martes, 11 de junio de 2013

“Es la ideología, estúpido”

El arquitecto que escribe todas las semanas en un blog y en el periódico intelectualmente más pobre del país, ha juzgado pertinente interrumpir su autobiografía autocelebrativa y decir algunas cosas acerca del Musarq y del ciclo de debates acerca de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV) que ha comenzado la semana pasada, con mucha asistencia, en su sede en la avenida Bolívar de Caracas. 

Corrupción, simulación, insinceridad, falsedad, ocultamiento, hipocresía arrogancia, de eso nos acusa el arquitecto. O de participar interesadamente, instrumento del cinismo, en una maniobra gobiernera de propaganda del “régimen”. Nos recomienda no rendirle culto a los terribles fantasmas de la izquierda y de seguir una conducta más recatada. 

Bien. Así lo haremos. No contestaremos como provoca, devolviéndole, adjetivo por adjetivo, los insultos y las acusaciones, que bastante material existiría para hacerlo. Eso sería seguirle la corriente a la derecha y a los intelectuales que dan la espalda a la humanidad y al humanismo, por lo que saben hacer muy bien, hacer trampa y confundir las ideas detrás de una cortina de humo de provocaciones. 

Haremos en cambio lo que debe hacerse si queremos de verdad participar, cada uno desde nuestro pequeño puesto de trabajo, en la profunda discusión de lo cierto y lo verdadero. Esto es, discernir lo esencial de los argumentos. Ir a las ideas. Destapar y señalar lo que oculta la ideología postiza y la fraseología “bien educada”.

1. Una tarea museológica principal, lo hemos dicho y repetido innumerables veces, es debatir, esto es, reflexionar en colectivo, acerca del contenido de cada exposición que se monte en un museo. Musealizar es destacar, analizar, comprender el sentido de lo que se enseña al público. Es una tarea medular de democracia educativa y participativa, la que corresponde aplicar si queremos de verdad pasar de la elitesca museología siglo XX, a la de los tiempos nuevos, a la que debe atreverse a conquistar nuevos espacios integrándose con celeridad al proceso universal de emancipación. Con más razón en un territorio de conquista de la libertad como es hoy America Latina. Si el debate comienza ahora es porque la GMVV ha llegado a una etapa de realizaciones y de experiencias que exige detenerse por un momento y examinar en perspectiva aciertos y errores, proyectos y dificultades. No es tarde que comienza el debate. Ahora es cuando ya se dispone de una importante experiencia acumulada, y ahora es cuando se puede proceder a un salto cualitativo. 

A través del Museo, la crítica y la autocrítica sincera inciden en el progreso social. Sería difícil hallar mejor ejemplo de sana “complicidad” cultural entre museos y acción pública. Sería difícil encontrar en el mundo a un museo tan bien empotrado en la dinámica de la construcción de una política cultural de verdadero beneficio popular. Pero aún más importante. Algo esencial que debe ser destacado en sus proporciones reales: son quienes han concebido y llevan a cabo la Misión los que piden discutir críticamente los programas constructivos y le solicitan al Museo que sea el sitio donde la reflexión participativa disponga de lugar y espacio. Si la reacción y sus representantes más destacados no asisten a la discusión no será ciertamente por temer al rechazo de las camisas rojas del público. Nuestro público no va a cacerolear las ideas, como otros hacen. Todo lo contrario, bienvenidos los aportes críticos de la oposición que pudieran ayudar a percibir mejor el camino a seguir. Dejen los temores y atrévanse a la discusión.

2. Se nos dice que el debate debería verter principalmente sobre el tráfico de influencias y la corrupción que afectan al proceso de planificación y realización de la GMVV. No cabe duda de que ambos monstruos, como los hemos calificado muchas veces, junto con la ineficiencia, además de ser atentados a la ética pública, estorban e impiden la fluidez de la construcción. Son los monstruos que son parte de la zoología mítica de nuestra sociedad, la que tenemos y que hemos construido sobre la opulencia falsa de la era petrolera. Justamente la discusión pública de estos graves problemas puede ayudar, si no a resolverlos por lo menos a ubicarlos en sus proporciones y dimensiones. Se trata de traumas sociales tradicionales y omnipresentes. Pero, para el Museo, tarea más importante, más eficaz y más pertinente, es la de precisar el perfil de lo que se está haciendo en la GMVV, en lo arquitectónico y en lo urbanístico, para modificar de manera radical el rostro y la esencia de nuestras ciudades y para orientarlas hacia lo que confiamos pueda acercarse paulatinamente a una ciudad verdaderamente democrática.

3. Los números, los famosos números, parece que para ciertos críticos, incluido el arquitecto, no tienen trascendencia. Hay que recordar que con la GMVV se está hablando de una cantidad de viviendas como nunca ni siquiera se había soñado en toda nuestra historia. Pero, por supuesto, no se trata de batir récords. Tampoco de decir que con ello se está haciendo algo que, en proporción viviendas/habitantes del país, es un hecho descomunal, pocas veces constatados en la historia de América Latina o de cualquiera de los países llamados subdesarrollados. No: se trata sobre todo y en lo esencial, del hecho (evidentemente numérico y viviendista) de que con estos números se le está abriendo la civilización y el buen vivir a todos nuestros compatriotas. Nada menos y nada más. Este milagroso acontecimiento histórico, esta fiesta extraordinaria para esta humanidad que con el arquitecto comparte esta tierra, no son dignos de ser mencionados, porque de así hacerlo se le está dando algún crédito a esta revolución. ¡Pobre política y pobre cultura!

4. Gritos en el cielo cuando se plantea el tema de las expropiaciones. Allí es donde realmente duele. Allí es donde se afecta el apego al principio supremo y sagrado de la propiedad privada de los sectores dominantes de la sociedad capitalista. Allí es donde no cabe discusión: desde Adam Smith y Karl Marx hasta John Keynes, este asunto de la propiedad privada de la tierra, que es patrimonio común de la humanidad, se ha manifestado en innumerables polémicas. La conclusión tajante es que, en lo urbano, un proceso de emancipación popular de carácter revolucionario debe someter la propiedad privada a las exigencias colectivas. El principio es tan reconocido, manido, repetido, que en los países capitalistas de régimen social demócrata, ha sido aceptado y aplicado ampliamente. La razón histórica y la justicia social más elemental así lo exigen. Recordemos, por ejemplo, lo que dijo la voz trascendente de un autor tan querido para los urbanistas como es la de Lewis Mumford. Pero aquí no. La oligarquía criolla y sus voceros no dan a torcer sus largos brazos. La ciudad, tal como es, es prácticamente invivible. Para reacondicionarla para la salud y la justicia, hay que poder disponer de la tierra. Pero no: la propiedad de la tierra es intocable, aun cuando se respeten todas las normas y todos los artículos de la legalidad. La extraordinaria hipersensibilidad de la derecha con relación a este tema es un síntoma más del frío egoísmo con el cual estipulan sus programas políticos.

5. Pero donde el arquitecto aludido, digno representante de la reacción ilustrada, pone a la luz pública, sin ningún escrúpulo, toda su ideología religiosamente conservadora, es cuando toca lo que él llama el tema de “contigüidad social”. ¿Mezcla social en el centro de la ciudad? ¿Clases dominantes codo a codo, en la misma calle, con marginales? ¡Inaceptable! ¿Dónde se ha visto, en qué ciudad decente se admite vivienda popular en las grandes avenidas de sus centros? ¡Qué descalabro para la dignidad urbana! No se trata de ignorancia momentánea, una suerte de amnesia fugaz como la que se produce cuando se está bajo estrés. Ni tampoco de la simple, usual ceguera política. Se trata, en realidad, del viejo rostro racista y clasista que asoma. Es el veneno que la injusticia social y los privilegios le han inoculado a la clase media. Es harto difícil creer que nuestro arquitecto se identifique de verdad con una ideología tan despreciable. Pero la supuración del racismo aflora cuando por alguna razón las barreras hipócritas de la educación y de la mesura prudente se vienen abajo. El rechazo a la mezcla de clases es repugnante: la larga y tormentosa historia venezolana en búsqueda de igualdad, debería vacunarnos contra la intolerancia racista. Pero no es así, y este texto al que nos estamos refiriendo, así lo demuestra a cabalidad, probablemente contra sus propias intenciones. Los criterios sociológicos y políticos, en cambio, son clarísimos: la llamada “contigüidad”, acompañada por la progresiva elevación de los ingresos de las capas más carentes y la oferta oportuna de servicios, es indispensable si queremos democratizar la ciudad con auténticos principios de justicia.

Se descubre entonces la verdad: el rechazo a los pobres, el asco por la cara de la miseria, de esa miseria que se ha tolerado en los pliegues y en la periferia de nuestras ciudades, donde no se la viera y donde no irritara con su presencia, donde fuese posible ignorarla. Aún cuando el mejoramiento del nivel de vida de las grandes masas populares es indiscutible y su acceso a los servicios es incomparable con la situación anterior, el rechazo discriminatorio al contacto con las llamadas clases inferiores, con la “chusma plebeya”, es inmediato. Como se decía, lo ratifica, y es lamentable, el texto que ha redactado el arquitecto de lo “cierto y lo verdadero”. Vale la pena que se lea con atención, palabra por palabra, párrafo por párrafo: el asombro final por lo que revela, por lo que estaba escondido y ahora apareció, es grande. A pesar de su ilustración, de su experiencia profesional de arquitecto competente y de su insistente y católica preocupación por la ética y la moral, la “contigüidad social” le da piquiña, desazón urticante, irritación engreída. Es una referencia ejemplar y generalizable. Una verdadera lástima; tanta cultura y tanta moral civilizada para terminar teniéndole asco a los “inferiores”, como cualquier fascista. 

6. Los congresos internacionales sobre el futuro de las ciudades, con relación al tema de los cascos urbanos, han insistido que es esencial la presencia de la vivienda en sus centros. La vivienda es vida común, es permanencia de actividad, es garantía de continuidad diurna y nocturna. Vivienda en el centro: al arquitecto de marras se le han olvidado los grandes bulevares de París, las avenidas de Barcelona, las de Madrid o las de Londres o de Buenos Aires. Hoy se insiste, en los medios profesionales serios, en que no es posible sostener, en la perspectiva de las grandes crisis, energética, poblacional y climática, la norma habitual del crecimiento urbano horizontal indefinido, el que se ha llamado en forma de “mancha de aceite”. Éste es el tipo de ciudad donde se acumulan y se exasperan todos los inconvenientes públicos, pero para satisfacción de los intereses particulares que están detrás del desarrollismo occidental. En cambio, el modelo de la ciudad compacta reclama la atención de los urbanistas como una solución alternativa factible y deseable. En ese modelo la presencia central de la vivienda popular (o no tanto), sin discriminación de clase, debe ser preocupación permanente. La meta, no lo olvidemos, es una sociedad en la cual sean cada vez menores las diferencias de clases. ¿Qué papel pueden entonces jugar, en el tablero urbano, los ghettos al estilo de las urbanizaciones de clase alta o del tipo eminentemente discriminatorio del Country Club? 

7. A lo anterior debe agregarse un factor circunstancial de enorme importancia, al cual la oposición, por las razones que ya hemos discutido, presta una mínima importancia. La GMVV nace por la exigencia de resolver en lo inmediato el problema de las emergencias: los enormes daños que le han infligido a la población de menores ingresos, ubicada en terrenos de riesgo, los efectos de las inundaciones, deslaves y lluvias torrenciales. La inmensa responsabilidad de salvar vidas y subsanar a corto plazo los daños producidos, justifica todas las acciones que se han tomado con la inventiva de la necesidad y el apuro del conflicto. Si recordamos las patéticas medidas que se tomaban, en la cuarta república, en análogas situaciones de emergencia, podremos percatarnos de la diferencia abismal. Con la GMVV se ha planteado resolver el drama de los damnificados, como un asunto de vida o de muerte. Luego la Misión se amplía y finalmente asume la tarea definitiva y terminante de resolver el problema de la vivienda, ahora como un asunto de vida civilizada y digna para toda la población de la nación. Para un país como el nuestro, con la carga tan determinante de la mal llamada marginalidad, no hay programa de dignidad humana más trascendental que éste, el de la GMVV.

8. La supuesta ínfima calidad arquitectónica de las viviendas construidas hasta ahora, es otro de los puntos en que el arquitecto hace hincapié. Reconoce que “el acabado” exterior está mejorando. Como si eso fuese lo realmente importante. Si no se han visitado los apartamentos, si no se han examinado comparativamente plantas, fachadas y cortes, si no se han revisado las estructuras, los problemas constructivos y de costo y cómo se han resuelto, difícilmente podrá emitirse juicios que no sean superficiales, triviales y caprichosos, allegados a situaciones de gusto personal y de apreciaciones baladíes. El Ciclo de Debates que ha comenzado pretende justamente evidenciar, descubrir, plantear defectos y errores, que los hay en buena cantidad, y abrir una discusión pública de cómo proceder de aquí en adelante con el objetivo central de que sea la calidad arquitectónica y urbanística, junto con una mayor eficiencia en la producción cuantitativa, la incumbencia primordial de la GMVV. Una tarea importante como pocas. Para la cual sería deseable que los críticos, en lugar de miradas desdeñosas, participaran con argumentos de fondo y propuestas tan dignas como los apartamentos y casas que se están produciendo. Si se es mínimamente objetivos no debería ser tan escandaloso, para los críticos de la oposición, reconocer que junto con realizaciones indudablemente problemáticas, hay también una creciente y prometedora calidad arquitectónica que puede colocarse perfectamente al lado de lo mejor que se ha hecho en el campo de la vivienda, a nivel internacional.

Conclusión

Un conocido presidente norteamericano, para separar lo importante de lo secundario, increpó en una oportunidad: ¡es la economía, estúpido! Parafraseando la expresión, diríamos: ¡es la ideología, estúpido! Es la ideología lo que realmente pesa en estas críticas. Es la ideología la que las orienta y les impide, a los críticos, colocarse frente a valores objetivos. No se discute de razones en lo técnico, en lo profesional, desde los valores de las disciplinas que conciernen. Es la ideología residual de la derecha criolla, la de los que pretenden ser los eternos dueños de nuestra vida social, residuos acorralados de los dueños del valle, peleando ahora furiosamente para ver si ganan la batalla final. Batallas… batallas… No se quiere que se hable en términos militares. Eso le parece repulsivo y aburrido a los “civilistas”. Precisamente a quienes, como clase, a los militares siempre los han tolerado, y además, los han usado para aplastar los ímpetus de rebelión de los desheredados y explotados. En la historia de América Latina se repiten y se repiten las mismas trampas ideológicas.

Los debates pueden servir para destramparlas.

Juan Pedro Posani



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