jueves, 14 de febrero de 2013

Hacia una nueva modernidad (IV y último)

(1) Croquis explicativos del Pabellón de Venezuela en Montreal (1967) de Villanueva. Colección de Domingo Álvarez.

por Juan Pedro Posani

“No creo que baste con una “aclimatación” de la modernidad europea en estas tierras. Ellas están en curso de producir y hacer visibles otras alternativas de racionalidad y de modernidad”

Aníbal Quijano [1]

1. Si algo pudiera tener de mayor interés para el benévolo lector, de lo que hemos venido diciendo acerca de la modernidad y de su posible reedición en clave siglo XXI, es que la famosa modernidad, pieza central del desarrollo físico y mental de la humanidad, ha sido un fenómeno esencialmente occidental, y que occidente le ha construido su doble cara, la extraordinariamente luminosa que le viene del renacimiento italiano, de la revolución francesa y del iluminismo europeo, y la otra, contradictoria y oscura, que le ha dado condiciones de existencia histórica, la de la explotación colonial, del imperialismo político y del inmisericorde consumismo causado por el mercado. La cara luminosa es la que presupone a todos los hombres como iguales y libres. De allí deriva necesariamente la democracia más radical. La que ha asumido a la ciencia como instrumento cabal de comprensión del mundo y de búsqueda de la verdad. La que ha propuesto la racionalidad planetaria y la fraternidad como guías del intercambio social en la soledad estelar en que nos coloca el cosmos.

Pero hay mucho más, muchísimo más… Y la anterior es una síntesis tan excesiva que casi raya en el eslogan. Pero para los fines de una reflexión limitada y constreñida como a la que nos determina esta página electrónica, creemos que puede ser suficiente. Retengamos, entonces, que la modernidad no puede ser vista como un acontecimiento histórico aislado, sino como un proceso continuo, complejo y contradictorio, del cual pueden extraerse consecuencias e implicaciones muy diversas.

Por otra parte, la modernidad que a nosotros nos toca de cerca, la modernidad venezolana, ha sido un ejemplo típico de los procesos de modernización de los países del tercer mundo, procesos de imitación adaptativa (en el mejor de los casos) que conllevan, junto con la intención de alcanzar el mejor de los mundos, todos los defectos que han caracterizado al “desarrollo” de los países industrializados.

2. La casi totalidad de los estudiosos recientes de la modernidad, de sus perfiles y de sus evoluciones, coinciden en que de ella no se pueden exhibir sino aspectos negativos o, en todo caso, tan problemáticos que dan al traste con cualquier intención de alabanza. De Daniel Bell a Marshall Berman, de Zygmunt Bauman a Urlich Beck, de Guy Debord a Slavoj Žižek, de Richard Sennet a Herbert Marcuse y a Jürgen Habermas, todos comparten una visión perpleja y decepcionada y todos destacan que esta modernidad actual, que tanto nos concierne, (denominada ahora como segunda modernidad o modernidad líquida) tiene todas las de perder, envuelta como está en un sinnúmero de atrocidades y “desperfectos” humanitarios, olvidada ya de los presupuestos emancipadores originales.

Del “progreso” infinito del siglo XIX, hemos pasado a la infamia antiecológica y a la cercana destrucción del planeta, de la ciencia al servicio de la verdad, redentora de las penurias de la humanidad, hemos llegado a la ciencia abominable y constante servidora de la guerra. De la igualdad como ejercicio y condición de democracia universal, hemos llegado a saturar al planeta de dictaduras, holocaustos y de torturas globalizadas. Las perspectivas, en un análisis objetivo, arrojan unas conclusiones ya incontrovertibles: socialismo o barbarie. Y es aquí donde las reflexiones sobre la doble faz de la modernidad pueden ayudar a percibir mejor un posible futuro. Porque todos los diagnósticos conducen a superponer, cual cartabones, y a hacer coincidir, la búsqueda de una sociedad mejor (ergo, socialista siglo XXI), con la búsqueda de una nueva modernidad que sea capaz de rescatar los superiores valores iniciales de la modernidad occidental, extrayéndolos y desenredándolos de la maraña de fracasos y tergiversaciones del proceso capitalista-imperialista globalizado. Las conclusiones no podrían ser más drásticas: una nueva modernidad es la misma cosa, coherentemente, que el socialismo del siglo XXI.

Ambos conjuntos de valores congenian, concuerdan, coinciden perfectamente. He allí, por lo tanto, más razones para insistir, desde la mirada de un país como el nuestro, con su herencia-experiencia de modernidad (por más que haya sido de imitación eurocéntrica) en continuar la exploración política en la experimentación de la aplicación de los principios de la genuina modernidad socialista a la sociedad en expansión que es actualmente la venezolana. Y, todo ello, de manera paralela, conduce de manera inequívoca a algunas consideraciones que inciden en la forma como concebimos el hecho arquitectónico y urbanístico. La arquitectura y la ciudad, modernas y socialistas, no podrán prescindir de ese optimismo humanista, de esa dimensión social y comunal que caracterizaron a la vanguardia del movimiento moderno en el comienzo y en la mitad del siglo pasado.

Demasiadas experiencias e innovaciones importantes acumuladas, demasiadas iniciativas valiosas dejadas por la mitad, demasiados llamados a la racionalidad sin concluir en hechos, demasiadas ilusiones hermosas planteadas y no comprobadas en la práctica, se han acopiado en la herencia moderna para que nos olvidemos de ello. Ya curados, gracias a las grandes crisis, de espantos efectistas, de posmos espectaculares, de estrellatos egocéntricos, nos debemos al rescate de esa extraordinaria estación de imaginación y audacia que dio razón y difusión al movimiento moderno y a sus creadores, y a retomar desde sus orígenes el meollo de la lección moderna.

3. De lo anterior se colige la importancia trascendental de la actual experiencia política venezolana para el conjunto de los países del tercer mundo. Porque como se ha dicho por mucha gente de visión excepcional – por ejemplo Marcuse – es dentro y a partir de nuestro contexto social tercermundista, deprimido, explotado, deformado, es que hay, a pesar de todo ello, o por ello mismo, las mejores condiciones para el rescate humano civilizatorio. De tal manera que el futuro de Venezuela no es propiedad única de sus habitantes. Lo es también- ejemplo y ensayo, modelo tentativo y configuración comparativa- para todos los demás habitantes de ese tercer mundo, aplastado y exprimido desde hace siglos por el rodillo de la modernidad, en sus versiones primera y segunda, de esa misma que luego ha logrado convertirse para sus propias víctimas, en un ideal de sus premisas políticas, deformadas bajo el lente del progreso.

4. Es difícil prever el futuro. La experiencia histórica reciente está cargada de sorpresas, tanto negativas como positivas. (Buenas lecciones para los futurólogos y para los sociólogos.) Para lo que le espera a Venezuela, en lo que es la búsqueda de un futuro mejor –un mundo mejor es posible– enmarcado en los tres breves análisis que preceden, y que comprenden la posibilidad de hacer coincidir la búsqueda del nuevo socialismo del siglo XXI, con el de una nueva modernidad, la prudencia permite vislumbrar dos alternativas. La primera es que tenga éxito simplemente la construcción de una sociedad de signo y práctica humanista. Algo parecido a lo que en los años 50-60 marcó en Europa y en sus mejores ejemplos, una política social-demócrata y la sociedad del bienestar como su presupuesto, el signo de “un humanismo confortable”. La segunda es que se logre continuar en paz y llevar a feliz realización, con alegría, imaginación y perseverancia, la construcción de una sociedad verdaderamente socialista, y diremos ahora, verdaderamente moderna.

En el primer caso (hasta ahora el más probable), se tratará entonces de un importante éxito histórico para los venezolanos. En el segundo, el éxito maravilloso lo será para los venezolanos, para toda América latina y para el mundo. No nos queda sino decidir.

(2) Museo Soumaya. Fernando Romero y Mauricio Ceballos. Ciudad de México. 2011.


[1] Aníbal Quijano, ¿Por qué seguir discutiendo 1492?, rev. Hueso húmero, 29. p.19

(1) Tomado de: De Sola, Ricardo y Villanueva, Paulina. CRÓNICA TRES CUBOS EN MONTREAL VILLANUEVA. Pág, 63.
(2) Tomado de: www.plataformaarquitectura.cl

No hay comentarios:

Publicar un comentario