lunes, 25 de enero de 2016

Aravena

 Elemental, Iquique, Tarapacá, Chile. Antes y después

las ciudades se miden por lo que uno puede hacer gratis en ellas
Alejandro Aravena


Alejandro Aravena, al recibir el premio Pritzker, se ha vuelto un tema de análisis y debate casi universal. Nada más que por ello, debe estar muy satisfecho y complacido. ¿No era eso, acaso, una de sus metas? ¿Llegar a ser mundialmente famoso? Pero no lo comparten así muchos de sus colegas, y, con la carga de ese premio, este joven arquitecto chileno se expone inevitablemente a las críticas más despiadadas. 

En efecto, si queremos resumir, Aravena es un muy habilidoso e inteligente oportunista (en el sentido de que es oportuno en sus acciones) que gracias a su indiscutible capacidad para estar donde corresponde y para decir lo que conviene en el momento y en los sitios donde el poder mediático tiene más influencia, ha logrado ascender la escalera de la fama. Y esto es lo que primero hay que reconocerle. En el mundo altamente competitivo de la arquitectura mediática, haber llegado desde el relativo anonimato de la periferia cultural chilena a las grandes universidades del primerísimo mundo, al comisariato de Venecia, al estrellato del jurado Pritzker y ahora al premio “Nobel” de la arquitectura, es prueba de una constancia y una determinación de hierro. Una hazaña realmente envidiable. Y reconozcamos también que haber sabido poner el acento en el tema de la arquitectura para los pobres de la tierra -claro está, una vez garantizada previamente su capacidad, junto con su equipo “Elemental”, de hacer también una arquitectura como la que hacen los grandes del Star System- es también un acierto. 

Pero…no lo es tanto si lo que se propone, al fin y al cabo, es un pequeño esquema tipológico que, con la “media casa”, no toma en cuenta sino el estrecho circuito de sus dimensiones físicas. Si se trata del eterno problema del drama del hábitat de los pobres y sus posibles soluciones, hay que recordar la importantísima línea de investigación que arranca, por ejemplo, con el famoso holandés Habraken, en los sesenta, y ha seguido con una abundantísima cantidad de concursos, ensayos y propuestas, inclusive en América Latina. Pero nada que ver con la otra gran línea histórica de reflexión, estudio y de logros, que va desde los famosos “falansterios” del siglo XIX, hasta los ensayos soviéticos de Moisei Ginzburg, de Le Corbusier, y sobre todo de Jean Renaudie. Esto es, con la línea de trabajo que ha tratado de tocar la verdadera y compleja realidad de las formas de la vida urbana moderna y la necesidad de verla como una totalidad de equipamientos en función del cambio de vida necesaria para ajustarla a una sociedad diferente, más en consonancia con los principios y los ideales de esa utopía urbana que estaba en la base del movimiento moderno. No entender que el problema de la vivienda de, para, y por, los pobres está indisolublemente ligado al de la ciudad como un todo, en no captar lo esencial del problema. Y es por ello que la lección que nos dejaron Corbusier y en especial Renaudie, tiene una tremenda importancia. Y es por ello que, así, la “media casa” y los escarceos de su difusión corren el riesgo de parecer una caricatura de un problema inmensamente más grande, y no parecen ser más que una pequeña maniobra para estar al día, apoyándose exclusivamente sobre el recurso, de por sí extremadamente limitado, de la invención tipológica arquitectónica. Después de la explosión inmobiliaria y urbana (en secuencia, Japón, países árabes petroleros, Corea del Sur, Singapur y, por supuesto, China) que abrió las puertas al postmodernismo y luego a los juegos pirotécnicos del Star System, vino la gran crisis económica de la cual, a pesar de todo, no hemos salido. Y con ella la conciencia de la gravedad del cambio climático, de los problemas energéticos y ecológicos que imponen otra forma de manejar los hilos de la sociedad y, por consiguiente, otra visión de cómo construir. Ahorro energético, economía de medios, respeto por el ambiente, atención al tremendo drama del crecimiento urbano, se han puesto otra vez de moda y, en cierta manera, le hacen eco, como decíamos, a ciertas consignas y a algunos enunciados del movimiento moderno.

Aravena es hijo de esta situación de reflujo internacional, en la cual se combinan la crisis económica, las guerras interminables, el terrorismo, las invasiones de los pobres a las tierras de los ricos del planeta, y el aparente e hipócrita arrepentimiento moral de las élites. En esta nueva situación, Aravena, con su inmenso don mediático, tiene la habilidad y el talento formal y discursivo para instalarse en el centro de ella. Le ayuda, además de la simpatía que suscita por ser algo así como el enfant terrible que viene del Sur, el debate polémico en las universidades y el cambio de orientación de las publicaciones que saltan del elogio desmedido a Zaha Hadid, al interés por los arquitectos africanos. 

La crítica de la arquitectura.

A veces creemos que nos es dado discutir libremente de lo que es o debe ser la arquitectura, de cómo orientar este enorme trabajo que consiste en darle cobijo a la sociedad. Nos enredamos en análisis cercados por la red de conocimientos específicos y especializados de nuestra disciplina, creyendo que desde allí y dentro de ella, es que descubriremos la verdad... Entretanto la vida en el mundo se mueve según se mueven las placas telúricas de los intereses reales.

De paso: hacer uso de superficiales comparaciones de imágenes es una forma polémica, sin duda eficaz, que despierta el sentido ácido de la ironía, pero no es un método serio para hacer crítica. Sobre todo porque no atiende a las diferencias de realidades materiales, con sus matices, semejantes a primera vista, pero que se revelan muy distintas en un análisis detallado. ¿Mussolini y Aravena? No exageremos, porque podríamos agregar, con algo de astucia visual, también imágenes parecidas de obras de David Chipperfield, Peter Zumthor, Jacques Herzog, Dominique Perrault, Aldo Rossi y muchos más: ¿entonces qué? ¿todos fascistas? 

Las cosas no son tan simples. Tienen siempre muchas caras.

No nos confundamos y tratemos de entender lo que está pasando. Aravena y su premio Pritzker son un buen ejemplo de cómo cambian los tiempos, de cómo mudan las temperaturas culturales, de cómo se articulan entre sí fenómenos complejos de la vida del planeta, resonancias de problemas y de crisis, desde la enorme, la de las favelas y los ranchos hasta la de los refugiados, consecuencias de unas guerras odiosas. De cómo los intereses de la gran industria, del capital financiero internacional y los ajustes de las complejas modalidades del consumo, reflejados en las política, influyen poderosamente en nuestra manera de concebir y de hacer arquitectura. 

Nada nuevo bajo el Sol.

Hay que recordar que Aravena y su equipo trabajan en dos registros, la media casa que desmenuza en el territorio las urgencias de los pobres, y la espectacular monumentalidad corporativa que atestigua sólidos valores estéticos. Así pues, el reconocimiento que se le ha hecho a Aravena, es sin duda una operación de political correctness. Con ella no se premia una obra o un largo recorrido personal. Se premia lo que se supone es la atención privilegiada a la arquitectura para quienes tienen menos, esto es, se pone el acento en lo que más conviene, por diferentes razones -en el fondo políticas- en este momento. No está mal. En absoluto. Por el contrario, hay que celebrar que, por fin, luego de tanto disparate, se regrese a la cordura y a la responsabilidad. Pero también no está mal que intentemos entender que hay detrás de tanta aparente sensatez. 

“Elemental”, hasta su nombre tiene implicaciones: elemental, mi querido Watson, elemental…, parecen decirnos desde la altura del premio… terminen uds. de entender lo que nosotros ya entendimos hace rato… 

Aravena es más inteligente, o más hábil, o más vivo. Hay que admirarlo. Ha entendido perfectamente dónde y cómo se bate el cobre. Pero, si su interés en la arquitectura de la “responsabilidad social”, es genuino efecto de la madurez política de su conciencia, pedimos disculpas. De ser así el futuro lo demostrará.

En conclusión, con relación al premio de los Hoteles Hyatt. Si su intención era la de marcar un rumbo para la arquitectura actual, hay que reconocer no sólo que llega tarde, sino que el sujeto escogido es demasiado problemático y equívoco.


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