viernes, 15 de marzo de 2013

Esta hazaña me basta

por Juan Pedro Posani

No lo entendí. No podía entenderlo. Cuando apareció por primera vez en televisión, a mis ojos de ya viejo izquierdista, Hugo Chávez era sobre todo un teniente coronel alzado. Pesaba sobre mí toda la herencia espantosa, la tradición latinoamericana de una horrenda política reaccionaria que con la CIA o con los dictadores locales, mataba y torturaba gente. Los militares de derecha, destrozando el continente, nos habían hundido en la hiel toda esperanza de cambios progresistas o por lo menos democráticos. En la calle el cinismo abrazado con el consumo hecho rey de la vida, había sustituido a cualquier atisbo de utopía. Y el socialismo “real”, disfrazado con el ropaje de la hipocresía y de la mentira, había fracasado estrepitosamente en el primer país que había hecho la revolución y en sus satélites del este de Europa.

A quienes, que desde un pensamiento y un sentimiento de izquierda sincera, confiaron en la URSS, cuando se les reveló la realidad escondida del “socialismo real”, se les derrumbó también el muro de Berlín que guardaban en sus mentes. Únicamente quienes habíamos creído, a pesar de todos los indicios y las revelaciones, en la posibilidad de un verdadero socialismo de igualdad y solidaridad, podemos describir el abismo de decepción que se nos abrió bajo los pies. Ingenuidad, la de uno. Sin duda. Falta de ese grano de incredulidad que garantiza marchar sobre seguro. Y yo no me quejo de los errores que puede haber originado esa ingenuidad, ese querer ver lo que uno quiere ver, escuchar lo que uno quiere seguir escuchando. Sigo afirmando que es mejor ser ingenuo que cínico. A la larga uno aprende más y mejor. Y alguna sonrisa le deja la vida.

Así que cuando la república amaneció con Chávez, no entendí. Y me costó entender. Claro, había la integridad vertical de su “por ahora” que abría las puertas a una esperanza tan nueva que parecía llegada de otro mundo. Y así era: venía de otro mundo, del mundo soterrado, oculto, invisible, el de la Venezuela de los excluidos, de los perseguidos, de los burlados y ofendidos por las groserías de las minorías opulentas y balurdas a pesar de su cultura importada. Un mundo que Chávez conocía muy de cerca y al cual se rebelaba, harto de injusticias y atropellos en este país de las maravillas, gracias al petróleo convertido en estación de servicio del imperialismo.

Pero el “por ahora” no era suficiente. Hacia falta mucho más. Y mucho más vino enseguida después. Vino la lucha democrática, vino la constituyente, vino la participación popular, vino el rescate del petróleo, vino la independencia sagrada, vino el socialismo del siglo XXI. Vino el asombro de un ejército con las armas al servicio del pueblo. Vinieron tantas cosas que Venezuela se volvió un faro, Una esperanza. Un ejemplo. Por primera vez el mundo tuvo que ponerle atención a lo que ocurría en este pequeño país que encabeza la geografía de una América Latina en pleno proceso de creación. Frente al asco de un mundo global de muerte, guerra y miserias, sosteniendo comarcas de opulencia desvergonzada, la Venezuela de Chávez ofrecía un aire de joven y sano irrespeto, de indiferencia por las normas de la buena ecuación, las normas con las cuales siempre se ha mandado a callar a los pobres del mundo. Una Venezuela que ponía condiciones, exigía respeto y diseñaba un proyecto tan espléndido y tan justo que parecía imposible que fuera verdad.

¿De donde había salido ese ímpetu de democracia, esas ambiciones de igualdad social, esos rigores antiimperialistas? ¿Cómo fue posible que ese pueblo aplastado entre las inmensas riquezas de unos pocos y unos cerros de miserias y penurias, encandilado por unos recursos enormes pero inaccesibles, un pueblo al cual habían convencido de su inutilidad tropical y al cual se le otorgaban tan sólo los beneficios de la cerveza y el solaz de los Sábados Sensacionales, cómo fue posible que ese pueblo se convirtiera en lo que es hoy, conciencia de audacia política, convencimiento de valor y autenticidad, orgullo de independencia, anhelo de participación colectiva en la construcción de un mundo diferente y mejor?

La explicación está en Chávez. Hugo Chávez ha sido el inventor de este acontecimiento. No es una exageración. Sé muy bien que detrás de él ha habido un pueblo y una enorme cantidad de gente buena, generosa, dispuesta al trabajo de enderezar al país. Y con él un gran cantidad de dirigentes valiosísimos. Pero el dispositivo de cambio, quien puso las mechas y los explosivos, quien avanzó de primero a campo descubierto, fue Chávez. Chávez fue el inventor de este nuevo país. O por lo menos de la parte de este país, la parte mayor y mejor, que ahora cree nada menos que es posible inventar un nuevo socialismo. Esta palabra, socialismo, cargada de memorias negativas y de errores tremendos, ridiculizada y despreciada desde las alturas del derroche capitalista, símbolo inducido del fracaso social y económico, Chávez la ha vuelto a limpiar, a perfilar, a cuidar con esmero, a colocarla otra vez y por fin donde le corresponde: en la mesa de trabajo de la humanidad.

Ha sido una hazaña y esta hazaña me basta. Desde hace rato lo he entendido.

Pero ahora, justo ahora, Chávez se me murió. Y a este héroe no lo podemos defraudar. No debemos, porque esta oportunidad de convertir su hazaña en otra aún más grande, continuidad de la otra, ahora hecha de realidad y de futuro, no se puede perder. La parte inmensa de la humanidad que espera justicia no nos lo perdonaría jamás.

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