miércoles, 30 de enero de 2013

Hacia una nueva modernidad (II)

por Juan Pedro Posani

Cualquier discusión acerca de si es posible (y necesaria) una nueva modernidad, debe partir necesariamente de una previa y seria reflexión. Las condiciones del medio imponen restricciones y por lo tanto habrá que proceder, pedimos por ello comprensión, de manera muy sintética, concisa, hasta esquemática. Si este discurso cobrará alguna relevancia, habrá entonces posibilidad de desarrollarlo en otras dimensiones, más distendidas y abiertas a la reflexión analítica.

Lo primero que debemos poner sobre la mesa, antes de explorar el perfil de la novedad (se trata, en efecto, de una nueva modernidad), son los caracteres, los rasgos, las peculiaridades distintivas, por así decirlo, de la vieja modernidad, la que hemos conocido y que está todavía en un curso de desarrollo especialmente crítico.

En artículos anteriores hemos hecho referencia a una modalidad del pensamiento crítico contemporáneo, en lo que concierne al debate acerca de la modernidad, sus antecedentes y su actualidad, que se ha sintetizado en las expresiones “la segunda modernidad”, o, de una manera mucho más llamativa, “la modernidad líquida”. En síntesis, pensadores de la talla de Zygmunt Bauman, (“vida de consumo, tiempos líquidos”), de Ulrich Beck (“libertad o capitalismo”) y de Slavoj Žižek (“¡bienvenidos a tiempos interesantes!”), con lo líquido de esta segunda modernidad lo que quieren es expresar, precisar y delimitar lo esencial del desarrollo actual del mundo moderno, en lo que atañe, por supuesto, a los países industrializados, que cargan con la responsabilidad de haber llevado hasta los límites actuales fenómenos extremadamente importantes como la globalización, la destrucción de la solidez del pensamiento racionalista (típico de la primera modernidad) asentado en la fe inconmovible en el progreso, y de haber introducido el virus de la inflación de la individualidad, de la privatización total, y movilidad absoluta de las ideas, de la comunicación, del conocimiento y, en el fondo, de los valores.

La crítica, exhaustiva, compleja, detallada, de estos pensadores al comportamiento de la sociedad capitalista globalizada, es acertada y aguda. Deja sin ningún aliento a cualquier posibilidad a corto o mediano plazo de inversión de rumbo. La modernidad actual, tal como ha evolucionado de la primera, es un desastre: nada puede justificar su perversidad actual. De sus análisis, certeros, exactos y documentados, emerge una consideración triste: se ha perdido la oportunidad de continuar, enriqueciéndolo, el proceso de emancipación humana que había comenzado, con tantas esperanzas, con el Iluminismo y la Revolución Francesa.

El hecho doloroso es que lo que se suponía que iba a resumir y potenciar al máximo los valores de la modernidad, esto es, el socialismo del siglo XX, cumbre del desarrollo científico, de la solidaridad humana y de la plenitud democrática, simbolizado en la Unión Soviética, se hundió dramáticamente en su proceso de desenvolvimiento desde una sociedad atrasada y despótica, en un remedo hipócrita de socialismo, en el cual se perdieron y/o pudrieron los valores principales del humanismo. El mundo, desde la caída del muro de Berlín, se ha acostumbrado a repudiar o a mirar con extrema desconfianza, todo intento de rescatar los valores del socialismo, que se había identificado, no lo olvidemos, con los mismos valores sustanciales de la modernidad. No había habido anteriormente, que se sepa, un claro y evidente ejercicio ideológico y programático de identificar ambas cosas, y si lo hubo no trascendió en Occidente y en sus canales de información. Modernidad y socialismo, para quienes estaban en el torrente capitalista, quedaron como identidades separadas, no como en realidad estaban implícitamente planteadas, tal vez en formas embrionarias o simplificadas, en las consignas de Lenin. La historia todavía debía proceder, con sus lecciones y sorpresas, a enseñarnos que las dificultades que se oponen al desarrollo de la humanización -no del mundo, como proponía Teilhard de Chardin- sino de la propia humanidad, son gigantescas, siempre mayores de las que se suponen.

Regresando a la reflexión inicial, lo característico de la modernidad original, la que se consolidó en un largo y multifacético discurso de aspiraciones, de condiciones metodológicas y de logros sustanciales en lo intelectual y en lo pragmático de la construcción del mundo físico y social, es preciso destacar que la modernidad es un hecho eminentemente occidental, no un fenómeno difuso y normal para todas las sociedades, sino un fenómeno histórico que está intensamente asociado al desarrollo de la humanidad occidental, a sus luchas y conflictos, a sus tremendos errores y magníficos aciertos, a sus ideales y a sus ilusiones. La “occidentalidad” de lo que llamamos modernidad es pues un factor que no debe ser despreciado, aún cuando en todos lo países y regiones del mundo, desde la África a la India y la China, se plantee, hoy, la necesidad y la urgencia de algún tipo de modernización.

La segunda característica de esa primera modernidad, es la de presentar envueltas en un mismo paquete ideológico las ideas evidentemente positivas de la preeminencia de la racionalidad como método, de la certeza de las verdades de la ciencia y de su enorme valor creativo, de la independencia de criterios, de la utilidad de la duda y la autocrítica, la importancia política y ética de los cuatro principios de libertad, igualdad, fraternidad y participación, como si se tratase de elementos eternos y universales, con independencia de las condiciones históricas y culturales. Con ello se le hacía grave mella a las dimensiones humanas de la diversidad en todos sus aspectos y al respeto debido a la riqueza de la pluralidad y de la diferencia. Más grave aún, la búsqueda de progreso, meta, justificación y fundamento programático de la acción política, la llevó a cabo Occidente con absoluta intolerancia por los derechos humanos de las inmensas masas humanas que han tenido la desgracia de habitar las regiones geográficas con mayores recursos. La otra cara de la modernidad ha sido pues la explotación, el exterminio, el dominio violento y la colonización de buena parte del mundo. Al mismo tiempo que la Revolución Francesa proclamaba los derechos humanos procedía a esclavizar el Caribe. No lo ignoremos: la maravillosa modernidad se ha construido sobre una inmensa injusticia, la explotación del mundo y la drástica reducción de la diversidad.

Con ello no se está escandalizando ideológicamente. Se está simplemente asentando la exigencia de un reconocimiento a la realidad objetiva. La doble realidad de la modernidad, que ha sido producto de este Occidente, padre de Beethoven y de Hitler, de San Francisco y de Steve Jobs, de Erasmo de Rotterdam y del Rey de Bélgica dueño del Congo, de Galileo Galilei y de George W. Bush.

El punto que está en discusión, es si estamos o estaremos en condiciones de separar estas dos caras de la misma moneda, de si sabremos apreciar en profundidad los extraordinarios valores que nos ha legado la modernidad: el conocimiento científico, la igualdad democrática, la fraternidad humana. Y de si sabremos o podremos seguir construyendo sobre esos valores, rescatándolos, y reduciendo a un mínimo -hay que ser racionales y realistas- los otros potentes ingredientes negativos que mezclados con los otros u ocultos tras ellos, nos han entregado el mundo que conocemos.

Tal vez los dos aspectos, los dos rostros de Jano, sean realmente inextricables. Pero en las próximas semanas seguiremos analizando el asunto con el convencimiento de que algunas sorpresas nos esperan.

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