jueves, 16 de abril de 2015

La Expo


Por ser el MoMA lo que es -desde el siglo pasado un punto de referencias públicas internacionales para la cultura occidental- y por tratarse de un tema que nos atañe directamente, merece que se le dedique especial atención a la exposición recientemente inaugurada, "Latín America in Construction, 1955-1980". Resultado de un largo y gran esfuerzo de preparación, en las amplias salas de muy acertado dispositivo museográfico, que el MoMa le dedica a los logros arquitectónicos más significativos y de mayor trascendencia de ese trecho histórico, se reúne una notable cantidad de documentos originales de indudable valor para medir problemas y conquistas en el campo de la construcción de nuestras ciudades.
Con la guía experta de Barry Bergdoll, Jorge Francisco "Pancho" Liernur, Carlos Eduardo Comas y Patricio del Real se ha montado una exposición que intenta con enormes dificultades y éxitos indiscutibles, discernir los caminos particulares para cada país de América Latina. Más que insistir en la crítica más usual acerca de en qué proporción cuantitativa o cualitativa aparecen los diferentes países representados -que si México menos que Brasil, o que si Argentina más que Chile- es interesante discutir -y esto es algo que se esbozó en la reunión de museos de arquitectura, paralela a la inauguración de la exposición- hay que incidir en la gran necesidad de ubicar convenientemente cada obra y cada arquitecto en su contexto propio, en el entorno conceptual y material que lo justifica y le otorga algún sentido. Si no se resuelve este problema museográfico, de por sí complejo y delicado, lo que se obtendrá es una colección de documentos valiosos pero carentes de las explicaciones que el público se merece. Y esto vale, observemos esto con cuidado, inclusive para esa parte especializada del público formada por los arquitectos. Es por ello que no hay que dudar, desde quien diseña la exposición, en ampliar la presencia de las salas expositivas con las conferencias y los debates necesarios para profundizar sus contenidos, aristas y proyecciones. Es un asunto


Ricardo Porro, Vittorio Garatti y Roberto Gottardi,
 Escuelas Nacionales de Arte, La Habana, Cuba, (1961-1965)
 que concierne la educación del público, tarea principalísima de los museos modernos. Y, en el caso de los museos de arquitectura, aún más allá de la educación, se trata de ofrecer las ocasiones y el lugar para concentrar el valor de las ideas de quienes hacen su vida de la arquitectura, en el debate inteligente y la confrontación que producen crecimiento y progreso intelectual. Demasiadas veces el asombro de encontrar inesperadamente un plano o un croquis, o de descubrir el valor formal de un proyecto, es una lástima que no pueda acompañarse con una buena discusión acerca de cómo y dónde se ubica, en la historia de la vida social, el sentido de esos detalles. Y lo que se ha dicho, hay que reconocerlo, vale también para esta exposición. Temas de gran significado para nuestros países -como el del mecanismo de la imitación, el de la relación diferenciada con el territorio, su clima y su historia, y el fundamental, de cómo la modernidad penetra en nuestras culturas y termina por absorberlas hasta desorientarlas y violentarlas en lo esencial- no han podido entrar en el ámbito o en la periferia de esta exposición, muy valiosa, por otra parte, ya lo hemos dicho, por las obras que es capaz de presentar cómo realidades cercanas al público, pero lejanas en su posibilidad de entendimiento. La hermosa maqueta, por ejemplo, extraña por su color, del trabajo de Jesús Tenreiro para Ciudad Guayana, por si sola jamás podrá dar cuenta y testimonio cabal de las tensiones que en esta obra plantean las dificultades para establecer un diálogo entre modernidad y clima. Con las maquetas del maestro Galia ocurre algo parecido. No pueden verse sino cómo bellos objetos aislados, sin referencias con las crónicas de la ciudad. ¿Es demasiado pedir presentar también esas conexiones explicativas? Puede que lo que aquí faltó sea una gran dificultad de carácter expositivo y que constituya una carencia común a todas las exposiciones de arquitectura, mayores o menores. Sin embargo el MoMA, con su trayectoria, con su prestigio, con sus recursos, no puede apartar de su práctica museográfica el tiempo y el espacio de la experimentación. Se trata de un reto monumental que debería entrar a ser parte del estudio y del trabajo específico de cada uno de los museos de arquitectura en el mundo.

En el 1955 el MoMA presentó la otra famosa exposición dedicada a la arquitectura latinoamericana. Después de todo lo que se ha descubierto acerca de la participación de la política imperialista, durante la guerra fría y antes de ella, en los elementos de mayor influencia de la cultura de Europa y de América Latina, es difícil no pensar que aquella exposición no estuviera enmarcada en esos mismos propósitos de captación y supremacía. Hoy las relaciones internacionales son mucho más complicadas. Pero, por eso mismo, sería de ingenuos pensar que un museo del peso del MoMA no tuviera una estrategia preparada. A pesar de esa sospecha -sin apoyo de pruebas, es cierto- encontrarse con tantas obras, todas juntas, algunas de ellas extraordinarias, de nuestro pasado relativamente reciente, no deja de constituir un momento de emoción y, por qué no, también de orgullo
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ARQUITECTURA VENEZOLANA EN EL MoMA

Carlos Raúl Villanueva, Pabellón Expo Montreal, Canadá, 1967


Carlos Raúl Villanueva,Taller personal, Casa Caoma, Caracas.

 Jesús Tenreiro, Edificio de la CVG, Guayana, 1967

José Miguel Galia, edificios Banco Metropolitano y Seguros Orínoco, Caracas.

Jorge Rigamonti, montaje fotográfico


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