martes, 10 de febrero de 2015

Lo que nos falta

Partenón /Grecia                                                            Aula Magna de la UCV / Caracas Venezuela

Arquitectos…Lo que llamamos el “gremio” no se ha constituido nunca como una sociedad de intereses superiores, una fraternidad, una “conspiración” inclusive. Cuando ha podido, ha logrado simplemente constituir un comité de defensa de las prerrogativas, de las autorías profesionales, de normas, privilegios o deberes, de recortes y diferencias con relación a las otras profesiones. Siempre referidos a la defensa de los honorarios, pero nunca alrededor de ese sentido común de la actividad que nos une y nos trasciende por sus cualidades específicas, como actividad humana de enorme prestigio, tradición e historia. Nunca se confronta con el paisaje de la arquitectura del mundo y pocas veces, y mal, con el local.

¿Hará falta en insistir sobre el carácter universal de la acción de construir, en lo que ha devenido en el curso de los siglos y con las vicisitudes de la historia particular de Occidente, en una profesión, la del arquitecto? ¿Hace falta repetir que construir el espacio es una actividad que modifica, altera, condiciona la vida social hasta tal punto que nos parece imposible hoy prescindir de ella? Pues bien, cuando los arquitectos se reúnen y fundan asociaciones, sociedades o lo que sea, no pueden ni deben circunscribirse únicamente a lo que justamente llamaríamos el engranaje gremial, con una táctica de contabilidad que únicamente atiende a los aspectos económicos.

Con ello se desecha, se aparte, se ignora, lo más esencial: el carácter profundamente humanista de su acción, esa visión de conjunto, ese vuelo espacioso y envolvente que particulariza al trabajo del arquitecto. Es ese vuelo que tanto nos caracteriza, y que por ser generalista también ha causado críticas, porque en un mundo de alta tecnología y especialización puede fácilmente suponerse como superficial y baladí. 

Pero no importa, es ese espíritu maravilloso de la arquitectura, precisamente lo que la distingue de las demás actividades humanas, lo que ha faltado y sigue faltando entre nosotros. Cuando mucho y cuando podemos, queremos ser gremio. Una corporación, una mutualidad. Pero nunca alcanzamos a vernos y entendernos (inclusive defendernos) como gente que realiza un trabajo en común, con un entendimiento común que participa de todas las características y los matices de alta cultura humana. 

Eso es lo que nos falta. Ese diálogo de entendidos, ese amor de cenáculo, de cofradía, por lo que sabemos hacer bien. Ese interés profundo por lo que todavía se llama el estado del arte. Es lo que tienen los poetas o los artistas. O los sociólogos. Nos falta vernos como artífices de sociedades. Como quienes contribuyen a construir el mundo. Como quienes tienen grandes responsabilidades éticas y morales. Y que por lo tanto tienen la obligación de sostenerse entre todos, por encima de las pequeñas particularidades y de las dimensiones de los egos personales, en las grandes tareas de lo humano. Para ello es preciso reconocer que también es indispensable un ingrediente que nos ha faltado hasta ahora, un balance, un intercambio, una convivencia, un vínculo de cohabitación culta y corriente a la vez, entre el amor por el acto creador de la arquitectura por parte de los arquitectos y el requerimiento de necesidad y de simpatía por parte del público, por parte de quien es su definitivo dueño social. 

Somos, cuando mucho, un gremio. Siempre demacrado y profesionalista. Atados a las pequeñas labores del mercado. No somos todavía una suerte de conspiración secreta con miramientos universales. Justamente, no somos una francmasonería de la cultura.

Es lo que nos falta.



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