martes, 13 de enero de 2015

Comenzando el 2015



“Hay otro mundo, pero está en este de aquí”. Paul Eluard

El mundo: “Tercera guerra mundial en gestación”. 
Venezuela: El barril de petróleo a 40 dólares o menos.

El 2015 se abre ominoso. ¿Qué hacer? La gran dificultad en discernir el futuro, empresa que siempre se ha demostrado catastrófica, se asienta en que la realidad está integrada por demasiados elementos: imposible calcularlos todos y prever su dinámica. Heisemberg lo ha descubierto con relación a la realidad subatómica. Pero vale igualmente para nuestra modestísima, cotidiana realidad humana. El relato del vuelo de la mariposa, que desde acá, desata un huracán allá, tan repetido, es parte, paradójicamente, de esa misma indeterminación.

Lo único que podemos hacer, entonces, es perseverar. Insistir tercamente en que lo único que vale en la realidad de una naturaleza que, a pesar de los mitos y las ilusiones, no tiene sentido ni finalidad, es el trabajo, nuestro trabajo, donde nuestra carga de conciencia y la alegría de la creación, son lo que compensan la dimensión de la soledad y la indiferencia del cosmos.

Y perseverar, en Venezuela-esto es, en este punto del planeta en el cual vivimos-nos obliga a abrirnos al máximo de confrontación de ideas, porque la cultura viva y creadora -esta gran ausente nuestra, tradicional y colectiva- no puede construirse, aunque duela, sino en y con la confrontación de ideas. Y la arquitectura, que es nuestro medio de vida y de hacer cosas en la vida -siendo ella misma cultura, efecto y causa de cultura- flota, nada y sobrevive en la cultura. Y sin un vínculo simultáneo, deliberado o espontáneo, con los tejidos vivos, aún contradictorios, de la cultura, habrá relaciones mercantiles pero no buena arquitectura. Es por ello que desde el mismo momento de la fundación del MUSARQ se ha puesto el acento, en todas nuestras acciones, en el principio de la necesidad y libertad del análisis y del debate. Por ello hemos puesto gran énfasis en el eslogan “un museo para debatir”.

Así que el máximo de libertad en la discusión. El mayor grado de tolerancia en el debate. A todos los niveles y en todos los ámbitos. En una realidad cambiante en la cual nada es seguro y todo es imprevisible (la historia así lo demuestra de manera contundente) apegarse a dogmas y cartabones formales rígidos es mortal. Y es imprescindible aceptar que cometemos errores todo el tiempo. Indispensable, por lo tanto, la crítica y sobre todo la autocrítica. Como razón cultural, como pregunta existencial de primera magnitud, aquí nos hemos preguntado muchas veces por qué somos así y por qué nos comportamos de cierta manera. Hoy nos hallamos frente a una situación mundial y nacional que se caracteriza por la perdida de eficacia emancipadora y sentido de la justicia y de la honestidad, no tanto por causa de la acción de las fuerzas perversas de la reacción sino por causa de nuestros mismos graves errores. Salvar los buenos y generosos intentos de construir (tanto el espacio urbano y arquitectónico, así como el espacio de la democracia) depende más de rectificar nosotros mismos que de neutralizar al “virus de la maldad”. Eso afecta también a la razón cultural de la arquitectura. Por lo tanto, con mayor peso y con absoluta libertad, hay que desarrollar el instrumento de la crítica y de la autocrítica. Porque no es acallando la crítica que se corrigen los errores. Y eso vale también no sólo para la arquitectura sino también para la política. Vale en ambos términos. Este año 2015, más que nunca en el pasado.

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