miércoles, 6 de julio de 2016

Millones. Dos más


GMVV, Alcaldía Libertador, Caracas












“Si tenemos miedo a equivocarnos jamás podremos asumir los grandes retos, y sus riesgos”
 George Steiner 


Haber logrado realizar, en corto tiempo, un millón de viviendas para el pueblo, constituye una hazaña histórica de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV). Emprender, ahora, la construcción de dos millones más, implica detenerse, aunque sea un momento, por así decirlo metafóricamente, y pensar.

Pensar cómo hacerlo mejor de lo que se ha hecho. Pensar, en lo esencial, como hacerlo con calidad, cuando sabemos que la emergencia ha marcado este millón ya construido, con el sello de la improvisación. Puede debatirse si es justo, frente a los indiscutibles hechos cuantitativos y a las consecuencias del mejoramiento social de ellas derivado, preguntarse si, y por cuál razón, no hubo espacio y tiempo para dedicárselos a la calidad. Pero supongamos que en los últimos diez o quince años, no hubo (histórica, social y políticamente) las necesarias condiciones para satisfacer, al mismo tiempo, cantidad y calidad. Supongamos que no había otra alternativa y que por ello prevalecieron los números. La GMVV podría considerarse -así lo afirma el profesor Alfredo Mariño en un excelente trabajo de análisis crítico que debería tener una gran difusión- como un operativo más, marcado, como todos los operativos, por el éxito inicial y las posteriores carencias de origen. Dicho esto, la tarea programática de otros dos nuevos millones de viviendas a construir, obliga categóricamente a reflexionar para no repetir errores y para, a la vez, a imaginar otros mejores y más audaces modelos de planteamiento y de realización. 

Es por ello que este momento no puede ser únicamente de aniversarios y celebraciones. Este es, como decía el maestro Villanueva, el momento del “pensar profundo”. El momento, repetimos, del análisis y de las propuestas. Y ambas acciones deben realizarse bajo el signo de la crítica y de la autocrítica más severas. Y ello significa, tolerancia y modestia, humildad y reflexión.

Proponemos, en función de la experiencia de este primer millón, que se apliquen rigurosamente dos obligatorios elementos de programación y análisis para todo lo que se vaya a hacer en materia de vivienda, independientemente de cual sea el organismo encargado y su nivel de decisión. Dos test, dos preguntas, que permitan saber si se procede bien o mal. 

Primer test. ¿El proyecto asegura un cambio significativo y progresista en la calidad de vida, en el trabajo, la salud, la seguridad, la educación, la recreación y el ocio, para cada una de las unidades familiares? 

Segundo test. ¿El proyecto asegura un salto significativo y progresista en las opciones “gratis”[1] de disfrute y aprovechamiento de la vida en la ciudad? ¿El proyecto asegura un cambio significativo en la multiplicación de valores positivos en la vida colectiva que representa lo urbano, la ciudad? ¿Con ello la ciudad de todos es más y mejor ciudad? 

Todo lo demás -desarrollo tecnológico, estudios de costos económicos, ambiente y ecología, relación ciudad-campo, todo lo demás viene solo, cuando se le den respuestas afirmativas a estas dos preguntas. 

Pero lo que está en la base de ambos test, lo que debe estar implícita inevitablemente, es la búsqueda de una visión de “vida buena” (en versión andina, boliviana, “pachamama”, etc.) que incorpore y auspicie, con audacia experimental, una forma de convivencia urbana muchísimo mejor, más participativa y más serena y valiosa de la que emana de la actual, capitalista en lóbrega decadencia. Una forma de convivencia que exalte todo lo bueno de las buenas experiencias urbanas que conoce la historia humana y las proyecte, con imaginación y valentía, a una nueva altura de bienestar e inclusive de belleza. 

Ahora lo esencial e imperativo: los programas o proyectos que no garanticen respuestas afirmativas y positivas a estos dos test deben ser desechados automáticamente, contando, supuestamente, con un seguro respaldo político. 

Y hasta aquí, todos estarían de acuerdo, probablemente. Lo problemas surgirían al tratar de definir con precisión, previa o posterior, qué es mejor, o más valioso, con relación a qué, con relación a qué momento y a qué espacio. Pero se trata de problemas creativos. Problemas que obligan a reflexionar, a pensar, a imaginar, a decidir entre varias opciones. Problemas que incitan a discutir en común, a estudiar alternativas, a ensayar sin miedo. La exigencia de los dos test, puede parecer, quizás, una exigencia utópica o irreal, ya sabemos como se bate el cobre en la realidad. Pero ahí es donde se resuelve todo: nos atrevemos o perecemos en la rutina de la mediocridad y hasta caemos en la chacota del mundo. 

Es por ello que nos hallamos en una circunstancia, con los dos millones de viviendas por construir, que, pese a todas las grandes dificultades y obstáculos que se avecinan o que ya están aquí entre nosotros, (políticas, económicas, productivas, culturales), anuncia un enorme reto: este no es el momento para celebraciones de aniversarios burocráticos sino el de la revisión crítica y el de las propuestas para que la GMVV pase a ser de un extraordinario objetivo numérico (ya conseguido) a un “acontecimiento” socio-cultural (por conseguir) de inmensas y ejemplares repercusiones civilizatorias. 

Es casi un asunto de vida o de muerte para la GMVV. Las que seguimos llamando, como símbolos burocráticos y autoritarios, “las autoridades”, deben terminar de entender que el prestigio de la Misión Vivienda, logrado a fuerza de números y milagros administrativos, está peligrando. Si no se asume, a totalidad y con pleno convencimiento, que el objetivo, ahora absolutamente prioritario, es de transmutar la cantidad en calidad, se perderá todo el sentido de la buena política, la que consiste -en morocotas para no perdernos en disquisiciones- simplemente en resolver bien y para mejor los problemas de la gente. Los números son asombrosos. Pero ha faltado y sigue faltando lo principal: el modelo de ciudad nueva, socialista si se la quiere llamar así. La ciudad en la cual uno desearía vivir, crecer y morir. En todo caso, la que potencia la participación, asegura el trabajo y la diversión, enaltece la cultura, le otorga a la mujer la libertad y la dignidad, y al niño la educación creadora. Como decíamos al proponer los dos test: con los nuevos urbanismos, con las nuevas ciudades, ¿se logran estos objetivos? Es vital que las “autoridades” entiendan que estamos frente a un desafío categórico, a un salto de naturaleza y consecuencias políticas de dimensiones históricas: la nueva ciudad democrática, imagen de la sociedad nueva. 

Las generaciones futuras no nos perdonarían haber perdido -ahogados en el pantano de la mediocridad y de la ignorancia de la pequeña política- esta extraordinaria, hermosa oportunidad, con el programa de viviendas, de avanzar resueltamente hacia un país verdaderamente justo, libre e igualitario. 

Todavía hay chance de ser un ejemplo para el mundo. Ojalá que no terminemos como una desilusión más.

[1] Opciones “gratis”. Es una manera muy difundida recientemente, de definir la cantidad de cosas que uno, en la ciudad, puede realizar sin que le cueste nada o muy poco: por ejemplo, entre tantas otras, pasear en un parque, reunirse con los amigos, trasladarse de un sitio a otro, asistir a un concierto o visitar un museo, y, por supuesto, tener agua potable o wifi.

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