lunes, 20 de mayo de 2013

El Mausoleo, por fin

por Juan Pedro Posani

El Mausoleo para los restos del Libertador por fin se ha inaugurado y abierto al público. El nuevo edificio no ha podido ser inaugurado por quien había planteado la necesidad histórica, cultural, política de que los restos materiales de una de las más grandes personalidades del proceso de creación de lo que es Venezuela y América Latina, tuvieran el lugar de descanso que se merecen. Pero lo que él propuso, y los arquitectos venezolanos diseñaron y construyeron, reunidos en el equipo dirigido por Farruco Sesto, ha entrado en un río de memorias y de sorpresas, en un nuevo acontecer de tiempo y de acumulación de futuros recuerdos: ha abierto un contexto de dimensiones y significados radicalmente nuevos en la relación entre la historia y el imaginario popular.

En esta nueva etapa de la simbiosis entre el pueblo venezolano y su pasado, simbiosis que no es estática sino necesariamente dinámica porque cambia de versión y de punto de vista según proceden el drama y la aventura de la sociedad, el edificio del Mausoleo va a adquirir con el tiempo, con la costumbre del consenso y de la diligencia habitual, una presencia extraordinaria. Un edificio como el Mausoleo es pues, todo a la vez, una alta afirmación de cultura, una firme declaración política y una realidad de indudable naturaleza estética. Pero la mermada capacidad de análisis que ejerce una oposición sin criterios de pertinencia, no le ha permitido reconocer en esta obra sus formidables valores. Son justamente las dimensiones y el relieve de esos valores, lo que les impide a quienes se colocan de espaldas a la realidad y a la historia, desde una academia esclerotizada y agonizante o desde un amateurismo absolutamente superficial, lo que les impide siquiera acercarse a comprender el sentido de esta obra excepcional.

No insistiremos en refutar observaciones caducas y extraviadas, o críticas que tan sólo perfilan expresiones de lamentable ausencia de metodología y de conocimientos. Es evidente que con la pura erudición –o con las señales externas de una supuesta erudición- así como con la simple ojeriza política e ideológica, previa a cualquier otro criterio, no va a ser posible que puedan dar cuenta de un objeto arquitectónico de esta trascendencia. Lo lamentable para el circuito arquitectónico que debería manejar opiniones constructivas con alguna raíz firme en el contenido de la profesión, es que una vez despejada la hojarasca ideológica, queda muy poco de esa necesaria y elemental capacidad de advertir la calidad de la forma, de los volúmenes, del espacio, de calibrar sus soluciones constructivas, su presencia en el contexto. Quiérase o no, aún negándole, por hipótesis, todo su contenido programático, estamos frente a una obra de arquitectura importante, que se ubica con enorme protagonismo en el marco de lo que se hace en Venezuela y en América Latina.

¿Cómo negarse a percibir la extraordinaria eficacia, en el examen del volumen exterior, de ese crecimiento, desde la cota cero hasta la radicalidad del remate de su linterna, que reproduce en clave actual el impulso tradicional hacia lo alto, hacia una presencia superior tan típica del reclamo hierático monumental? Si se parte de la idea de un espacio interior que implica el manejo de la luz cenital como su punto concluyente y definidor, centrado en el objeto que se quiere destacar, se entra en una lógica que conduce, suave e inevitable, a ascender y a desarrollar una épica piramidal, volumétrico-espacial, de carácter monumental, tal como, acertadamente, se ha hecho en el Mausoleo. 

Es un acierto la forma como el volumen se aproxima respetuosamente y en una escala menuda al Panteón, se conecta con él con un breve túnel de vidrio, y por sorpresa el espacio interno se eleva dramáticamente hasta la cima de sus 54 metros. ¿Cómo no apreciar la contundencia de los acabados escogidos, de su color, de su textura, de la perentoria modernidad de la espina roja de corten que identifica el vacío entre las estructuras? ¿Cómo negarse a constatar el efecto de la simplicidad del esplendido esquema formal que por el acontecimiento insólito de su originalidad, por su independencia de familias morfológicas rutinarias, explota visualmente el éxito rotundo de una afirmación arquitectónica a escala del valle, de la ciudad y de la montaña que la domina? ¿Hay acaso manera, entrando en detalles, de negar la justa, oportuna ubicación de la hermosa escultura de Silvestro -la rosa para Manuelita- en el diálogo con la gran superficie, blanca y limpia, que recoge el volumen en la fachada norte? ¿O cómo no constatar la discreción con la cual los volúmenes adicionales de servicio, incluyendo lo que viene a ser un pequeño museo, se disponen alrededor del cuerpo principal? Pero lo más importante, lo más definitivo: la emoción que, como por un mecanismo bien calibrado, produce el inmenso espacio contenido, recogido y animado hacia arriba por la gran pared blanca del fondo, con el monumento de Tenerani, ahora singularizado hábilmente por la cortina de mármol negro que continúa el piso negro, en una interlocución categórica de blanco y negro, y, por supuesto, la presencia central y terminante del féretro del Libertador que todo lo explica y resume.


La relación con el viejo Panteón no admite hipocresías en la valoración. El edificio del Panteón, resultado de una serie de superposiciones y modificaciones, es sin duda alguna parte de nuestro patrimonio. Pero no por ello, si somos capaces de manejarnos con seriedad intelectual, con vergüenza en un debate cultural que ya tiene experiencia de siglos, debemos renunciar y abdicar frente al juicio crítico. Hay valores y valores. Hay escalas. Hay matices importantes. Hay cualidades y defectos, alturas cualitativas diferenciadas. No todo lo que se define como Patrimonio tiene el mismo tono. El hecho de que el viejo Panteón sea patrimonio cultural de la Nación no lo convierte de manera automática en valor supremo e intocable, fosilizándolo en una condición fuera de la vida social. Decir lo contrario es simplemente ignorancia, la de quien se salta una centuria, por decir lo menos, de los resultados del debate cultural de construir en lo construido. Fijada claramente su atribución patrimonial, cabe decirlo con toda franqueza: son muy discutibles las cualidades estéticas de ese edificio. La intervención, con el cambio de fachada, del talento de Mujica, no pudo sublimar lo elemental del planteamiento espacial y tipológico, y el ropaje pintoresco con el cual intentó definirlo como Panteón, no llega sino hasta allí, a colocarlo en un plano decorativo y superficial. En su espacio, cero emociones, cero posibilidad de sentir y abarcar, aunque sea por un instante, la profundidad del combate humano por la dignidad y la justicia, condensado y resumido en la presencia de un mínimo féretro.


Discutir hoy la relación entre lo nuevo y lo antiguo, esto es, entre lo contemporáneo viviente y la memoria del pasado, para llegar a la conclusión que no es posible intervenir en el Patrimonio, es, insistimos, absurdo. Se trata de una vieja polémica. No es aquí donde podemos nuevamente replantearla. Y cuando se acepta la posibilidad de establecer un diálogo entre vida y patrimonio, entre lo nuevo y lo viejo, se dice, entonces, que es un asunto de talento, de cómo intervenir, de cuál es la calidad de la relación entre lo nuevo y lo antiguo. Y es aquí donde debemos declarar enfáticamente que el nuevo Mausoleo no solamente no afecta negativamente al viejo Panteón, sino que lo devuelve cuidadosa y hasta cariñosamente a la escala de los valores reales que él tiene: modestos y pintorescos.

Esos valores, ahora mucho mejor que antes, se destacan y valen por lo que son y por lo que fueron, entregándonos en una apreciación sin hipocresías patrioteras, su auténtico perfil, sus detalles, su neo-barroquismo español propio de una periferia que era escasa y pobre pero que tenía pretensiones de aparentar. Allí hay historia, fuimos así, y eso vale. Historia más historia. A la historia se le agrega celosamente el nuevo volumen que también corresponde a la etapa actual de la secuencia histórica, ¿qué más hermoso ejemplo de madurez y de cultura? Nadie puede suponer que con el Mausoleo se ha tratado de afectar o de eliminar documentos arquitectónicos del pasado. Hay que insistir en que –y es fácil advertirlo visualmente– el nuevo gran volumen, contemporáneo, preciso, contundente y de silueta excepcional, visibiliza, valoriza extraordinariamente, por contraste, a la figura esencialmente pequeña y decorativa del Panteón. Si todo esto no se entiende, en definitiva es porque no hay suficiente reflexión, estudio, y sobre todo desarrollo de capacidad de apreciación estética. Y a la vez, demasiado encono político y prejuicio ideológico.

Los hechos son lo que son: el nuevo Mausoleo posee un poderoso espacio interior que en su desnudez primaria, coloca al féretro del Libertador no ya en el marco de un pretendido “culto a Bolívar”, sino en el del derecho del pueblo venezolano a exaltar a sus héroes como mejor lo crea. O tal vez ¿ése es un derecho que únicamente le asiste a los herederos de Lincoln o de Bonaparte? En todo caso, entrar en el dilema de cómo honrar a las grandes figuras humanas del pasado, en los términos de la contemporaneidad nuestra, implica salirse del análisis arquitectónico para plantear un debate político. En este caso, la pregunta es directa y concreta: ¿Qué es Bolívar para nosotros, hoy? Si estamos de acuerdo que no se trata de honrar, por ejemplo, ni a un Gandhi ni a un Churchill, esto es, que Bolívar posee un perfil histórico muy propio perfectamente enmarcado en una dimensión gloriosa y heroica que no desmiente y no oculta, por supuesto, el que haya sido un hombre como todo hombre, desde allí podemos entonces deducir un esquema de trabajo que tenía que concretarse, con toda evidencia y coherencia, en el programa planteado y realizado.

El Mausoleo bolivariano, no sólo reordena y civiliza el sector urbano en el cual está ubicado. No sólo se atreve, con una audacia insólita para nuestra cultura urbana, a manejar una escala de dignidad intencionalmente monumental. Sino que se agrega a nuestra lista de obras arquitectónicas venezolanas de gran excelencia, en la cual, naturalmente, la Ciudad Universitaria de Caracas posee una energía prioritaria, y en la cual se inscribe juntos con obras conocidas de Villanueva, de Sanabria, de Alcock, de Fruto Vivas, entre otras y otros. En una escala relacional diferente, el Mausoleo se añade a una lista de obras de alta calidad realizadas por el Estado en la última década -es bueno que terminen de enterarse los eternos denegadores- como el Hospital Cardiológico Infantil, la Villa del Cine, los Espacios Culturales Comunitarios, el Centro de Acción Social por la Música, el Museo Nacional de Arquitectura, las edificaciones deportivas para los XV Juegos Deportivos Nacionales.

Pero además también se inscribe en la gran lista mayor, la que con un ámbito latinoamericano abarca valores imperecederos, los que van desde los de Niemeyer y Lelé y sigue y sigue hasta Barragán o Salmona. Ojalá que la ceguera ideológica no les impida, a quienes siguen aferrados a una cultura decadente y llena de arrogancia, disfrutar de este éxito arquitectónico que honra a la arquitectura venezolana y latinoamericana de hoy, ícono y a la vez victoria cultural de la cual todos los venezolanos de bien debemos sentirnos plenamente orgullosos.


























4 comentarios:

  1. No hay duda que esta obra representa fielmente los valores del "Socialismo del siglo XXI". Felicitaciones camaradas!

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  2. "El nuevo edificio no ha podido ser inaugurado por quien había planteado la necesidad histórica... " profesor posani con todo el respeto que se merece COMENZO MAL !!! Y usted sabe porque lo digo !!! ... y siguio mal " Pero lo que él propuso, y los arquitectos venezolanos diseñaron y construyeron, reunidos en el equipo dirigido por Farruco Sesto" ha debido ser por concurso de arquitectos venezolanos o latino americanos !!! y usted sigue diciendo esto "Un edificio como el Mausoleo es pues, todo a la vez, una alta afirmación de cultura, una firme declaración política y una realidad de indudable naturaleza estética." mejor no sigo ...

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  3. y la relacion del Mausoleo con el Panteon????? que desde kilometros cualquier arquitecto detecta como errada?? ya se lo que opina usted. "No insistiremos en refutar observaciones caducas y extraviadas, o críticas que tan sólo perfilan expresiones de lamentable ausencia de metodología y de conocimientos. Es evidente que con la pura erudición –o con las señales externas de una supuesta erudición- así como con la simple ojeriza política e ideológica, previa a cualquier otro criterio, no va a ser posible que puedan dar cuenta de un objeto arquitectónico de esta trascendencia."

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  4. No puedo entrar en el debate de la calidad espacial del interior del edificio porque no he tenido la oportunidad de visitarlo. Sin embargo me parece pretencioso que recién inaugurado ya se le compare con obras que el tiempo ha consolidado como las piezas "de Villanueva, de Sanabria, de Alcock, de Fruto Vivas"; pareciera que quien escribió el post se está pagando y recibiendo el vuelto simultáneamente. Yo me daría un tiempo antes de hacer aseveraciones de tanto calado como "éxito arquitectónico que honra a la arquitectura venezolana y latinoamericana de hoy, ícono y a la vez victoria cultural." Esta redacción me recuerda las descripciones que hacían las revistas de arquitectura españolas de los años 50 de las reconstrucciones de ciudades devastadas a sabiendas que solo se reconstruían aquellas ciudades que habían sido fieles a Franco durante la guerra civil.
    Convengamos que, para bien o para mal, este edificio está condenado a formar parte del imaginario y la memoria de la ciudad, pero ¿cuál edificio construido no lo está? Sin embargo, lo que muchos arquitectos y urbanistas no terminamos de digerir es la relación de la nueva estructura con la antigua, como si el Panteón Nacional no existiera, deshaciendo su relación con el fondo verde de la montaña y añadiéndole una montaña blanca y deslumbrante que requerirá un gran mantenimiento para que perdure en su prístina blancura. Tampoco entendemos la relación de la pieza con su entorno inmediato ni la pobreza de su planteamientos en lo que al espacio público abierto se refiere (ver última foto del post). Pero tal vez, lo que menos entiende no ya el público en general, sino los gremios profesionales fue la ausencia de transparencia en el proceso de licitación, proyectación y construcción de un edificio que como bien dice el post estaba llamado a convertirse en un icono en el imaginario caraqueño, venezolano y quién sabe si latinoamericano.
    No son comentarios de oposición. Son reflexiones de un arquitecto que ha migrado con el tiempo y el ejercicio de una mirada en la que predominaba el objeto, hacia un mayor interés por las relaciones urbanas y la calidad del espacio público y el aporte de la arquitectura a la vida de los ciudadanos. Me perdonarán los arquitectos del mausoleo y el autor del post, pero no veo estos valores en este proyecto.

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