martes, 4 de diciembre de 2012

Cuando escasean las luces y no se quiere ver


por Juan Pedro Posani

PARA ALGUNOS ES IRRITANTE QUE EN UN MUSEO DE ARQUITECTURA SE PRESENTEN PROBLEMAS URBANOS Y SE SEÑALEN SUS CAUSAS. POR SUPUESTO, PARA ELLOS UN MUSEO DEBERÍA SER UNA INSTITUCIÓN MARAVILLOSAMENTE IRRESPONSABLE, QUE NO SE OCUPE NUNCA DE ESAS SANDECES.

Quienes nos visitan, observándonos, coinciden todos en que en Venezuela se está dando una empresa-experimento que no tiene parangón proporcional con ningún otro caso en el mundo[1]: la Gran Misión Vivienda. Hay que insistir en el primer término, empresa, que expresa la existencia de la determinación que la sostiene (alias, voluntad política) y la presencia de un plan concreto e inmediato a realizarse. En segundo término, el experimento, esto es, la concepción abierta, justamente experimental, que admite orgánicamente toda clase de iniciativas, ensayos e intervenciones, parciales o globales, que en un mundo como el nuestro, confuso y dinámico, sin justificaciones definitivas, constituyen exigencias metodológicas primordiales. Es un hecho que en general nosotros mismos, en el país, no apreciamos en su justo valor la magnitud gigantesca de lo que se está realizando y de lo que está planteado realizar en los próximos años. La exposición que justamente está abierta en el MUSARQ pretende satisfacer por lo menos en parte esta necesidad de captar esta dimensión y este alcance.

Lo hemos repetido y lo seguiremos repitiendo hasta el cansancio: hoy en Venezuela no hay acontecimiento urbano más importante que la transformación constructiva y política que está afectando a todas nuestras ciudades. Probablemente la cercanía del bosque (o en otros casos, la mezquina ceguera política) nos impide ver los árboles, o viceversa. En todo caso, quienes nos juzgan desde el exterior[2] sí se dan cuenta cabal de las dimensiones civilizatorias de lo que se está jugando aquí, como en ninguna otra parte del mundo. Dimensiones de cambio que son primariamente dimensiones cuantitativas, pero que se metamorfosean rápidamente en transmutación, evolución o salto cívico de profundo significado en términos de calidad y de formas de vida. Por consiguiente, si se quiere ser honestos y objetivos, hay que comenzar por constatar estos hechos.

Las extraordinarias realizaciones que se han logrado hasta ahora y que están a la vista de todos en todas las ciudades del país, han sido el resultado de un trabajo gigantesco, ejecutados por legiones de compatriotas dotados de un sentido excepcional de responsabilidad y con un insólito nivel de eficiencia que, a pesar de todos los obstáculos internos y externos, hay que admitir que ha superado todas las expectativas. Emociona reconocer el trabajo sacrificado, abnegado, generoso, desplegado a todos los niveles por profesionales, administradores, constructores, obreros y técnicos, y que únicamente la ceguera clasista y la ignorancia presuntuosa de los algunos intelectuales dedicados a emitir juicios desde la cómoda distancia de sus enclave privilegiados, sin comprender nada ni sentir nada significativo en el plano humano, pueden ningunear con su displicencia característica. Quienes, como ciudadanos, analizan y critican, pueden ser parte meritoria y valiosa del país, si, y sólo si, son capaces de colocarse al lado de quien, apasionadamente, construye, inventa y produce, no importa si con errores y carencias. Esto es, si en actitud de escucha y de diálogo, son capaces de analizar seria y objetivamente la realidad, de desmenuzar su complejidad, de emitir juicios razonados, fundamentados y coherentes, y, finalmente, de verter críticas propositivas que apunten a un mejoramiento que ciertamente puede ser aún radical, de los programas, entendidos éstos como instrumentos para la construcción de un mundo nuevo.

Si en cambio, la rabieta y la ojeriza es la única guía, la única triste linterna emocional de que disponen para entender la realidad, será imposible agregarlos a la empresa de llevar el país hacia una nueva modernidad, una modernidad de nuevo tipo, bien deslastrada de las ilusiones tecnocráticas y positivistas que tanto daño le han producido al planeta. Las críticas a la Gran Misión Vivienda pueden ser numerosas. Sí, cada cosa que se hizo o que se está haciendo, pudiera haberse hecho mejor. ¿Pero acaso eso no ocurre con todo, en cualquier momento, con cada acción humana? Hay una cuestión de principio: decíamos antes que cualquier análisis de un proceso que pretenda cambios y prometa soluciones a partir contemporáneamente de una acción real, constatable y documentable, exige primeramente tomar contacto con esa realidad. Afirmaciones negativas, categóricas, apodícticas y definitivas, fundadas sobre impresiones episódicas y parciales, no ocultan sino carencia de seriedad, la trivialidad teórica adornada de soberbia, arrogancia y pedantería, del pretendido discurso crítico de ciertos individuos de la oposición. Un discurso que hace un uso abundante de adjetivos peyorativos y que, de paso, por supuesto, estimula respuestas análogamente agresivas, como en el fondo lo muestra este mismo comentario. (Uno quisiera poder discutir con otro tono, con más argumentación y menos vehemencia, pero la conflictividad parece ser el único, inevitable campo en el cual se coloca el discurso).

Por demás este discurso es, sobre todo, un discurso profundamente inmoral porque cínicamente ignora el peso y el espesor de una acción que, con todos sus inevitables defectos, es resultado de una dedicación humana inestimable (sudor, trabajo y talento, modestia y responsabilidad) y que además se fundamenta en un propósito de irrestrictos valores de redención política y de emancipación ciudadana. ¿Cómo no valorar el significado, no diremos político, sino pura y simplemente de humanidad, que emana de cada espacio de vida que se le da a una mujer, un espacio de juego que se le da un niño, un espacio de descanso y de reflexión que se le da a un trabajador? ¿Cómo entonces no sentir la necesidad moral y ética de participar en la programación de un hábitat nuevo, digno de toda dignidad social? Es de aquí, del primer reconocimiento de la construcción en acto de una nueva realidad urbana venezolana, que implica también la construcción de una nueva realidad social, que debe arrancar el juicio necesario para apreciar lo que se ha hecho hasta ahora. Y luego, entonces, reconocido el enorme alcance de lo que se está realizando, acertada la importancia transgresora de los cambios que se están provocando, constatada la trascendencia nacional y continental del programa constructivo venezolano, pasar a participar de manera crítica en la programación imaginativa, y realista a la vez, de un gran salto adelante, hacia un hábitat urbano de nueva y aún mayor calidad. Para ello será de gran utilidad recibir las observaciones que pretendan hacer de las experiencias parciales un patrimonio colectivo. Para ello, insistimos, hay que comenzar a plantearse las grandes preguntas: ¿En qué medida lo que estamos construyendo contribuye a hacer mejor ciudad? ¿En qué medida las tipologías que estamos utilizando corresponden con suficiente adecuación a las necesidades populares y en qué medida son el resultado de propuestas y ensayos que surjan desde abajo, desde el poder popular? ¿En qué medida el diseño arquitectónico y urbanístico coincide y se articula con las condiciones climáticas propias de cada región? ¿En qué medida los sistemas constructivos adoptados responden a los criterios de economía, rapidez y eficiencia? Preguntas que ciertamente exigen respuestas ineludibles, pero éstas no pueden dejar de estar enmarcadas en una comprensión y un interés real y en una simpatía sincera por el éxito de la operación, considerada desde los intereses de todo el país y no desde los intereses oportunistas y momentáneos de un partido político.

Debemos comprender que por lo tanto todos los ciudadanos de este país estamos frente al deber de asumir la responsabilidad de participar. El programa de construcción de la nación urbana es tan importante y cargado de tantas consecuencias para todos, que no es posible abstenerse de participar. Todos estaremos afectados por lo que estamos haciendo, bajo la atenta mirada de América Latina. Las opiniones, sugerencias y propuestas de todos, así como las críticas, aportarán lo necesario para que la Gan Misión Vivienda alcance una dimensión, ya no tan sólo, o sobre todo, centrada en lo cuantitativo, sino en la dimensión cualitativa, otra dimensión que a la otra se adhiere, permea y conjuga e innova, hasta ser una sola unidad, distinta y superior, como experiencia que madura y produce resultados cada vez más positivos. Ello implica necesariamente un doble proceso: un momento de reflexión, de autoanálisis, por así decirlo más claramente, de crítica no politiquera y de autocrítica sincera. Un momento de sacar cuentas y de constatar resultados, en lo técnico, en lo económico, en lo tipológico, en lo constructivo, en lo ecológico, sobre todo en lo social. Y luego, una segunda instancia, la de lanzar proyectos y de programar nuevos alcances a partir de lo que ya se ha hecho.

Así pues, parece llegado el momento en que es oportuno abrir un examen meditado y discutido, en los diferentes niveles de responsabilidad, desde la participación popular y ciudadana desde abajo, hasta los más altos niveles políticos, económicos, tecnológicos, arquitectónicos y urbanístico, para precisar y remediar los errores, recoger y ampliar los aciertos, redefinir los objetivos, consolidar los ámbitos de intervención, y abrirse hacia metas de las cuales seguramente podremos estar orgullosos como nación y como pueblo que emprende una senda extraordinaria.

Pero aún más que eso. Con los datos de que disponemos, y con la fuerza de lo realizado, sin tener demasiado temor a los errores, que siempre se comenten y constituyen fuente de formidables aprendizajes, podemos y debemos atrevernos a concebir y concretar, mediante un programa experimental de amplio espectro, un proyecto del nuevo hábitat urbano que sea capaz, desde el punto de vista de la política, con la P mayúscula, de enfrentar los dilemas que se anotan en la lista de las urgencias más dramáticas del planeta, las tres grandes crisis, la crisis energética, la climática y la demográfica.

Con la compresión del valor excepcional de lo que se está haciendo en lo urbano y de la capacidad de cambio que de ello se desprende, en unión de la conciencia de la enorme magnitud “numérica” de la empresa-experimento a que nos referíamos, caso único, por lo menos en América Latina, es posible considerar las oportunidades de nuevos planteamiento y de ensayos audaces que se nos abren. Tiene una importancia radical no perder la ocasión para que ahora la Gran Misión Vivienda se nos convierta en un gran laboratorio continental para ensayar nuevas, mejores y más justas y democráticas formas de vivir en la ciudad.


Se ha discutido de manera sostenida el tema de la ciudad socialista. He aquí la oportunidad ya no de imaginar utopías, sino de bajar de los sueños a la práctica, de ensayar en la práctica los sueños de la imaginación. Los sabios nos decían que era imposible construir la ciudad del socialismo sin primero definir con precisión de qué tipo de socialismo se trataba. No sabían los sabios que es andando que se hace el camino. Desde Simón Rodríguez a Lenin se nos ha enseñado que es en la práctica social con su realidad y sus condicionantes donde se determina el camino a recorrer. Las utopías abstractas, interesantes intelectualmente y generosas en los propósitos, son muy buenas para estimular las esperanzas de emancipación humana, pero son ineficaces para orientarse en el terreno concreto de la acción. Cómo realizar la ciudad socialista modelo no dependerá de imaginar hermosos y limpios esquemas abstractos, sino de la confrontación que surge de la presencia real de los vectores sociales, siempre dentro de condiciones mucho más dinámicas de lo que uno generalmente puede suponer.

Así pues pasar de la inmediata emergencia social, sede de la urgencia y de la inevitable improvisación, al programa experimental de escala por lo menos continental, a la Venezuela-experimento urbano. Es una perspectiva que, a nuestro juicio, conviene cultivar, si queremos evitar caer, con el tiempo y las dificultades, en la rutina y en el “viviendismo”, como se lo calificaba en los tiempos no tan pretéritos del Banco Obrero. Es un salto de proporciones incalculables, que nos podría colocar en el ojo del mundo, pues no sólo estaríamos planteándonos soluciones para nosotros los ciudadanos venezolanos, sino para todos los países del llamado tercer mundo, una guía y un ejemplo de cómo plantearse hoy la nueva cuidad, el nuevo hábitat.

Muchas preguntas, un gran reto.


[1] El caso de China y de su gigantesco proceso de urbanización, tiene, como se sabe, características muy distintas pues ahora se basa (con diferencia a lo de aquí) en un régimen donde es la inversión privada y una estricta concepción mercantilista, lo que guía lo esencial de las operaciones urbanas.
[2] Baste recordar y anotar los comentarios de un observador tan respetable como el sociólogo francés Marc Augé “No es sólo un proyecto, sino un sistema. Eso es único en el mundo, ese voluntarismo por la cuestión social. Es una revolución que las viviendas sociales estén en el centro de la ciudad” Carvajal Cheo, “ Más que teórico, prácticamente urbano” El Nacional, Caracas, 25/11/12, Ciudadanos.3

1 comentario:

  1. La verdad profesor Posani, estoy de acuerdo con mucho de lo que usted menciona, la misión vivienda es algo que no tiene precedentes, y solo en el futuro se podrá juzgar ciertamente sus consecuencias. Por ahora, esa mezcla maravillosa entre la ciudad de los ricos y pobres parece materializarse. Sin embargo, me preocupa la constante idea de REMARCAR esa división, todos estamos claros de que si existe, y que maquillarla no tiene sentido, pero se puede decir a ciencia cierta que la ultima imagen que usted publica es veridica? Todo el que vive en un barrio es pobre?? y todo el que vive en un edificio es rico?? Parece un veredicto que intenta aumentar la división, mas que disminuirla. Incluso es un veredicto que recuerda mucho esa "guerra al rancho" de los 50s, considerado una patología, una muestra de la pobreza de nuestra sociedad, pero eso no es completamente cierto, ya esta mas que demostrado que es un evento, que surge como respuesta a una necesidad, respuesta que nunca se le ha sacado provecho y se sigue pensando en el mito de que el estado le dará vivienda a todos los habitantes de los cerros. Cuando se empezara a invertir en los barrios? cuando le sacaremos provecho a la habilidad de autocosntruccion? cuando el estado dejara de darle dinero a las mismas constructoras de siempre?

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