miércoles, 5 de agosto de 2015

Buenas ciudades y otras no tanto


Ciudad Chávez, en construcción

Hace unas semanas, este blog pretendió abrir una discusión acerca del carácter que están revistiendo las “nuevas ciudades”, su tipología urbana y arquitectónica. En resumen: la calidad de vida que con ellas y en ellas pueden esperar los ciudadanos. Utilizamos para ello dos ejemplos opuestos, enfrentados entre sí, comparando sus perfiles de obras realizadas. Uno, el ensayo en la ciudad de Givors, en Francia, producto de la experimentación del arquitecto Jean Renaudie, año 1974, y dos, el proyecto, actualmente en construcción, de la “ciudad Hugo Chávez”, en el estado Carabobo.
Los comentarios (escasos) que se pudieron recibir, tocaron sin embargo únicamente algunos aspectos exteriores, francamente superficiales, de las diferencias entre los dos episodios urbanos. Lo esencial se perdió ante el impacto, tal vez más evidente, pero secundario. La contraposición se apreció como una contraposición de formas arquitectónicas y no como una contraposición de formas de vida. Porque de ello se trataba, justamente. Comparar una estructura urbana, (“Las estrellas” de Renaudie), que se caracteriza por la intensidad y copresencia de una gran cantidad de factores que estimulan e incitan al intercambio dentro de las potencialidades creativas de la vida en comunidad, con otra (“La ciudad Chávez”) cuyo único rasgo predominante parece ser responder mediocremente al apremio y a la cantidad. La simpleza de la obsesiva monotonía formal de la nueva ciudad carabobeña, no es lo que interesa contrastar (o por lo menos no es lo único ni esencial) con la riqueza espacial y volumétrica de las soluciones “compactas” de Renaudie. El asunto no es de formas, sino de calidad de vida. Lo que es realmente importante, en el primer ejemplo, es la oferta de opciones individuales y colectivas que, en un intrincado y fértil entramado de tipologías no ortodoxas, consolidan una eficiente mezcla de usos para el desarrollo de un ritmo y de unas condiciones de vida realmente modernas. Desde los pequeños jardines individuales hasta las escuelas, los núcleos comerciales y las instalaciones recreativas (cines y teatros) colectivas, en las “Estrellas de Renaudie” se multiplican los recursos de diseño de una manera que hay que reconocer inmensamente más realista que las soluciones esquemáticas de las “unidades de habitación” de Le Corbusier. La de Marsella, por ejemplo, se ha celebrado, durante décadas, como la panacea para la vivienda colectiva. El modelo ideal. La solución definitiva que actualizaba los primeros intentos de vivienda colectiva de los arquitectos soviéticos de los años 30. Sin dejar de reconocer su estimulante modernidad formal, comparada, a su vez, con los ensayos de Givors e Ivry de Renaudie, revela una actitud de simple y sana ingenuidad, pero muy de utopia de maqueta, que nada tiene que ver con el intenso realismo de esos conjuntos abigarrados de viviendas felices y radiantes, mezcladas densamente con muchos otros usos, como en los casos construidos por el excelente arquitecto francés (que, de paso, no lo olvidemos, era comunista y por ello tuvo que enfrentar una feroz oposición y después de muerto, casi el olvido). Si seguimos con las comparaciones, Ciudad Chávez aparece cadavérica, estirada como una piel de chivo sobre un tablero, repetidas al infinito sus piezas básicas, elementales y tristes, sin ninguna de las propiedades que con sus cualidades distintivas le otorgan a un conjunto de viviendas la naturaleza ciudadana, su carácter urbano de intensidad, variedad y compactación. Como nunca, en el ejemplo de Ciudad Chávez, se constata como las urgencias inmediatistas de un cierto tipo de política, que no se detiene a pensar, que coloca como máxima prioridad la cantidad y se olvida de que ésta debe estar siempre acompañada con la calidad, aplastan las posibilidades, las ocasiones, para crear un ciudad verdadera y realmente nueva, estimulante, optimista, digna de las ilusiones y de las esperanzas populares, las que, por ningún motivo, hay que dejar desfallecer.

¿No debe ser parte de los programas de construcción de una nueva sociedad más justa y fraternal, el programa de construir la nueva ciudad? El que con clarividencia y atrevimiento proponga formas diferentes de urbanismo y de arquitectura. ¿Qué impide al Estado plantearse la tarea de ensayar unos experimentos, en cuatro centros regionales, por lo menos? ¿De probar que con imaginación y audacia es posible construir un modelo alternativo urbano, con sus conjuntos de viviendas para la alegría colectiva y la creación de nuevas interrelaciones ciudadanas, dejando constancia efectiva de que sí existe ese mundo mejor, alejado de la mediocridad inculta? Si la improvisación es el signo de nuestro comportamiento y de nuestra cultura, no es paradójico que las instituciones del Estado no se atrevan a experimentar (que también es improvisar), atrapadas en el marco férreo de las limitaciones de presupuesto, pero también frenadas por el terror político al error?. El Estado debe atreverse: para ello estamos seguros que hay ancianos y jóvenes, todos entusiastas y muy dispuestos a participar. Sólo hace falta el viejo recurso: voluntad política.

Givors, Francia, 1974, Arq. Jean Renaudie.

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