martes, 21 de octubre de 2014

¡Ya basta de arquitectura extraña! dijo el Presidente

Hotel Sheraton del Estudio MAD en Beijing


Según informan en las páginas Web de Internet1, así lo dijo el presidente: ¡Ya basta de arquitectura extraña! (No more weird Architecture!)

El presidente es el de China, Xi Jinping,  y la arquitectura “extraña” es la que ha invadido, como hongos en otoño, a todas las ciudades del gran “Reino del Medio”. 

Que se recuerde, en el territorio de la arquitectura internacional, nunca había ocurrido un fenómeno tan espectacular: un máximo dirigente político de un país impartiendo órdenes tajantes con relación a las modalidades de diseñar arquitectura. Tan sólo podrían mencionarse las directrices impartidas en 1932 por el politburó soviético, siguiendo órdenes de José Stalin, con las cuales se acabó con todo lo bueno de la naciente, moderna arquitectura de la revolución en la URSS. Pero, aparentemente, ése fue un episodio ya enterrado en los pliegues de la historia. Hace unas tres décadas, las críticas a la arquitectura moderna, del príncipe Charles de Inglaterra, fueron mucho más democráticas y parece que ya los arquitectos se las han perdonado. Pero la situación a la cual se refiere el Presidente chino es muy diferente. A pesar de lo ambiguo del término (¿qué significa realmente “lo extraño”, cuáles serán los parámetros de juicio y quiénes los jueces?) con esta declaración se actualiza un conflicto interesantísimo que involucra a todo el mundo globalizado. Porque la arquitectura que se condena no sólo es “extraña”. Es irracional, hija del despropósito y, por lo tanto, costosísima. Y  porque, además, los autores de la arquitectura “extraña” que ha tomado a las ciudades chinas como campos de ensayos -sin importar costos ni dificultades técnicas-  para cuantas locuras estructurales, disparates frenéticos y desatinos iluminados por la fantasía, se les ocurra, son los grandes nombres del star system occidental, imitados de cerca por los colegas chinos. ¿Provocaciones, fanfarronadas, megalomanía? Hay de todo en este fenómeno de la arquitectura “extraña” que ha explotado en China, más que en ninguna otra parte del planeta. Quienes hacen y se ocupan de la arquitectura como cultura, conocen muy bien las implicaciones y los productos de las libertades y concesiones que se han impuesto como norma en los mercados inmobiliarios a partir de la idea de que el espectáculo es rentable. Las grandes obras públicas y privadas, realizadas en China, que, sobre todo por sus costos, censura el Presidente Xi Jinping, paradójicamente coinciden en sus absurdos dislates con el crudo pragmatismo del nuevo capitalismo chino -que ya es régimen económico oficial y reconocido, a pesar de que en lo político continúe apareciendo como un régimen supuestamente socialista.

Rascacielo en forma de rosquilla gigante de Joseph di Pasquale en Guangzhou

¿Tiene razón el Presidente Xi Jinping? Hay preguntas inevitables. La arquitectura del espectáculo y del asombro, que al fin y al cabo es sólo una parcela pequeña aunque la más visible, ¿será el chivo expiatorio por los enormes problemas de la explosión urbana china –desastres ecológicos, creciente contaminación del aire, barrios vacíos al lado de urbanizaciones de increíble densidad, diseño urbano megalómano, la peor explotación de la vivienda popular, en manos privadas- ?

Sede del periódico estatal chino  Diario del Pueblo

Los excesos imaginativos y la extravagancia alegórica o metafórica de la arquitectura “extraña”, made in China por los grandes arquitectos occidentales y por los arquitectos chinos también aspirantes a grandes, están en todos los canales y páginas de los medios de información. En cierta medida han logrado los objetivos para los cuales han sido diseñados: causar estupor y admiración. Hacer visibles para todos y constatables alegóricamente, las dimensiones del nuevo gigantesco poder del régimen económico chino. Pero hay límites. Es lo que señala Xi Linping, cuando examina de cerca lo que le cuesta a China, en términos de presupuestos y de cambios culturales, construir las infraestructuras de su enorme territorio y de las ciudades que albergan centenares de millones de seres humanos con cada vez más, nuevas y legitimas aspiraciones.

Sede de la Televisión Central de Rem Koolhaas en Beijing

Desde la perspectiva de nuestros países, que siguen siendo, a pesar de todo, periféricos, estos fenómenos lucen lejanos y, en cierto modo, hasta cómicos y ciertamente contradictorios. Nuestros dilemas arquitectónicos, para bien o para mal, pensamos, tal vez equivocadamente, que siguen siendo más elementales, más sencillos. Pero sería injusto no participar en el debate y no opinar. Tan sólo una ocurrencia: y que tal si el Presidente Maduro dijera también ¡Basta, en Venezuela, ya no de “extraña”, sino de mala arquitectura!

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[1] por ejemplo, en dezeen.com , 20.10.2014.

1 comentario:

  1. Igual que en el caso de China, aquí también “¿cuáles serán los parámetros de juicio y quiénes los jueces?” ¡aquí los hay! Porque hay una experiencia vivida al respecto – pero no es al presidente Maduro, a quien debe ocurrírsele, porque no es otra vez una ocurrencia, ¡hay ideas!, y más precisas al respecto. ¡Averigüen, analicen, investiguen, estudien, consulten infórmense!

    Anónimo veneciano

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