martes, 5 de mayo de 2015

El nuevo Whitney


Es difícil no compartir lo que repiten las críticas. "Es feo, torpe, desgarbado. Es como New York, una acumulación ordenada de volúmenes incongruentes. Pero, cuando uno está adentro, lo perdona todo. Es un magnífico museo". Los comentarios coinciden, no es una obra maestra, es lo más parecido a una planta de electricidad o a una usina, pero ¡qué bien funciona! ¡Cómo se agradecen sus espacios que se abren como ningún otro museo, a la ciudad, a las vistas de río y del paisaje urbano!



Después de varias décadas, el museo de la familia Whitney se muda de la ilustre sede diseñada por Marcel Breuer a otra novísima, diseñada por Renzo Piano. Gran expectativa por tratarse de Piano, autor de una arquitectura museal de primerísima calidad, y de un museo de mucha tradición. Y el resultado es desconcertante. El edificio, de ocho pisos, muy visible desde diferentes ángulos, en lugar de intentar destacarse, tal como muchos esperaban, como una obra excepcional, se presenta como una suma de partes heterogéneas reunidas por una envolvente metálica de poco atractivo. El conjunto exteriormente es más bien ordinario, casi de arquitectura comercial de segunda categoría, con total ausencia de la finura estética y el detalle tecnológico a que Renzo Piano nos tiene acostumbrados.


El caso es de gran interés: ¿cómo hizo para que el diseño de los volúmenes y de la distribución de los ventanales fuera tan convencional? Por algunas consideraciones que Piano hizo a un entrevistador (el edificio es ordinario así como Nueva York es ordinaria) pudiera deducirse que el resultado fue muy bien pensado, planeado como un objetivo estético insólito, pero real: búsqueda de "mediocridad" como fórmula de ubicación en el contexto. Para que el museo no fuese EL OBJETO extraordinario, sino que se integrara, a pesar de su presencia masiva, en el paisaje de las viejas calles neoyorquinas, más con el propósito de crear ciudad, con espacios fluidos de comunicación y de relación ciudadana. De ser así, se trataría de otra evidencia de la inteligencia y de la habilidad del gran arquitecto italiano. Y sería un caso excepcional en la historia de la arquitectura moderna: lo ordinario de lo convencional como fino instrumento de cultura urbana.


El museo no es tan sólo un gran volumen. Es sobre todo un aparato que debe funcionar. Y en este sentido, en ese capítulo, el nuevo Whitney es un éxito absoluto y completo. El tiempo lo confirmará: el público está encantado con la amplitud de las nuevas salas, con su escala y proporciones. Pero sobre todo es el estupendo contacto visual con la ciudad que se tiene desde las salas (recuerda un poco nuestro Museo de Bellas Artes) y desde las magníficas terrazas que como puentes de barco se proyectan hacia el entorno, lo que le agrega al museo una intensa dimensión urbana, casi de descubrimiento o de aventura, absolutamente novedosa. Ocurre lo mismo, más en clave doméstica, con las áreas dedicadas a la cafetería, al restaurante y la tienda. El museo se va a convertir en una pieza sumamente viva en la estructura cultural de la ciudad. Un punto de referencia para las artes y el público urbano. Muchísimo mejor que la obra dura y hostil del viejo edificio monumental de Breuer. Una verdadera lección de diseño: cómo hacer para que un edificio público, como este museo, responda exactamente a los sentimientos naturales de cómoda simpatía que los habitantes de la ciudad, con toda razón, solicitan de las obras de arquitectura que la van construyendo.

Así que este nuevo edificio plantea una interesante cuestión metodológica o de principios: tiene sentido en la arquitectura contemporánea, a contra corriente de la moda, diseñar obras que no pretendan ser edificios increíbles y espectaculares, sino, simple y llanamente, útiles instrumentos colectivos de esta nuestra vida urbana, para que todos los días contribuyan un poco a mejorar nuestra existencia. En pocas palabras, vigencia y urgencia de la ¡arquitectura inteligente!








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