lunes, 3 de octubre de 2016

De la Arquitectura al Objeto


La nueva sede para el Puerto de Amberes de Saha Hadid



Cuando la gran sociedad capitalista, en occidente (y en oriente), decidió pasar a la etapa de la modernidad líquida (según la excelente definición de Zygmunt Bauman) y dejar atrás rigor y armonía, o racionalidad y prudencia, comenzó a experimentar con otra arquitectura para sus oficinas, teatros, museos, rascacielos. En sus ciudades, cuando los grandes principios de racionalidad y de estética formal de la arquitectura internacional, la que se había llamado moderna, ya comenzaron a quebrarse bajo los empujes premonitorios del “posmo”, hubo quien, como lo hizo un historiador y crítico tan importante como Kenneth Frampton, que afirmara que con ello “se reducía la arquitectura a una pura parodia” populista.

Mucho antes, otro historiador, Leonardo Benevolo, había declarado que la arquitectura moderna no era una nueva rama de un viejo árbol, sino un árbol totalmente nuevo. Tenía razón. La industria, la ciencia y la tecnología, el “progreso” y el violento proceso de urbanización, exigían perentoriamente otra forma de diseñar la residencia humana. ¡Fuera capiteles y adornos, cornisas, proporciones y simetrías! Con los grandes maestros, Le Corbusier, Gropius, Mies, F.LL. Wright, se internacionalizó una nueva manera de enfocar el diseño arquitectónico y urbano y se llegó hasta pensar que democracia, progreso y arquitectura moderna constituían una perfecta unidad. Pero pasó el tiempo y dos guerras catastróficas más tarde, como decíamos, la sociedad, ya opulenta, comenzó a querer liberarse en todos los frentes. Y quiso liberarse también de la arquitectura moderna. En esta nueva sociedad de la opulencia y del despilfarro, de la irresponsabilidad moral y de los excesos, cabía perfectamente ensayar la arquitectura del espectáculo, del asombro y de lo excepcional. Los costos no importaban, lo que importaba era divertirse y divertir. La arquitecta que con su obra mejor representa todo ello ha sido sin duda, Zaha Hadid. Con un enorme talento y coherencia supo combinar superficialidad y atrevimiento. Muchos otros arquitectos recorrieron el mundo sembrando los mas asombrosos espectáculos en las ciudades de China y del sur-este asiático, de Japón y de Inglaterra, de Estados Unidos y de Europa. 

Pero con este proceder, ocurrió un fenómeno extraordinario. El diseño pasó de ser una disciplina rigurosa dedicada a construir el entorno físico de los hombres -para su mejor desenvolvimiento social, en lo individual y colectivo- a ser un procedimiento simplemente para diseñar Objetos, en cualquier escala, incluyendo la urbana y la arquitectónica. Lo que ahora se diseña son objetos imposibles, algunos de ellos destinados, con ingeniosa habilidad, a servir de espacios útiles para las actividades humanas. 

Es por ello que estamos frente a (mejor dicho, sumergidos en) un cambio histórico que parece poseer las mismas cualidades revolucionaras que tuvo, en su momento, la arquitectura moderna. Esto que está ocurriendo no es, para parafrasear a Benevolo, una nueva rama de la misma arquitectura. Es un nuevo árbol, con propiedades y principios absolutamente diferentes. Es el Objeto Abstracto, modelado según órdenes formales totalmente arbitrarios y externos, para vivir en él, para trabajar, comprar y vender, producir y educarse, en él, dentro de él... El Objeto es ahora cualquier cosa. La imaginación debe abrir todas sus puertas, pues los horizontes han cambiado. El mundo de la modernidad líquida ha ya encontrado su “ESTILO”. ¡Aleluya! Los historiadores deben prepararse a registrar este cambio histórico. Frampton ha hablado en sus libros de un proceso reaccionario de “desaparición de la arquitectura”. Bueno, justamente: de la Arquitectura al Objeto. Más adelante se podrá constatar si este drástico cambio de parámetros es para comenzar el viaje a un insólito y fantástico futuro de la construcción del espacio en la tierra, o para una simple vuelta más, un recodo momentáneo en la vida cultural de la especie.

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