martes, 23 de febrero de 2016

Dos grandes fallas y un gran desacierto


Moisei Ginzburg, vivienda colectiva, Moscú, 1928-32. Los apartamentos individuales de 53 m², disponen de una zona de equipamientos (a la Izquierda) con comedor y cocina comunal, área de deporte, kinder y biblioteca

Dos grandes fallas y un gran desacierto marcan y lesionan el formidable logro de haber sabido y haber podido producir un millón de viviendas de interés social, dentro del programa de la Gran Misión Vivienda Venezuela. Es éste -aquí se lo ha reiterado muchas veces- un indiscutible record nacional e internacional con el cual Venezuela y su “revolución” balancean y compensan, tal vez con creces, la suma de defectos y errores, entre los cuales pesan enormemente las calamidades de la burocracia, la corrupción y la ineficiencia. Dicho esto, es decir: reconocer objetivamente la realidad de un extraordinario salto cuantitativo en la historia de la vivienda popular en Venezuela, hay que estudiar críticamente sus fallas cualitativas. En la perspectiva programática, como política de Estado, de la construcción, en los próximos años, de dos millones más de viviendas, constituye un deber ciudadano pedir que se abra un compás para que se reflexione -sin que se detenga la inercia que conllevan instituciones y presupuestos- sobre el aparentemente simple requisito de cómo hacer mejor lo que se hecho hasta ahora y repotenciar la calidad en un ámbito cuantitativo reconocido. 
Y saltan a la vista, al realizar un análisis –objetivo, hay que insistir en ello- de lo realizado, dos grandes fallas que exigen ser precisadas en sus alcances públicos, y un grave desacierto que también agrega más volumen a los cambios a emprender. Parece indispensable hacer previamente una advertencia: lo que el Estado ha emprendido, en el ámbito del problema de la vivienda y de sus soluciones, no puede dejar de estar enmarcado dentro de una política urbana global e integrada que presupone un modelo al cual estarán sujetas todas sus acciones. Y con la palabra modelo lo que se quiere significar una propuesta, racional y emocionalmente, de ciudad mucho mejor, más justa y equilibrada de lo que hasta ahora, en sus mejores circunstancias, ofrece la ciudad capitalista. 

¿Utopia? Tal vez. En todo caso se trata de que con lo que se haga se demuestre, en los hechos, la dirección hacia la cual se va trabajando. Hacia la construcción de una ciudad realmente grata y vivible, bien diferente de la ciudad actual, que tiene una doble cara, indispensable y odiosa a la vez. Es por ello que este asunto del modelo que se persigue y se propone, como oferta de las políticas del Estado, es un asunto fundamental en el plano político, de la gran política, de la que atañe a la formación de una sociedad justa, libre y solidaria. En términos más precisos, no puede haber verdadero cambio social si no hay a la vez un radical cambio urbano. Ambas cosas deben coincidir en la orientación política que se propone desde el poder. Se debería poder decir claramente: éste es el modelo de ciudad con el cual pretendemos establecer mejores condiciones para una nueva calidad de vida, aquí están los ejemplos, estos son los ensayos modélicos. Es por ello que en la ciudad, los fragmentos afectados, las intervenciones parciales y hasta puntuales con las cuales se actúa en el ámbito urbano, deberían tratar, en el fondo, de ser siempre unas demostraciones de cómo quisiéramos vivir si el mundo fuera diferente. 

Pero, no es eso lo que ha ocurrido y ocurre. Lamentablemente, hay que decirlo con todo el énfasis necesario, por una multitud de razones que deberían ser exploradas e investigadas también por nuestros arquitectos, nuestros sociólogos y nuestros psicólogos, en el enorme caudal de metros cuadrados producidos hasta ahora, no ha habido tiempo o condiciones para dar respuesta adecuada a la exigencia de atención soberana que imponen especialmente dos factores absolutamente esenciales en la composición de las familias: la mujer y el niño. Y estas son las dos grandes, graves fallas. Desde las primerísimas investigaciones y propuestas que, en la historia, se realizan acerca del tema de la vivienda colectiva (siglo XIX, Francia, los Falansterios de Fourier) hasta los ensayos soviéticos de los años 20, y a los logros excepciónales de Le Corbusier y Jean Renaudie de los años 60, se ha entendido el enorme peso que ejercen socialmente las mujeres y los niños en la vivienda con carácter colectivo. Para las mujeres y los niños, posibilidad de trabajo, libertad de opciones, tiempo libre, educación y salud, si se quiere de verdad cambiar el patrón de vida social, deben traducirse en espacios adecuados, diseñados con inteligencia y prudencia, que permitan ofrecer oportunidades de evolución y armonía, de libertad real y de crecimiento para estos dos componentes capitales de los núcleos familiares. Hay que recalcar que no se trata de asuntos sociales menores de los cuales la sociedad, o por ella la ciudad, se encargarán de encontrar soluciones o remedios. No, se trata de dos asuntos, el papel creador de la mujer y el de la seguridad del futuro, el de los niños, que constituyen pilares fundamentales del tejido social y que deben presente en cada paso que se de, desde el Estado, en cada iniciativa urbana. Dos fallas graves. En ello no puede haber dudas: se ha omitido, por un conjunto de causas, atender, como corresponde a un empresa tan categórica y definitiva como la GMVV, a las necesidades primarias y básicas de la mujer y del niño. Un tobogán de plástico y un pequeño campo de juego no son suficientes para cubrir las inmensas urgencias de un niño, que es un ser en desarrollo. Espaciosas guarderías infantiles, escuelas bien atendidas, lugares para jugar en común, talleres artesanales donde construir y ejercitar la imaginación, son indispensables. Debe darse la posibilidad de que la educación sea un hecho continuo, con el cine o con las bibliotecas, con salas de reunión, de discusión democrática y de participación, debe abrirse para todos con un diseño adecuado y previsivo. Es necesario, sobre todo, que la mujer pueda tener tiempo para sí misma y para el trabajo, sin tener que preocuparse por los niños o por la comida o por la atención de la casa. Rescatar el ocio creador, el descanso y la sociabilidad, debe ser también una tarea del diseño, además de una tarea de formación y elaboración política colectiva, sobre bases de colaboración y participación. Únicamente el permanente acoso político, las restricciones presupuestarias (verdaderas o artificiales) y el manejo superficial de las operaciones de diseño, pudieran justificar que en esta última década, en la GMVV, no se le haya otorgado a la mujer y al niño el papel protagónico que deben tener, o que ni siquiera se haya planteado un ensayo experimental que ofreciera alternativas. Hay que reconocer, resumiendo. que estos dos grandes temas han quedado excluidos de los programas de trabajo, si no de las intenciones, sí en la práctica real. Dos fallas graves que deben ser corregidas. Finalmente, el desacierto: la tipología de la viviendas unifamiliares -repetidas ene veces, organizadas geométricamente, que como batallones en formación cubren el territorio hasta el horizonte-niega rotundamente todo lo que se ha estudiado, analizado y repetido, desde hace décadas, acerca de la oportunidad de concentrar y densificar. Desde todo punto de vista racional, es evidente la conveniencia de hacerlo. Menos, quizás, desde el punto de vista de los hábitos convencionales de ocupación de la tierra, de la rutina burocrática y de la facilidad (relativa) de construcción. El hecho es que con la vivienda individual se han seguido repitiendo patrones de diseño que se caracterizan justamente por la carencia de él: no sólo escasean los equipamientos necesarios para una vida en comunidad, sino que casi no ha habido, hasta ahora, diseño inteligente. Ni siquiera unas mínimas tentativas experimentales para competir con las medias viviendas de Aravena: tan sólo rutina y anonimato. Graves las consecuencias, grave el desacierto que debería encararse como un error a corregir con gran urgencia. Es indispensable, para ello, adueñarse de un espíritu experimental que en la práctica contradice programaciones rígidas, fechas y cantidades, establecidas de acuerdo a normativas burocráticas. Una contradicción que, sin embargo, se disuelve en la práctica si en ello interviene la participación popular, como ha quedado demostrado en muchos casos en los programas de “Barrio Nuevo, Barrio Tricolor”. 

La historia reciente nos ha dado, a todos, suficientes razones para estar seguros de que la garantía de acertar en los proyectos de emancipación estriba únicamente en la libertad y en la capacidad de analizar, criticar y corregir. Los grandes colapsos sociales, las grandes involuciones, las catástrofes políticas que han marcado el mundo moderno, han estado signados por la ausencia de capacidad de autocrítica y de rectificación. Ya es hora de que, en la gran tarea pública de la GMVV, procedamos con talento y sabiduría, con la de que disponen profesionales y comunidades juntos.

Le Corbusier, Unidad Habitacional de Marsella, 1952. El kinder

Le Corbusier, Unidad Habitacional de Marsella, 1952. Piscina y área deportiva en el techo-terraza






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