martes, 15 de marzo de 2016

¿Somos así? Somos así.

Hace falta trabajar políticamente sobre una concepción antropológica de nuestros problemas. Hace falta una política antropológica. 
Abel Sánchez Peláez, Conducta social del venezolano 

Gran revuelo (o así parece) por una supuesta grabación de una conversación del presidente de VTV[1] En ella el funcionario se expresa como lo haría un perfecto malandro de barrio (aunque sabemos que también las muchachas y muchachos universitarios manejan corrientemente un lenguaje igual de distorsionado). Escuchar al presidente de una importante agencia del Estado, dedicada precisamente a varias formas de comunicación pública, -y que debe, por lo tanto, mantener una especial vigilancia sobre la propiedad del lenguaje, como tarea imprescindible de educación y de pedagogía pública- usando un torrente de groserías e improperios, para hacer explícita su irritación e impactantes sus desacuerdos, suscita por lo menos una necesaria reflexión.

Consideremos la extrema vulgaridad y ordinariez del lenguaje. Es verdad que el presidente del canal no estaba transmitiendo para los tele-espectadores, sino que aparentemente estaba en una "conversa" particular y privada (y además, los "machos criollos" nunca se han destacado por el uso de un verbo pulido y circunspecto). Evidentemente el presidente no es una excepción. Pero llama la atención que las expresiones más intensas, por así decirlo, están dirigidas a importantes autoridades nacionales y a importantes sectores de la sociedad que tienen un enorme peso en la escena política del país, y que, supuestamente, en un sistema jerárquico normal, deberían merecer más respeto. ¿Un exabrupto circunstancial? No, en realidad, como decíamos, es así que se habla. En Venezuela, así es que ahora todos hablan. La sociedad venezolana, en todas sus capas, aunque sea con mayor o menor continuidad, así ha llegado a expresarse, hasta llegar a usar este "nuevo" idioma, de grosera carpintería, como una herramienta normal de comunicación. Entiéndase que no se trata de reprochar la vulgaridad por ser un problema de ética, ni tampoco de estética. Al fin y al cabo una buena grosería, en lo cotidiano y en el momento adecuado, es irremplazable en su efectividad. En España, por ejemplo, la que llamábamos la madre patria, las dos palabras que comienzan con una c y que definen dos importantes partes del cuerpo humano, se usan corrientemente y sin ningún escándalo, hasta en la televisión. Nosotros no. Jamás aparecerán en ella. Nuestra hipocresía y nuestro extraño prurito de alcurnia o de clase, nos lo impiden. Uslar Pietri intervino, pero no fue para tanto. Así que no es asunto del peso de las palabras vulgares. En los hechos, no hay dudas, puede tratarse de una forma de comunicación rápida, potente y efectiva, pero, y esto es lo grave, reducida a un número cada vez más simple de combinaciones. Un debate es necesario, pero extremadamente complejo porque el uso del doble lenguaje o de los múltiples lenguajes –según las circunstancias, según quién habla y a quién se habla- es universal, (Ud, vos y tu, por ejemplo). Palabras y giros para diferentes ocasiones y situaciones, unas convenientes y recomendadas, otras mal vistas o prohibidas, son parte del habla de hombres y mujeres, adultos y niños en cualquier cultura. Pero hay que hacer énfasis en lo ya señalado: el punto débil es la fácil y creciente indigencia y devaluación del lenguaje hablado, no sólo su vulgaridad. 

El asunto es cómo el lenguaje (y el cerebro) se desangran al utilizar como comodines los mismos ripios, una y otra vez, repetidos y repetidos, rodando como piedras en torrente, buenos para todo, en una universalidad de mengua de significado. El intercambio de ideas se ha vuelto así una simpleza puntuada por interjecciones. Demostración de una paulatina reducción de la sofisticación del sentido y de un progresivo empobrecimiento de la articulación lingüística. Cosa que ya ha sido señalada por varios especialistas en numerosas ocasiones. Una amenaza y una señal preocupantes para la cultura en un régimen democrático. En un país como el nuestro que se destaca por muchas cualidades pero no, tradicionalmente, por el culto de la palabra traducida en ensayos literarios y en una buena trabazón de ideas, es una señal de notable mengua de capacidad de expresión y de capacidad de intercambio, justamente, de ideas. 
Pudiera quedar por analizar el contenido de la conversación y las razones de su encono, así como el asunto de la difusión de las grabaciones, ilegales, que se han convertido en un medio ilimitado de confrontación política global. Y esta es una tarea que es bueno que los analistas políticos también emprendan. 
No lo haremos aquí porque nuestro tema principal es siempre la arquitectura y la ciudad. Y no parezca un poco jalado por las greñas, airear aquí un episodio como éste. Este episodio infortunado es un indicio, uno más, de una situación mucho más amplia. Porque quienes encuentran dificultad para pensar y expresarse con abundancias de alternativas y riqueza de matices, también hallan dificultad para criticar y modelar el entorno. La arquitectura y la ciudad son entorno físico y exigen también una adecuada sofisticación en su apreciación y su uso. Decir, simplemente, me gusta o no me gusta, equivale a la reiteración de la ordinariez en la conversación. Probablemente el progresivo empobrecimiento de la calidad de vida y pérdida de belleza de nuestras ciudades tengan las mismas raíces en las causas del progresivo empobrecimiento del lenguaje.

Tal vez este incidente no tenga mucha trascendencia dentro del mundo complejo de la política nacional. Pero el manejo del lenguaje la tiene, y enorme, con relación a la conducta social del venezolano. Así que las toscas expresiones del presidente de VTV pueden servir de ejemplo de la rueda de peligros generalizados que acechan, en paralelo, al desarrollo intelectual de nuestro pueblo.


[1] https://www.youtube.com/watch?v=AjYP-djYHk8.

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