sábado, 9 de febrero de 2013

Hacia una nueva modernidad (III)

(1) Complejo Wangjing Soho. Zaha Hadid. China.

por Juan Pedro Posani

Puede que se sostenga, muchos así lo hacen, que lo que ocurre en Venezuela no es sino un revolcón subdesarrollado, un acontecimiento pintoresco típico de nuestra América sentimental y exótica. Una visión miope, hija de una cultura dependiente eurocéntrica, les impide comprender que en realidad aquí se está gestando una seria amenaza a toda la práctica política y cultural centrada en la “normalidad” social, a esa normalidad de explotación e injusticia a la que los dominios imperiales tienen acostumbrado a medio mundo.

El concepto de modernidad, que venimos discutiendo, hay que revisarlo. Lo haremos acompañados por el pensamiento de otros investigadores, inmensamente más prestigiosos que nosotros, pero autorizados por el hecho de que en Venezuela, como ya se ha dicho una infinidad de veces, la modernidad se ha convertido en una marca nacional, una supuesta referencia histórica, modelada en la corta estación arquitectónica de los años 40-60.

Antes de seguir en la exploración de si es posible y conveniente proponer una segunda modernidad para la Venezuela que estamos construyendo, antes de insistir en los rasgos que pueden definirla a partir de la recuperación de los perfiles positivos que caracterizaron la modernidad occidental, es preciso atender a lo que hemos llamado “la otra cara” de esa modernidad que con tantos empeños y esfuerzos, fracasos y éxitos, hemos perseguido en América Latina y en especial en Venezuela. Para hacerlo nada más eficaz y preciso que apelar a una cita de un escrito en secuencia lógica de Enrique Dusserl:

1) La civilización moderna se autocomprende como más desarrollada, superior (lo que significará sostener sin conciencia una posición ideológicamente eurocéntrica).

2) La superioridad obliga a desarrollar a los más primitivos, rudos, bárbaros, como exigencia moral.

3) El camino de dicho proceso educativo de desarrollo debe ser el seguido por Europa (es, de hecho, un desarrollo unilineal y a la europea, lo que determina, nuevamente sin conciencia alguna, la “falacia desarrollista”).

4) Como el bárbaro se opone al proceso civilizador, la praxis moderna debe ejercer en último caso la violencia si fuera necesario, para destruir los obstáculos de la tal modernización (la guerra justa colonial).

5) Esta dominación produce víctimas (de muy variadas maneras), violencia que es interpretada como un acto inevitable, y con el sentido cuasi-ritual de sacrificio; el héroe civilizador inviste a sus mismas víctimas del carácter de ser holocaustos de un sacrificio salvador (el indio colonizado, el esclavo africano, la mujer, la destrucción ecológica de la tierra, etcétera).

6) Para el moderno, el bárbaro tiene una “culpa” (el oponerse al proceso civilizador) que permite a la “Modernidad” presentarse no sólo como inocente sino como “emancipadora” de esa “culpa” de sus propias víctimas.

7) Por último, y por el carácter “civilizatorio” de la “Modernidad”, se interpretan como inevitables los sufrimientos o sacrificios (los costos) de la “modernización” de los otros pueblos “atrasados” (inmaduros), de las otras razas esclavizables, del otro sexo por débil, etcétera. [1]

(2) Ciudad Universitaria de Caracas. Carlos Raúl Villanueva. Venezuela.
Esta argumentación, irónica y amarga, de sólida base histórica, es indispensable para poder continuar con el análisis que hemos comenzado y que pretendemos poder llevar a la conclusión de que es necesario pensar en el futuro del país como el desarrollo, no ya el “desarrollo” capitalista cuyos efectos conocemos demasiado, sino el desarrollo de esa primera modernidad racional y emancipadora que Jürgen Habermas definía como una modernidad inacabada, “un proyecto incompleto”.

Para que no se confundan las cosas, cabe aquí insistir en que cuando hablamos de modernidad venezolana, estamos citando a un fenómeno que abarca mucho más que la fachada moderna de su arquitectura años 50. Para entendernos, la obra del maestro Carlos Raúl Villanueva y la de los demás arquitectos que tuvieron un papel destacado en ese período, es sólo una parte del proceso de modernización venezolano, proceso que arranca mucho antes, por lo menos con el régimen de Guzmán Blanco, y que abarca igualmente al mundo de la economía, de la producción, de la infraestructura funcional, de la política y de la cultura.

La modernidad y el proceso de modernización son fenómenos que se han activado dentro y en función de las grandes transformaciones sociales que se han dado a partir de los siglos XV y XVI en un mundo cada vez más globalizado. Por lo tanto cada modernización tiene su propias características y particularidades, su momento o presencia, su estallido o permanencia, su grado de dependencia o de autonomía, de acuerdo a cómo cada país o región ha sabido o podido cumplir con las tareas que los países dominantes, ya industrializados, han impuesto. Nuestra modernización lo ha sido, y lo sabemos demasiado, dentro del marco avasallante de la producción del petróleo. Una nueva modernidad implicará entonces, de manera necesaria, hacer coincidir los principios originales del proyecto moderno con la realidad concreta de una organización social diferente, el socialismo del siglo XXI. De esa coincidencia deberían surgir algunas líneas de acción que afecten lo sustancial de nuestra arquitectura y de nuestro urbanismo.

Seguiremos reflexionando sobre el tema.


[1] Enrique Dussel, Europa, modernidad y eurocentrismo, p.49

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