martes, 12 de agosto de 2014

Otra vez la Torre

Bonadies & Olavarría Torre vista desde los Caobos
Mientras algunos de nuestros colegas arquitectos, muy conocidos sobre todo en la brumosa y amodorrada academia criolla, dedicaban parte de su tiempo a discusiones de gran urgencia y actualidad como de si es posible afirmar que Le Corbusier es o no moderno, otros arquitectos, más cercanos a las duras aristas y a los pliegues de la realidad, se planteaban, la semana pasada, discutir en y con el público masivo, acerca del uso, en el futuro próximo, de la llamada “Torre de David”. La diferencia de temas es reveladora. Un debate virtual entre pocos “entendidos”, encerrados en su pequeño recorte de territorio cultural, acerca del valor abstracto de categorías puramente nominales, y un abierto debate entre muchos, arquitectos y pueblo, acerca de la vida concreta en los testimonios concretos de esta ciudad tan maltratada por la injusticia y la desigualdad. Los ángeles en la punta de un alfiler vs. la crueldad de hechos como el de niños que se caen en el vacío desde el piso doce. Porque, en el fondo, de esto último es que se trataba en los debates convocados, el último en el Teresa Carreño, por Ernesto Villegas, nueva autoridad de la OPPPE. Ya era tiempo. Por fin, después de tantos años, el Estado se ocupa de qué pasó, qué está pasando y que pasará con la gente, adultos y niños, que están viviendo todavía en la Torre Confinanzas.

No repetiremos todos los detalles de lo planteado en la reunión, abarrotada de público, constituido en parte por los mismos habitantes de la Torre. Pero sí queremos referirnos a lo esencial. A lo que toca, a lo que define el trajinado problema de la Torre. En primer lugar, la Torre Confinanzas es para todos el símbolo de un fracaso estruendoso: el de las ambiciones desmedidas montadas sobre un pasado de contubernios neoliberales, sin bases ni límites, destinadas a colapsar a los embates de la primera crisis económica. En segundo lugar, la población, compuesta por más de 1.200 familias sin techo, que han ocupado la Torre y han hecho de ella su hogar -precario y físicamente peligroso, pero hogar y refugio al fin- tiene, ni más ni menos, los mismos rasgos sociológico de todas las comunidades populares del país y probablemente del mundo. Y lo determinante de esta comunidad en particular, es su organización y disciplina espontáneas,  resultados de una dimensión humana esencialmente sana, enormemente generosa y benévola. Todo lo contrario de lo que ha difundido en la opinión pública el amarillismo malintencionado, eterno defensor de los sagrados derechos de la propiedad privada y del “buen comportamiento” conservador. El relato conmovedor que, por ejemplo, nos hizo el fotógrafo Alejandro Cegarra, de su trabajo profesional documentando la vida en la Torre, ayudó a desbaratar los cuentos de horror con que se enriqueció la mitología urbana de Caracas. La disciplina “autolimpiante” con la cual la comunidad ha ejercido durante años el control de problemas dentro del recinto de la Torre, y la imaginación con la cual ha resuelto su entorno físico, les darían envidia a las tristes juntas de condominio de nuestra clase media.

En tercer lugar, el desalojo progresivo se está realizando sin dificultades y crece la adhesión de los ocupantes a aceptar su traslado a las nuevas viviendas que se están preparando para ellos. No es sin problemas de toda índole que se está realizando el traslado. Pero, objetivamente, hay que reconocer la inteligencia y el respeto de la política que pacíficamente se está aplicando. 

En cuarto lugar, hubo oposición franca y rotunda a la opción de demoler la Torre. Por razones de costos, de la posibilidad de su utilísima recuperación para la ciudad y de la posibilidad de lograr hacer de este símbolo de un fracaso bochornoso, el símbolo, ahora, de una nueva racionalidad urbana fundada en la justicia social. En sus intervenciones, Juan Carlos Rodríguez y Juan Vicente Pantin fueron tajantes: el destino de la Torre debe estar enmarcado en su utilidad social para la ciudad. Para que la ciudad de Caracas, con la Torre, sea más digna, más humana y más justa.

Aunque a algunos éstas parezcan frases manidas y conceptos “anticuados”, el reto de construir un mundo nuevo sigue siendo cada vez más apremiante: el hecho es que resignarse a aceptar la realidad mundial actual, con sus implicaciones nacionales, o negarse a participar en los cambios, es de cobardes intelectualmente y de ciegos o hipócritas moralmente.

Finalmente, queda el asunto de qué hacer con la Torre, una vez desocupada. El tema fue y sigue siendo objeto de un gran debate. La gente opinó, discrepó y propuso. Los ocupantes presentes en las dos reuniones manifestaron sus opiniones. Los arquitectos y las autoridades escucharon atentamente. Queda abierta la discusión democrática. Indudablemente en la enumeración de posibilidades, tienen gran peso las necesidades urbanas del sector. Mucha insistencia se hizo, en especial desde el Ministerio del Poder Popular para la Vivienda, con las intervenciones de Ricardo Molina y de Nelson Rodríguez, en la recomendación de tomar en cuenta como área de estudio y renovación todo el triángulo urbano formado, al norte, en la cúspide, por la sede de la Armada, y en la base, por el Sambil al sur-oeste, y la Torre, al sur-este. Reconfigurar todo el sector, con audacia, insistió el Ministro Molina, considerando a la vez todos los factores existentes, densidades, tráfico, funciones públicas, junto con las grandes y ricas posibilidades que ofrece la realidad actual para convertirse en un nuevo centro urbano. Así, por fin, la Torre de David, al ritmo de la vida política y económica del país, va adquiriendo un papel clave en el desarrollo de la capital. No sólo serán ya las oportunas y necesarias perspectivas de viviendas dignas para sus ocupantes, sino de la legítima transformación de todo un espacio estratégico de la ciudad.

Decíamos, al comienzo, de las ocurrencias de nuestros amigos, que se ocupan tanto de los problemas de la vacuidad de la crítica. El punto en discusión, entiéndase bien, no es el valor, indudable, del estudio especializado de temas culturales muy circunscritos. La historia de los últimos dos o tres siglos atestigua la importancia fecunda, a largo plazo, de la cultura por la cultura en sí misma. Pero ello no es un argumento que exima de la responsabilidad de saber precisar prioridades en el acontecer social. Es por ello que hay que insistir: el tema de la Torre podría ser, con la participación de profesores y arquitectos ubicados en la oposición, otra ocasión más para que entonces ocupen su ingenio, cultura e inteligencia, de manera propositiva, en problemas reales. Como, por otra parte, intentamos hacerlo en este Museo. Y si les da asco hasta lo que suponen “political correctness” porque amenaza infectar a los “méritos disciplinares”, es que entonces no tienen compón. Se entiende, en lo humano.

jpp. 

3 comentarios:

  1. Interesante reflexión sobre la pertinencia que debe tener la reflexión intelectual en nuestro campo, ya no como la elaboración de preceptos intelectuales que orienten éticas abstractas, sino como abono para la construcción de soluciones concretas.

    Sin embargo quisiera aportar una visión desde fuera, en mi condición doble de egresado de una universidad del mal llamado "interior" del país y como ciudadano venezolano residiendo en el extranjero.

    La participación constructiva en este tipo de debates es algo que nos gustaría hacer a muchos, pero cuesta encontrar espacios u oportunidades que realmente tengan valor como para decidir dedicarle tiempo y energías. Sobran las lamentaciones en los Muros de Facebook o las entradas trepidantes en blogs que sólo tienen 10 seguidores, eso obliga a pensar en el destino del esfuerzo y las ideas, pues si partimos de que se ofrecen sinceramente, debemos valorar que queremos evitar caigan en saco roto.

    Para quienes no pertenecemos a los círculos académicos de la UCV resulta difícil meterse en esas discusiones porque carecemos de asidero. Algo similar sucede entre las distintas universidades y gremios regionales, la cosa termina por tener un radio de acción directamente proporcional a la dimensión del gremio o círculo, acotado, claro está, según las diversas miserias y virtudes locales.

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  2. Si de verdad se pretende dar un debate nacional, debe buscarse la forma de abrir un espacio para ello y sistematizar la información e ideas que allí se generen. De otra forma se trata de un debate local, por no decir, que limitado a determinados círculos profesionales. Y cuando digo espacio, no me refiero únicamente al uso de los espacios que ya algunos ostentan en determinados medios de circulación nacional, sino al establecimiento de una plataforma verdaderamente neutral, en el sentido de que tenga un Ph 0 para las sensibilidades personales y viejas revanchas, que permita abrir de forma racional y sistemática el debate.

    Honestamente creo que ese es un rol que el MUSARQ debería jugar, pues a pesar de las opiniones y trayectorias personales, la institución nos debería servir de punto de encuentro a todos, de la misma forma que los Colegios de Ingenieros y Arquitectos.

    Así el destino de la Torre abriría la posibilidad a debatir no solo le desarrollo de un sector particular de Caracas, sino que nos llevaría a discutir la pertinencia o no de mantener un modelo de movilidad urbana basado en el vehículo particular y, de ahí, la pertinencia o no de las obras de vialidad que se desarrollan desde el Ministerio de Transporte Terrestre actualmente o, inclusive, el modelo de desarrollo de Caracas, que es producto, mayormente, de discusiones en círculos cerrados como la OPPPE o la Alcaldía de Libertador, pero que poco accesibles son a los demás por la simple limitación del espacio y el tiempo.

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  3. Mi posición respecto a la torre sería un tema largo de aclarar, aunque puedo decir, de momento, que considero debería ser un asunto a tratar sin tanta pasión y drama, es decir, discutirlo más objetivamente y relegar el contenido simbólico a un segundo plano, pues precisamente por ser un símbolo, el trillado fálico poder económico y de autorepresentación en la ciudad, es que resultaría caricaturezco convertir a la torre en símbolo de la "nueva sociedad" en su misma estructura física, eso lo reducirán a la inclusión de muchos elementos de color rojo, una foto del Presidente Chávez aquí y otra de El Libertador allá, y la consabida parafernalia jala mecate de los contratistas, que tienen bien claro, que su objetivo no es promover un nuevo modelo de sociedad, sino satisfacer el ego de su cliente para asegurarse el próximo contrato, y ese cliente es el monstruo burocrático/politiquero que busca ganar elecciones a base de "pragmatismo" y "apagar candelas", el que prefiere la simplificación del mensaje para que "el Pueblo bruto lo agarre a la primera" y que no se ocupa de la construcción de conciencia política, ni de coherencia en la praxis. En fin, el monstruo del poder.

    A pesar de no ser muy popular, ni de obedecer a la lógica del espectáculo/política, yo sugeriría que se aprovechara ese espacio para solventar las muy graves carencias del sector, no sólo el señalado por el Ministro Molina, sino iniciar la tranformación y saneamiento completo de Sarría y de los Barrios que pueblan las quebradas de San Bernardino, es la opotunidad de ganar espacio donde no lo hay, para destrancar el juego que el caos creó.

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