jueves, 17 de enero de 2013

Hacia una Nueva Modernidad


por Juan Pedro Posani

En un momento en que las circunstancias sobrevenidas ocupan necesariamente un gran espacio social y mediático, no está demás seguir estudiando, como siguiendo una línea de coherencia ética, las perspectivas de desarrollo a mediano y largo plazo. El país no se detiene, la historia no se bloquea. Por más dramáticos y dolorosos que sean los acontecimientos, o por ello mismo, es preciso seguir haciendo el trabajo de definir el diseño, el proyecto de país que deseamos construir o continuar construyendo. El tiempo más detenido que implica la interrupción y corte tradicionales de los días de fin de año, permite evaluar con más presencia la enorme diferencia entre la evolución de los grandes países industrializados y la de los nuestros en un aspecto fundamental: allá se trata de administrar mejor o de retocar de otra manera, una estructura social inconmovible. Aquí se trata en cambio de construir una sociedad. Los ritmos y los tiempos son diferentes. Pero también y sobre todo, los son los compromisos que se adquieren en los dos casos. Y cuando se habla de construir, la imagen y el verbo coinciden perfectamente con la realidad del presente. Como nunca en el pasado, hoy en Venezuela se trata de organizar y levantar una infraestructura física coherente con el andamiaje institucional que debe resultar del proceso político en curso.

En el gran marco de ese proyecto de infraestructura está incluida, naturalmente, la Gran Misión Vivienda Venezuela, como una pieza fundamental, como un instrumento de civilización de enorme valor. Y cabe seguir preguntándonos, entonces, de qué manera, según cuáles criterios, de acuerdo a qué orientación, conviene que se actúe para lograr esa coherencia que es preciso esperar y reclamar si se quiere que el futuro sea menos caótico y azaroso de lo que la vida social de manera natural tiende a producir, y que, al mismo tiempo, se inscriba en un proyecto de país que nos involucre democráticamente a todos los ciudadanos.

Ahí está el punto que nos interesa plantear: se vislumbra, hoy, aquí, en Venezuela, la posibilidad de diseñar un recorrido socialmente interactivo que pueda conducir a elaborar lo que podemos atrevernos a definir como una segunda modernidad.[1] ¿No sería acaso un acontecimiento formidable que en Venezuela, precisamente el país de América Latina que con mayores efectos y resonancia tuvo la oportunidad de inscribir en su historia una etapa casi heroica de modernidad, pudiera hoy, pasadas ya varias décadas, replantearla, ahora a otro nivel y con verdadera madurez, en términos de autenticidad crítica?

Para ello, para poder sugerir la posibilidad de que el cambio revolucionario pueda afianzarse en el proyecto de una nueva modernidad, si se quiere trabajar seriamente, es indispensable analizar varios aspectos del concepto de modernidad y de sus antecedentes y condicionantes históricos. En especial sería necesario precisar los grandes y permanentes valores característicos de la primera modernidad y separarlos y apartarlos de la plataforma negativa sobre la cual se llegó a montar ese mismo mito de la modernidad occidental. Porque la modernidad que hemos conocido en América Latina y especialmente en Venezuela, esa modernidad de que tanto andamos orgullosos, ha sido una modernidad de imitación adaptativa, y porque rara vez nos hemos tomado el trabajo de descubrir analíticamente todas sus aristas, es entonces necesario desmontarla en todos su ingredientes y componentes, para revalorizar algunos, los más preeminentes, desechar otros y devolverle, sobre una nueva base, sus virtudes originales.

Las dimensiones cuantitativas y cualitativas de la Misión Vivienda son tales que permiten perfectamente la posibilidad de concebirlas respaldadas y fundamentadas en el marco de lo que convendría ya llamar una nueva modernidad. Son ellas mismas las que presuponen, reclaman y exigen ese marco y esa fundamentación. Si no se quiere que la Gran Misión se vuelva un segundo Banco Obrero, mejor y mayor, pero siempre Banco Obrero, es indispensable enmarcarla ideológicamente en un proyecto de otras dimensiones, las que corresponden orgánicamente al futuro del país en un mundo sometido a crisis trascendentales. Pensar la Misión como un programa aislado, un programa esencialmente de naturaleza técnica, sería desperdiciar una oportunidad histórica para ensayar en Venezuela nada menos que un modelo de civilización bien diferente, capaz de superar las sombras y corregir los errores inherentes a la primera modernidad, rescatando sus presupuestos originales, su médula inicial, esto es, todo aquello que le ha permitido, a pesar de todos los desarreglos, de todos los desafueros y de todas las desviaciones, aún criminales, convertirse en ícono, en importante referencia como paradigma de civilización en la larga marcha de emancipación y de libertad que la humanidad ha emprendido desde hace muchos siglos. Una nueva modernidad es urgente… Un reto gigantesco. Sobre todo una oportunidad para la vida nueva, para el buen vivir de todos…

En las próximas semanas seguiremos discutiendo y analizando la posibilidad (y defendemos: la necesidad) de plantear un programa de trabajo colectivo y participativo para que en Venezuela se alcance a diseñar lo que podría ser una nueva modernidad. Una propuesta tal vez desmedida, si se consideran las dificultades y los obstáculos, pero que se nos antoja como un programa teórico con inmensos resultados de aplicación práctica y por consiguiente de un extraordinario valor humanístico.


[1] La posibilidad o la realidad presente de una segunda modernidad han sido objeto de numerosos análisis, pero quienes la han planteado y criticado, especialmente los estudiosos como Ulrick Beck y Z. Bauman , con su modernidad líquida, se han referido siempre a la desastrosa versión actual, del mundo globalizado y privatizado por el imperialismo financiero, en que se ha convertido la primera modernidad, la original, y no a la posibilidad de volver a construir una nueva, segunda, modernidad de contenido humanista.


Desde la primera modernidad a la nueva modernidad
que un mundo en peligro necesita urgentemente

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