involucrados” mediante el proyecto de viviendas populares.

Desde luego la “profanación” a que ha sido sometido el pabellón del maestro Scarpa, los dejó “entristecidos”. Porque el Estado venezolano allí demuestra que es simplemente “un Estado cuyo objetivo para el 2019 es construir 3 millones de viviendas”. Como comprenderán, ¡qué decepción, qué asco! ¡Tan “promesa hotelera”! Otra cosa es el futuro que haga sentido, del progre chileno.

Antológico. Digno de ser archivado entre los disparates más cómicos, tan cómicos, casi, “como el Museo de Arquitectura”. Quedaría por comentar, si realmente valiese la pena, la pareja lingüística “pendejada-perplejidad” que parece ser bizantina. Pero no, no vale la pena.

Es preferible, por razones de descanso del espíritu, volver a la lectura de un buen libro que de arquitectura no hable, por ejemplo, tal vez “Falke” o “Sumario”. ¿No les parece?

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