martes, 2 de febrero de 2016

600 metros de disparates, 1000 metros de aberraciones

Adrian Smith, Torre Kikgdon, Jeddar, Arabia Saudita 

Según informaciones publicadas en páginas-web, especializadas en arquitectura[1], ahora es cuando se van a construir rascacielos de verdad-verdad. Ya quedó atrás, completamente desmentida por la realidad, aquella afirmación muy común después del atentado al máximo símbolo de la economía capitalista, el World Trade Center de Nueva York, de que ya no se construirían rascacielos, que con ese atentado se había acabado la carrera a construir en altura.

Pues no. Según los datos que se nos presentan, no sólo desde esa fecha se han construido rascacielos como nunca. Sino que las previsiones son que se van a proyectar y construir muchos más, y, lo que es realmente significativo, cada vez más altos. Presumiblemente persiguiendo ese sueño megalómano de F.Ll. Wright y de Jean Nouvel, entre otros, de aspirar a realizar uno que llegase a una milla de altura. Vamos a la Luna e iremos a Marte, pero para una construcción artificial humana alta una milla, o mil metros, que para el caso viene a ser el mismo disparate, lo que importa es haber llegado a ese prodigio de técnica constructiva.

Examinando esas noticias, uno no puede dejar de preguntarse ¿cuál es el sentido, el significado, de esta apuesta, en esta carrera por la máxima altura de un edificio? ¿Qué hay detrás de ello?¿Qué implicaciones tiene tamaña hazaña, una vez que se logre, vista desde la perspectiva de la antropología cultural? En un mundo en el cual la sociedad humana ha alcanzado logros técnicos y científicos extraordinarios y seguramente es capaz de alcanzar otras metas tan o más notables, pero que, a la vez, es también capaz de arrastrar lacras sociales tan graves y criminales como lo son las guerras y la enorme y escandalosa infelicidad que se nutre de la pobreza. En un contexto histórico como éste, con sus vertientes tan contradictorias, se difunde esta tendencia a sembrar las ciudades de arrogantes y altísimos pináculos, agujas para tejer nubes, cuya máxima verticalidad y altura debe estar estrecha y necesariamente asociada a cálculos proyectuales que implican costos y complicaciones estructurales igualmente gigantescos. 

En definitiva, absurdos rascacielos para multimillonarios, para el prestigio de empresas corporativas y para las políticas de prestigio de los gobiernos que las auspician. ¿Son negocios también multimillonarios? Será verdad que vender apartamentos que valen millones de dólares en el piso 150 en el desierto de Dubai, o alquilar habitaciones de súper lujo en el piso 100 de Shanghai o de Chicago, es un negocio redondo? ¿Tan redondo y atractivo que, a pesar de todas las dificultades, según informan, ya se preparan para construir más de cinco o seis nuevos rascacielos altos más de 600 metros? Preguntas tontas, porque de otro modo no los harían, evidentemente. Pero la pregunta que sí debemos hacernos, desde una perspectiva como decíamos cultural, de cultura humanista, que aspira a entender, con sentido histórico y totalizador, lo que pasa en este mundo ya globalizado, es cómo se ha llegado a aceptar la pertinencia social de un artefacto de centenares de metros de altura (hoy 600, mañana 1000 o más) de un artefacto tan complejo, costoso e inútil. Otra vez: ¿cuál es su lógica interna y externa ¿a quién le sirve? ¿de qué sirve? ¿qué representa, simbólicamente? ¿Se trata de una perversa combinación de orgullo corporativo, prestigio político y afirmación de poder económico? ¿Cómo se ha llegado a todo eso? ¿Y de aquí adónde vamos? ¿No se tratará, en verdad y únicamente, de una forma más de locura, tranquilamente aceptada como forma normal empresarial, una forma de aberración irracional, un exceso más de esa irracionalidad que tiene las mismas raíces y las mismas manifestaciones de la irracionalidad humana que se explica y se manifiesta en las guerras horrendas con que nos matamos y en la injusticia social con que nos ahogamos?

No seamos ingenuos. 

¿Cuáles son los mecanismos económicos-financieros que están en la base del gigantesco negocio de los rascacielos de gran altura? ¿de qué color político están teñidas esas operaciones? Qué beneficio le produce al mundo la construcción de estas torres con esteroides, estúpidas en su arrogancia babélica? 

Son absolutamente inútiles para la civilización urbana. Pero producen millones de dólares para unos pocos y, aparentemente, un falso orgullo para muchos. Y es triste. Pareciera que para el estadio de desarrollo a que ha llegado la humanidad, es más que suficiente. Y estamos muy conformes. 

¡Qué vergüenza ajena! Costosísimos rascacielos para el prestigio y el lucro de un puñado de multimillonarios, en lugar de cien buenas ciudades ecológicas para todos!

[1] Megatalls Skyscrapers, The Council on Tall Buildings and Urban Habitat (CTBUH) en Dezeen  22.01. 2016

 SOM, Burj Khalifa, Dubai



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