martes, 14 de mayo de 2013

Un ejercicio de imaginación

El atractivo desorden de la limitada tecnología del subdesarrollo

por Juan Pedro Posani

A. Dejemos por un momento que el pequeño, mediano o gran pantano de la política inmediata no nos empañe y embarre la visión general de las cosas. Pasemos, como dicen los arquitectos, de la escala uno a uno a la escala uno a cinco mil. Hagamos el esfuerzo de inteligencia y de racionalidad de medir nuestra vida en comunidad con una escala sociológica de mayor amplitud. Los detalles se funden, las manchas se extienden y cogen cuerpo, los relieves se iluminan y se hacen más evidentes. Las grandes razones de los acontecimientos se dibujan con precisión. De la confrontación interminable, diaria y agotadora con los conflictos domésticos más cercanos, conviene entonces elevarse a visibilizar y a entender, desde una altura suficiente, la estructura de los dramas sociales. Desde allí podemos atrevernos a hacer un ejercicio de imaginación.

¿Podemos suponer, hoy, una Venezuela en la cual la conciencia colectiva del problema de la pobreza y la absoluta necesidad de eliminarla de raíz, no sea un acicate diario? ¿Podemos imaginarnos una Venezuela, hoy, que no sea plenamente dueña de sus recursos? ¿Podemos suponer, hoy, que no sea admitido como absolutamente necesario y lógico un sistema de salud gratuito y universal? ¿Podemos imaginarnos, hoy, una Venezuela sin un efectivo sistema de pensiones? ¿Podemos suponernos, hoy, una Venezuela sin una política activa para que toda familia pueda vivir en una vivienda digna? ¿Podemos siquiera pensar que en nuestro país podamos coexistir con el analfabetismo y la ignorancia?

Seis preguntas que no admiten sino una sola respuesta: Esa Venezuela, ese país que ha sido nuestro pasado real, ese país que ha sido el resultado de la sumisión a los intereses de una oligarquía miserable y a los de un imperialismo disfrazado de modernidad, ese país que ha sido nuestra experiencia colectiva durante décadas y décadas, ya no existe. Cualquiera que sean los caminos del futuro, ese país de una normalidad infame y pasiva cimentada en una gigantesca pobreza admitida y reprimida, ese país de un egoísmo social brutal, ya no podrá volver.

Y no podrá volver porque ha pasado algo, porque esta “dictadura” se le atravesó, con toda malcriadez, a designios y diseños que parecían indestructibles e inevitables. Se abrieron las cataratas de cuanto problema estaba represado. Pero quiéranlo o no, hoy, es tan cierto como verdadero que ese país del pasado es absolutamente imposible que vuelva. Y únicamente hay que darle gracias, realmente históricas, a este proceso político que se sigue intentando construir.

De aquí en adelante, afortunadamente para los venezolanos, todo es ganancia humana.

B. Hemos vivido en nuestros países, así calificados de tercer mundo, con la vista puesta permanentemente en lo que hizo, hacía, está haciendo o hará, Occidente. Con un tremendo complejo de inferioridad, estimulada por la admiración por una tecnología prodigiosa y fundada en la realidad de una formidable diferencia de desarrollo, la huella cultural que nos ha sido impresa siempre ha convalidado nuestro seguidismo embobado. Y ahora nos cuesta comprender el abismo hacia el cual Occidente está corriendo aceleradamente.

La destrucción del planeta y de la vida social de nuestra especie, aparecen por primera vez en la historia como una posibilidad, una consecuencia de nuestros actos y por lo tanto como una responsabilidad de ese mismo Occidente que hasta ahora nos ha parecido la cima de la civilización. Pero no hay que hacerse ilusiones. No habrá cambio de ruta, el vertiginoso “progreso” tecnológico y científico seguirá atado estrechamente a los intereses del gran capital, bien por delante del lentísimo progreso dedicado a los derechos humanos. Y la razón instrumental seguirá siendo la guía del comportamiento internacional. La única condición para que no termine de ocurrir el desastre final, estriba en que, como siempre ha ocurrido, una súper-crisis afecte al sistema de manera contundente. Veamos la historia. Únicamente cuando la peste y las enfermedades descabezan a las sociedades es que se toman medidas de higiene colectiva. Únicamente cuando ocurren tremendos terremotos es que nos disponemos a construir con seguridad sísmica. Únicamente cuando nos destruimos y nos desangramos en guerras inútiles y mortales es que nos decidimos a tomar medidas para convivir civilizadamente.

Esta es la triste experiencia que se constata de un somero análisis histórico. Por lo tanto, es de lamentar (y no se trata de una postura pesimista, sino simplemente realista) pero únicamente algo como la cercanía catastrófica de una nueva guerra mundial, los enormes problemas causados por una seria crisis energética y el susto histórico producido por el grave cambio climático, les hará sentarse, a los gobiernos del mundo a reflexionar si no es posible hallar una vía de salida a tanta absurda inmoralidad y a tanto desacierto.

Mientras tanto hay que reconocer que tan solo en América Latina hay alguna perspectiva de alcanzar a desarrollar pacíficamente un modo de vida civilizado. Occidente está totalmente trabado en sus propias premisas. Una persona que nace en uno de sus países, convencionalmente en esa franja geográfica que va desde Japón y partes pequeñas de Asia, hasta Estados Unidos y Europa, no percibe nunca lo que es una sensación común en América Latina, la de vivir en un mundo en construcción, donde el futuro todavía es una tarea. Para esa persona imaginaria, pero muy real en las circunstancias reales, el mundo ya está hecho definitivamente, la normalidad, buena o mala, es lo que la asedia y la inmoviliza, y no hay forma de concebir otra acción que no sea de la de mitigar sus fallas o de mejorar milimétricamente sus circunstancias orteguianas...

Occidente, a pesar de la pretendida globalización, no piensa sino en sí mismo, se mira el ombligo y no tiene el menor interés en nuestro tercer mundo, cundido de marginalidad y de ineficiencia. Jamás se le ocurre a esa persona (nadie se lo ha explicado nunca) que buena parte de sus éxitos vivenciales, se han acumulado sobre la bárbara explotación colonialista del mundo, gran empresa imperial de Occidente.

A la inmensa mayoría de los pueblos de Occidente hoy les importa un comino los dramas de ese tercer mundo que sin embargo ha sido el campo de sus piraterías y de sus asaltos por lo menos desde mediados del siglo XVI. Se acuerdan de ellos cuando van de vacaciones a las islas exóticas de los trópicos. Y para sus gobiernos el tercer mundo ya no es sino asunto de ampliar mercados y explotar manos de obra barata. Muy remota todavía la estrategia de competir con regiones emergentes.

Así que es nuestra la responsabilidad, y únicamente la nuestra, sin contar con la benevolente y siempre interesada simpatía de Occidente, de seguir construyendo nuestros países, esta América nuestra, única región del planeta que puede tener todavía la oportunidad de no cometer los errores que han ensuciado la historia del mundo, especialmente de ese mundo que ha asumido el papel simbólico y pragmático de Occidente.


La tenebrosa cima tecnológica del primer mundo
Estación científica británica Halley VI en el Polo Sur

1 comentario:

  1. Si pero tambien hq sido nuestra responsabilidad no generar un modelo de investigacion que de posibilidades y aprturas a nuestra.condicion siempre en proceso de nuestra.cultura latinoamericana. Estoy de acuerdo en no seguir mirando occidente de manera a lelada pero como tambien somo partes de alli, nos.toca ir.establecieneo una.formq de.vida.tranacultural que nos.depegue.del modelo de.desarrollo de esos.pqises y geste un con nuestras.condiciones.hibridas

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