miércoles, 10 de febrero de 2016

Pueblos de España

Santillana del Mar, España
En España hay una asociación bien peculiar: “Asociación de los Pueblos más Bonitos”. Vale la pena ver las fotos que aparecen en el blog correspondiente. Además, los nombres de los pueblos escogidos son muy sugerentes: Zuheros, Albarracín, Peñíscola, Frías, Valderrobles, Ansó, Vejer de la Frontera, Sepúlveda, Almagro, Sos del Rey Católico, Mojácar, Frijiliana, Alquezar, Puertomingalvo, Calaceite, Morella, Cantavieja, Vilafamés, Pampaneira, Santillana del Mar, Anento, Áinsa…. Nombres desconocidos o casi. Nunca frecuentes en las referencias de la cultura arquitectónica que se enseña en las escuelas. 

Crean, por sí solos, el recuerdo de toda una imagen semirural, apartada, de economías agrícolas, de comunidades pequeñas y en cierta medida autónomas. Pero lo que más impresiona es lo que evocan con sus callejas empedradas, su casas sencillas y precisas, montadas sobre despeñaderos insólitos, acurrucadas alrededor de castillos medievales, a veces en ruinas. Es un pasado de acontecimientos locales, siglos de luchas de príncipes, de señores y amos y de las resistencias populares que las acompañaron... De generaciones y generaciones que atrincheraron sus vidas en el despacioso transcurrir de una suerte de ignorancia del mundo. Una densidad de recuerdos en las puertas de las casas, en los escalones, en los alféizares de las ventanas, en las fuentes, en las plazas y soportales. Desde esos pueblos, especialmente los del centro y el norte de la península, desde la altura de sus colinas, las vistas alrededor, sobre un paisaje de amplitud y de seguridad agrícola, son realmente enaltecedoras. La sensación es que en ellos hay, o ha habido, un fortísimo espíritu de comunidad, cercada y aislada, pero también entretejida con la historia de la región. Finalmente, es una sensación poderosa de estar en presencia de historia y de historias. De estar sumergidos en un tiempo que ha pasado denso y compacto, administrado ahora por recuerdos familiares y por tradiciones locales que tienen o tuvieron una vida espesa y determinante.

Historia. Eso es lo que prevalece. Han vivido siglos. Han acumulado memorias, fueron construyendo sus vidas. Generaciones y generaciones han nacido y muerto entre esas piedras y en esos espacios. Sus ojos han vuelto a ver durante centenares de años las mismas perspectivas. Hubo el mismo fuego en los hogares, han comido las mismas comidas en esas cocinas de pobres generosos. En esos pueblos la historia lo es todo. Si uno tuviera que hacer arquitectura, por un azar afortunado, en uno de esos pueblos, no tendría absolutamente ninguna otra opción que partir de esa realidad, espesa, madura, tupida, envuelta en esas piedras, en esos balcones, en esos estupendos muros de mampostería. 

Y ahora, nosotros. ¿Cuál es nuestra historia? 

Nuestra historia, la más nuestra, es la geografía. Comparar con los pueblos españoles, sirve como una lección. Porque nuestra realidad, igualmente densa y tupida, pero diferente, es la geografía. Su medio es la historia, el nuestro es la geografía. Y cuanto cuesta entenderlo… 

Para ellos ha habido reyes y castillos, trigo y olivares, religión y magia, piedra y madera. Lo que nosotros confrontamos, en cambio, es orografía, geomorfología, climatología, etnografía, geología y cuantas otras disciplinas, convertidas en emociones y sentimientos, giran alrededor del hecho supremo: nuestra naturaleza tropical. Cuesta entenderlo, ahí están los hechos: ¿cuántos arquitectos, en Venezuela, se han distinguido por tratar de entender las razones profundas de nuestra tierra y de nuestro clima? ¿Cuántos han traducido en arquitectura las brisas y las lluvias, el calor bochornoso y la vegetación avasallante que son la realidad en este punto del planeta? 

No. Es de lamentar. La imitación de las glorias de Occidente ha sido más importante y urgente. Es por ello, también, que nuestras ciudades son odiosas y ajenas. Hasta que no entendamos que nuestra historia es la geografía, no habremos dado ni un paso hacia algo que se pueda comparar, en ternura, emoción y sentimiento, con los pueblos de España.

Valverde de los Arroyos, España
Sos del Rey Católico, España



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