martes, 23 de junio de 2015

La anorexia y el deseo mimético

Arquitecto Alejandro Chataing. Esquina de Carmelitas (1907)
Ministerio de Hacienda y Crédito Público, demolido en 1953.
Típico ejemplo de la imitación

Este titulo tan extraño le pertenece a un libro de René Girard, un filósofo francés -casi desconocido entre nosotros, contrariamente a su relativa difusión en Europa y en Estados Unidos- en el cual probablemente se resumen con suficiente propiedad sus teorías y su concepción de la acción humana sobre la tierra.


Resumámoslas hasta el máximo, con el riesgo de caricaturizar el trabajo de un ensayista que, por supuesto, se merece todo el debido respeto intelectual. Según sus tesis, elaboradas durante largas décadas, el accionar de los hombres en sociedad, es guiado por el deseo. Hasta aquí, coincidiendo con Hegel, Freud y muchos otros estudiosos, nada de nuevo. Pero, para Girard, el deseo es siempre el deseo de los otros que nosotros, por un mecanismo irracional, asumimos como deseable. Ello, por consiguiente, es base, fuente y raíz de la imitación, la imitación del deseo de los otros. En pocas palabras, imitamos porque deseamos lo que desean los otros. De este desear lo deseado, según nuestro autor, se derivan consecuencias indeseables (¡vaya juego de palabras!) entre las cuales la violencia es una de la más conspicuas. Con una combinación de erudición histórica y de análisis intuitivo de carácter psicológico, sobre la naturaleza de la persona, Girard ha construido una teoría metafísica del conflicto, de la envidia y de la rivalidad, con su remate central en la teoría del chivo expiatorio. En otro de sus libros y en alguna de sus entrevistas, el atentado del 11 de septiembre a las torres del World Trade Center de Nueva York, es citado como un ejemplo de los resultados del mecanismo psicológico involucrado en la envidia del mundo islámico hacia la cultura occidental. De la imitación al odio.

Girard es un autor muy conflictivo y sus planteamientos que colocan a la mimesis, la imitación, en el centro del comportamiento humano, han sido y son materia de discusión en los círculos académicos de la psicología y de la antropología cultural. Pero como el tema de la imitación es uno de los grandes temas que han contribuido a agitar un poco las aguas estancadas de la crítica de la arquitectura en nuestro país, tal vez convenga volver un poco a las ideas centrales que ha defendido Girard. Recordarlas no tanto para dilucidar lo que se presenta en sus textos, arropado por un fraseo complicado, extremadamente subjetivo -y con el agravante de una obsesión religiosa cristiana que lo envuelve en una bruma discursiva a menudo insoportable- sino para reiterar la importancia de atribuir a la imitación, al efecto mimesis, un papel decisivo en nuestra cultura. No sólo, desde luego, en la arquitectura, sino en todo lo que nos rodea y en lo que pensamos y decimos, la imitación es la guía por excelencia de nuestros deseos.

El pensamiento de Girard podrá ser fuerte o débil. No importa. Tampoco importa si sus teorías han desbordado en su elaboración el ámbito de la imitación. Es suficiente para lo que nos interesa, pues nos ayuda a volver a repetir, con él, lo que ya tantas veces se ha repetido: el peso enorme de la imitación. Sin cansarnos: inventar o perecer, la consigna robinsoniana, reúne un acuerdo unánime. Pero cero realismo en la práctica. Seguimos imitando los deseos de los demás. De quienes están en las antípodas de nuestra realidad. 

Demasiado. Verdaderamente.

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