miércoles, 13 de mayo de 2015

Hay que decirlo


Aldo Rossi, Cementerio de San Cataldo, Módena, Italia, 1971-84

1. Siempre repetimos que la crítica debe ser abierta y franca. Pero cuando nos acercamos a obras realizadas por amigos, colegas o conocidos, se atraviesa todo un mundo de relaciones previas, de recuerdos, de complejidad de situaciones personales, que hacen difícil ser completamente sinceros y directos. Entiéndase que no se trata de una cierta forma de hipocresía, sino del espesor de conocimiento de la infinita multiplicidad de razones y condiciones que hacen que una obra sea como es, y cuando con el autor de la obra hay una vivencia común, aunque sea disuelta y lejana, aumentan las reservas, la prudencia, y el respeto hermano de la buena educación. Si, en cambio, se trata, digamos, de Zaha Hadid, entonces la absoluta distancia parece permitir acometer, con cierta indiferencia, la crítica más irónica o negativa.
Algo que tomar en cuenta.


2. Ventanas

Sí uno vuelve a examinar la obra de Aldo Rossi, en especial ese cementerio que tanto contribuyó a su fama, se hace evidente la estrecha relación de esa arquitectura mortuoria con su imagen metafísica, la más apropiada, la de la reacción conservadora, estática y melancólica. La muerte, la desilusión nostálgica, sin duda. Pero sobre todo, esa distribución monótona, simétrica, de reparto abstracto sobre un plano, ¿qué mejor representación de la ausencia de vitalidad, de compromiso con la vida, de búsqueda de diferencias vitales, significativas? La simetría, en esa imagen de Rossi, es la muerte de todo intento de creer en el mundo, de participar en la elección de otras vías nuevas, de aceptar las contradicciones que son justamente la señal de la presencia de la vida. La vida es asimétrica, diferenciada, contradictoria, se mueve dinámica en el campo social, sin simetrías estáticas y permanentes. No puede estar representada por una fachada de huecos simétricos, todos iguales, a la misma distancia, dando muestra de que más interesa la abstracción exterior que la rica vitalidad interna. Ésta deja lugar a un cartabón de regularidad monótona que tiene una inmensa tradición en las expresiones arquitectónicas burguesas más retóricas -al estilo de los apartamentos del barón de Haussman-así como, más atrás, en los magníficos palacios de la aristocracia del Renacimiento. Así, ¿por qué hoy, volver a eso? 

3. ¿Desarrollo?

Si se examina con detenimiento el grado de "desarrollo" de los países que con ello triunfan en el océano de la globalización y lo comparamos con lo que pudiera ser un nivel análogo en un país como Venezuela, una constatación es inevitable. No hay dudas posibles: la distancia material es cada vez más grande. Es inmensa. Y no sólo material. Igual distancia nos separa en lo que podríamos llamar los hábitos ciudadanos. En las rutinas de disciplina y respeto con las cuales los habitantes de las ciudades de los países industrializados resuelven sus operaciones diarias, también está presente igual distancia. Aquí el caos y el desorden agresivo. Allá sociedades estructuradas y auto-reparadoras. Cabe la pregunta de cómo llegaron, allá, a esas estructuras sociales tan estables y con cara de desarrollo definitivo. Pues hay una historia, por detrás. Una historia que generalmente no se cuenta. Es la historia de generaciones y generaciones de explotación y de miseria. De infelicidad para millones de seres humanos. Sobre sus hombros, la infame subordinación, los sufrimientos de miles de esperanzas quebradas, de niños trabajando en las minas, de mujeres sin un minuto de descanso feliz. Sobre eso, con eso, se hizo esta actual estación florida del "desarrollo" y el bienestar. Para la otra parte de la historia, las raíces que lo explican todo: el silencio. De eso no se habla. No interesa a quienes manejan la cultura, la educación y la información mundial, que se recuerde con cuanta infelicidad se amasó el “welfare” y el “well-being” de ahora. Por otra parte, un filósofo marxista del siglo XX, Cornelius Castoriadis, se atrevió a afirmar que, en el fondo, las revoluciones socialistas no sirvieron sino para que los países subdesarrollados encontraran un atajo rápido para llegar al desarrollo capitalista. El tiempo parece haberle dado la razón. Rusia, China, Vietnam, confirman el análisis aparentemente heterodoxo de Castoriadis. Y cuidado si no se trata de una ley sociológica de valor universal porque la más ilustre de las revoluciones, la francesa -la que nos dejó el triple inmortal eslogan, libertad, igualdad, fraternidad-también terminó mal. Ahora bien, regresando al tema de lo que les costó a los países industrializados para llegar a lo que son ahora. Otro principio universal: la humanidad cambia únicamente tras haber pasado por un trauma. No sería demasiado arriesgado afirmar, de manera análoga, pudiera ser que para que nosotros, países como Venezuela, pudiésemos llegar a algún grado de organización social estable y relativamente beneficiosa para todos, es preciso primero acumular algunas generaciones traumatizadas por la pobreza, por el crimen y la infelicidad. Es decir, por lo que estamos todavía atravesando en América Latina, a pesar de la búsqueda infatigable por la utopía y el bienestar. Una interpretación tal vez demasiado inflacionaria.

Pero vale la pena dedicarle unos minutos de reflexión.

JPP.



 Un gran artista alemán, Anselmo Kiefer, con construcciones simétricas 
 como ésta,expresa su desilusión y amargura. Anfiteatro en " La Ribaute",
 Barjac, Francia.1998

Anselm Kiefer, "meteoritos",
 biblioteca de plomo, altura, 3.60.


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