martes, 3 de mayo de 2016

Emergencia e improvisación

emergencia: suceso o accidente imprevisto
improvisación: acción repentina sin ninguna preparación previa 


Toda nuestra historia como país, es una historia de emergencias. Una secuencia casi continua de acontecimientos imprevistos e imprevisibles, de incidencias y eventualidades, separadas por cortos períodos de tregua, por breves trechos estáticos. Nuestros historiadores, que se sepa, no han visto el material de sus estudios bajo el perfil de la emergencia. Seria interesante y útil hacerlo. Podría arrojar una inteligencia distinta de las causas y las consecuencias de los acontecimientos de la historia atormentada de este país. 

Desde las súbitas defensas de los indígenas y los asaltos inesperados de los piratas, las guerras, las revoluciones y los “golpes”, hasta la aparición milagrosa del petróleo o las desgracias de los terremotos, los deslaves y las sequías, todo es una emergencia, sucesos imprevistos. En cierta manera eso podría tener cierta explicación. Nuestra tierra americana, durante muchos siglos ha sido parte de ese inmenso desconocido que es la realidad física. Hic sunt leones, aquí lo que hay, son leones, decían los mapas. Leones, fieras, esto es, hechos desconocidos, acontecimientos imprevistos, milagrosos, monstruosos, siempre excepcionales. Y el suceso, como no, es siempre repentino, imprevisto. 

Para las emergencias, la humanidad, donde ha tenido tiempo y condiciones, ha desarrollado sistemas, muchos sistemas, para enfrentar las emergencias. Desde la suspensión de derechos y garantías hasta primeros auxilios y la Cruz Roja, la sociedades y los Estados han estructurado fórmulas previsivas que permiten enfrentar a los desastres o los acontecimientos improvisos. Y ello implica, por supuesto, no sólo sensatez y prudencia, sino, sobre todo, pronóstico, anticipación, previsión, programación, planificación, etc. 

Pero resulta que nuestra emergencia, nacional y permanente, es una emergencia que deriva del inestable y peligroso equilibrio entre opulencia y pobreza, de nuestra intrínseca debilidad derivada del descontrol social, de la injusticia orgánica que nos acompaña desde la invasión del imperio español. Es decir y sintetizando: somos un país que ha estado siempre, por re o por fa, en emergencia social o natural. Y frente a esta situación, que es casi “normal”, deberíamos haber desarrollado un sistema adecuado de previsión y de alerta. Pero como nunca hemos sabido o podido construir un Estado que funcione realmente, lo que hemos hecho es desarrollar una habilidad extraordinaria para la improvisación. Hemos encontrado que la improvisación es el método impecable para encarar sequías y deslaves, para resolver el problemas del tráfico y de las comunicaciones, del desabastecimiento o de la crisis energética. Tan fuerte y sólida es nuestra confianza en el método colectivo de la improvisación que hemos llegado a considerar un atributo positivo a lo que se llama “ocurrencia”. Hemos escuchado a importantes y destacados líderes nacionales decir por televisión que se ”les ha ocurrido” tomar esta o cual medida. Con ello se cambia un ministro o se decide la ubicación de una nueva ciudad. La “ocurrencia”, como tal, es el mejor símbolo de la improvisación. Es el gran remedio a la falta institucional de métodos y hábitos de previsión. Ha pasado a ser un atributo innato de capacidad para resolver situaciones complicadas e inéditas: total, casi una gloria, un orgullo nacional, un talento étnico. Pero, como decíamos, no se puede negar que hay cierta lógica en el asunto: si no hay ni previsión ni prevención, sin estructuras institucionales y conocimientos firmes , lo que ayuda, socorre y resuelve es la improvisación. Y eso, tal vez, también pudiera explicar el apuro (eso tiene que estar para ayer…) con el cual todo debe realizarse, tareas grandes y pequeñas. Una emergencia que dura siglos, evidentemente no puede esperar. 

Y ésta ha sido nuestra historia. Una historia de improvisaciones, hasta ahora y hasta aquí. Con ese material, y con el perdón de Neruda, hemos construido nuestra residencia en la tierra. 

Así somos (como sociedad). Reconocerlo estimula el cambio.

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