lunes, 29 de febrero de 2016

¿Una tipología nefasta?




La urbanización del mundo ha procedido, y procede, siguiendo dos grandes modalidades: el modelo de la gran concentración con gran densidad, y el de la reproducción de unidades familiares individuales, aisladas y con bajísima densidad, en relativamente grandes extensiones de territorio. En otros términos, extremos y contrapuestos: por un lado, las grandes urbes de hacinamiento de torres y rascacielos, y por el otro, la vivienda rural, generalmente asociada a la explotación agrícola. Por supuesto, por lo menos desde el siglo XVII en Occidente, la vivienda individual, “la casa”, ha sido desde hace siglos y en todas partes, como la tipología intermedia, por decirlo así, la que ha sido el lugar preferido de residencia de las clases medias y el tema preferido del diseño arquitectónico ligado a la imaginación y a la expresión “artística” individual. Bien concretada, por ejemplo, en la concepción original de las urbanizaciones caraqueñas.
Pero también hay una tipología muy importante, también de vivienda familiar individual de baja concentración, representada sea por el sistema anárquico y caótico de las viviendas de los barrios urbanos, así como en los urbanismos asistenciales, casi siempre periféricos, construidos por el Estado. A ellos quisiéramos referirnos. Según los datos oficiales, en Venezuela, casi el 40% de lo construido por el programa de la GMVV, ha sido realizado por la iniciativa del Poder Popular, en forma autónoma y aplicando esta última tipología. Quienes han estudiado este aspecto, han destacado el déficit de eficiencia urbana –esto es, de carencia de virtudes civilizatorias- en los resultados. Repetición ad infinitum de la misma casita, falta de posibilidad de crecimiento, falta de servicios y sobre todo de coherencia entre calidad y cantidad en los equipamientos. Resulta evidente el contraste entre la eficiencia en rapidez, economía y racionalidad básica, en el proceso constructivo, y la irracionalidad en la ocupación del territorio y en el uso y distribución de los sistemas de servicios y energía. 

Esta tipología –la misma casita clonada infinitas veces a lo largo y a lo ancho del territorio, herencia directa de la infame “vivienda rural”, -que ignora las cualidades de la topografía, descuida la gran importancia del crecimiento, desprecia las diferencias de clima y nunca llega a facilitar una atmósfera concreta de urbanidad– es entre todas, la más negativa. Únicamente satisface la visión burocrática, “viviendista”, en su versión más simplista. Arrastra, desde hace más de un siglo, el enorme defecto de que nunca llega a hacer y conformar ciudad en los términos de la modernidad a que cualquier modelo social y político que se respete, de izquierda o de derecha, aspira a realizar para los ciudadanos. Pero es la tipología que, a pesar de todos los estudios, los proyectos, los concursos, que se le han dedicado desde la arquitectura y desde la sociología, siempre viene repetida en las periferias de nuestras ciudades, mecánicamente, en su modalidad más mediocre, conformista, anónima y elemental. Y, al mismo tiempo, es el campo privilegiado donde el Poder Popular puede aplicar todas sus virtudes creadoras, en las formas clásicas de un piso, dos pisos o hasta cuatro, como se ha comprobado. 

Queda, por lo tanto, planteado el difícil dilema de cómo armonizar la vivienda individual aislada, con una concepción realmente moderna de asentamiento comunitario, suficientemente flexible y abierto a la posibilidad de crecimiento y dotado, a la vez, de todos los servicios y de todos los equipamientos que le corresponden a una interrelación urbana evolucionada. El programa de la GMVV plantea la construcción de dos millones más de viviendas. El 40% de ellas son 800.000 viviendas que pueden ser construidas por el Poder Popular. Ello constituye una poderosa razón para que se le vuelva a dedicar a esta opción, el de la vivienda individual de baja densidad, la atención que se merece. 

La irrupción en el debate internacional del modelo Aravena de “la media casa”, es un reto muy interesante, y abre la oportunidad de replantear la discusión acerca de este tema que tiene una larga tradición, inclusive latinoamericana, y que sigue teniendo urgencia de soluciones. ¿Qué hacer con lo que se ha llamado “la vivienda semilla”?¿ Por cuál razón tanta carencia de equipamientos? ¿Qué es lo que impide proceder, en una estrecha relación de imaginación y de experiencia, -profesionales junto con comunidades- en la experimentación de modelos distintos, inteligentes, ecológicos, previsores, que aprovechen el tremendo potencial realizador del Poder Popular? 

Estas son otras más de las preguntas que deben ser planteadas con absoluto realismo democrático e igual transparencia, en el terreno práctico y participativo de las propuestas y de las soluciones, si se quiere salir del extraño y ambiguo atolladero político en el cual estamos sumidos -con el telón de fondo de la imagen del Titanic, de Luis Britto García- aprovechando las últimas opciones, los últimos instantes, de un tiempo histórico que ha sido oportuno hasta ahora, pero que ya se está debatiendo, aparentemente, entre su pesado desenlace y la necesidad de su posible renacimiento.




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