sábado, 2 de agosto de 2014

Para que David no se convierta en un Goliat



Hay que tomar muy en cuenta que la torre de David ha pasado de ser una dolorosa circunstancia -una más, tal vez demasiado visible, enclavada en todo el centro de la capital, hija de la estructura social que nos ha caracterizado como país- a ser un símbolo de pasadas aspiraciones y de sucesivos clamorosos fracasos. El papel que algunos arquitectos le asignaron en el teatro de la cultura internacional, vía Bienal de Venecia, ha aumentado los riesgos que se presentan al decidir su uso, una vez desalojada de sus ocupantes. La decisión de qué hacer con la torre de David, próximamente vacía, es una decisión en la cual pesan argumentos de mucho calibre. Los culturales, los económicos, los funcionales, pero sobre todo los políticos, de política cultural urbana. Puede hacerse una lista de opciones: el tradicional centro cultural, un útil centro médico, un centro comercial de nuevo tipo (¿y el Sambil?), un centro de oficinas, una gran biblioteca, devolverla a las actividades financieras, (sería el colmo), y acondicionarla para el uso habitacional en un nivel de dignidad (¿por qué no?). Para cada una de las opciones hay ventajas y desventajas. Pero justamente la última que debería ser tomada en consideración es la de demolerla. Reciclar edificaciones ha demostrado su extraordinaria capacidad de rescatar, de rejuvenecer, de inyectar energías y de disparar a nuevos e insospechados niveles de prestigio y de actividad lo que había sido despojo de vida urbana. ¿Cómo ignorar todo eso? La experiencia internacional del reciclaje de edificaciones señala claramente que es un mito el costo mayor de su adaptación versus la construcción ex-novo de otras que la sustituyan. Sólo un ejemplo: el caso reciente de la readaptación de torres de viviendas en Francia -consideradas listas para ser demolidas por deterioradas y enfermas- y recuperadas a un nivel excepcionalmente exitoso de funcionalidad y de calidad arquitectónica[1], es suficiente para estimular la imaginación. Pero en todo caso, el último argumento debería ser el costo económico de la operación. Porque la torre de David ha tomado un protagonismo enorme, seguramente desproporcionado, pero que concentra la atención nacional e internacional. Para la ciudad actual es uno de sus hitos simbólicos, para bien o para mal. De lo que se vaya a hacer con él, en cierta medida depende el prestigio de nuestra política urbana. Con ello se juega nuestra concepción del respeto debido a la historia de la ciudad, a su importancia y evolución, y sobre todo la posibilidad de estimular la participación ciudadana inteligente. De lo que se vaya a hacer con él, se podrán discernir nuestros verdaderos valores y nuestra cultura urbana.

Y una vez definido el programa de uso, cualquiera que sea, tomar una medida formidable: un gran concurso nacional para escoger una interpretación arquitectónica que esté a la altura de lo que se merece Caracas. Ésta parece ser una opción digna de toda la atención de los organismos encargados. Es una sugerencia que hacemos, con la preocupación que no sea la improvisación a corto plazo lo que termine por decidir el futuro de la torre.

[1] Es el caso de las intervenciones, por superficies agregadas externas, de torres de viviendas por los arquitectos Lacaton y Vassal, París, 2012.

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