martes, 8 de marzo de 2016

Hotel modernidad

Tomás Sanabria, Hotel Humboldt, Caracas,1955

¿Qué sabemos de África? ¿Qué sabemos de la modernidad africana? ¿De qué manera se ha asumido, en África, el insistente reto de llegar a la modernidad? ¿Acaso alguna semejanza con los parámetros de nuestra historia venezolana? 

Pues bien, un libro-ensayo reciente nos ofrece una interesantísima visión de lo que ha dejado, en el continente africano, el intento de alcanzar lo que en la civilización occidental, grosso modo, se ha definido como modernidad.
Y una de las constataciones más impactantes, revisando la colección de datos y fotos contenidos en el libro (Ingrid Schroder, Hans Focketyr, Julia Jamrozik, fotos de Iwan Baan, African Modernism, Architecture of Independence, ed. Herz) es el gran parecido con muchas de las manifestaciones arquitectónicas que se han dado en nuestra desesperada búsqueda de ser modernos. 

Una tipología llama la atención: el hotel. Entre todas las iniciativas que se emprenden con importante apoyo del Estado, en Ghana, Senegal, Costa de Marfil, Kenya y Zambia, el hotel -estilo internacional, llamativo y 5 estrellas- es siempre el hotel el que aparece en el primer plano, como símbolo y prueba irrefutable de que ahí está, ya lograda, la modernidad. En las grandes ciudades, Maputo, Dakar, Accra, Abidjan, es siempre el hotel, más que los hospitales o las escuelas, el que representa, el lo interno, pero sobre todo para lo externo, el progreso alcanzado. Casi siempre se trata de regimenes dictatoriales u autoritarios los que, en diferentes circunstancias pero siempre con la misma careta de identificación con lo moderno, se definen en los programas de reformas y de inversiones urbanas. 

El hotel, pues, es como símbolo de lo moderno, como prueba de haber alcanzado el nivel de “desarrollo” que los antiguos colonizadores han logrado –gracias, no hay que olvidarlo- a la explotación inmisericorde de esos mismos pueblos africanos. En el hotel, centro de esa contradicción en esos países de negros, es donde se recibe a los blancos, a los negociadores de Occidente, a los inversionistas, a los nuevos-antiguos amos, a los turistas occidentales, por supuesto, también. En esos edificios, dotados de todas las comodidades -como en Occidente- es donde se estrecharán los acuerdos y se firmarán los contratos de compra venta, de la nueva etapa de la descolonización.[1]

Y cuesta entonces no comparar la experiencia africana -salvando todas las distancias posibles entre ellos y nosotros, todas las diferencias reales y las importantísimas, (las de la calidad formal -hay que reconocerlo- las nuestras mucho más sofisticadas)- con el gran programa de hotelería que el régimen de Pérez Jiménez, también dictatorial, realizó a todo lo largo del país en la década del 50-60, dentro del mismo proyecto político de alcanzar sin dilaciones a la modernidad.  

Sería de tontos o de ciegos negar los logros de absoluta modernidad –estética, tecnológica, de servicios- que desde las montañas de los Andes hasta la isla de Margarita- con la participación de nuestros mejores arquitectos, se concretó en la cadena de hoteles que se construyó en esa época. Obras, todas, bien planteadas dentro de los cánones de la imitación (o si se quiere, de la asimilación) de la arquitectura moderna internacional. Y entre todos esos hoteles, el más destacado y tal vez el más logrado, el más llamativo y el que ha tenido más resonancia pública, nacional e internacional, el Hotel Humboldt, en el Ávila, obra maestra de Tomás Sanabria. 

Desde un punto de vista de historia cultural, el Hotel Humboldt, con su teleférico -se ha repetido muchas veces desde diferentes voces- es todo un símbolo. Audacia tecnológica, vitrina del progreso venezolano, nueva propuesta funcional para el ocio de la clase media, y, en lo arquitectónico, desarrollo cualitativo de una gran imaginación estético-formal. Muchos son los matices interpretativos que ofrece esta obra. Pero no hay que dejar de un lado lo que es lo más importante: exactamente como en los regímenes autoritarios africanos, la modernidad venezolana en el programa político del general Pérez Jiménez -la gran modernidad venezolana, la de los años 50, de la cual todos estamos orgullosos -también halló su máxima expresión en la tipología hotelera. No se lea esta afirmación – pues se trata de una constatación simplemente objetiva- como una suerte de ironía que pudiera surgir de la contradicción entre la dura realidad de la base social de aquella época y las pretensiones “civilizatorias” de y para la élite. No importó que los niveles de pobreza generalizada, en África o en Venezuela, fueran los que eran: las obras excepcionales eran indispensables. Sabemos que fue una época de esperanzas y de decepciones, estábamos engañándonos a nosotros mismos con ilusiones y mascaradas. 

Porque en el fondo, para esos hoteles, su función era la de proclamar que nosotros, acá en el tercer mundo, somos capaces de hacer cosas como uds. países desarrollados. Nosotros, los negros, los indios, los mestizos, somos entonces como uds. Merecemos estar entre uds. Aquí están las pruebas: las encontrarán, en estos hoteles excepcionales, ubicados en lugares excepcionales, en Caracas o en Abidjan, recios como el concreto o brillantes de aluminio y de vidrios panorámicos, como los de Nueva York, o de Chicago. O aún mejores.

Diferente será el Hotel Moruco. Pero esa es otra historia.


En esta y en las siguientes imágenes de la modernidad africana, en las principales ciudades, en el período inmediatamente posterior a la descolonización



Fruto Vivas, Hotel Moruco, edo. Mérida, 1955


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[1] Es muy curioso (o significativo) que esos mismos hoteles u otros muy parecidos, son objeto, hoy, de los ataques de los islamistas más furibundos. Como las torres del WTC, representan los símbolos a derribar.

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