martes, 8 de noviembre de 2016

La ignorancia



Según las eruditas definiciones de los académicos, la ignorancia puede ser ausencia de saber, posesión de saber falso o ilusorio, saber insuficiente o inseguridad (docta inseguridad) acerca de lo que se sabe o no se sabe. Pero para Platón, por ejemplo, lo que sí estaba seguro es que de la ignorancia descendían todos los males de la sociedad.

Y a partir de una posible, o acaso necesaria, relectura de Platón ¿qué pasaría si se estudiaran las causas de tanto fracaso histórico, al cual está periódica y reiterativamente sometido el país, como si no fuesen sino y simplemente centradas en la ignorancia? 

Por supuesto sería de necios descuidar otras tantas causas internas y externas, evidentes y fatales, pero que, en definitiva, no son sino estricta defensa de intereses económicos y de exigente conservación de privilegios domésticos e internacionales. Esas causas las conocemos demasiado. No insistiremos en ellas. 

Porque, en definitiva, hay que convencerse, la causa superior, la que atraviesa horizontalmente, todo y todos, es la omnipresente ignorancia. 

Desde dos polos opuestos diametralmente, pesa como un plomo sobre el país, atravesando épocas y regiones, en toda su historia, antes y ahora: la ignorancia-desconocimiento. Entendida, por un lado, como ausencia de información, incapacidad de deducciones lógicas. Hasta, por el otro lado, lo que los machos criollos definían como “falta de burdel”, esto es, el ambiguo contacto con la realidad, el roce con todas sus facetas, buenas y malas y las intermedias, como se supone que se hallan en esa escenografía que corresponde a la “ecología” del burdel. Por un extremo o por el otro (podría pensarse también en un exceso de burdel, por qué no?) siempre está ahí la ignorancia. Nada que ver con el conocimiento de lo desconocido (la docta ignorancia de los sabios). Es un hecho: la ignorancia que se niega a saber más y se atrinchera en la falsa tradición es la que está presente, universal y ubicua, entorpeciendo y filtrándose en todos los resquicios de la vida social. Como un pegoste oscuro y espeso, represa y ahoga las iniciativas más generosas, impide avanzar, se alía con la burocracia para frenar y paralizar todo ejercicio de inteligencia y de sensatez. 

En el fondo, si se analiza con detenimiento, el subdesarrollo no es sino eso: ausencia de conocimientos, esa ausencia que se hereda una vez perdida la sabiduría ancestral o rural, o a la que hemos sido obligados, en la cual se nos ha encerrado durante siglos, por la fuerza. Pesa la falta de aquellas “luces”, tan hermosas y tan prometedoras, que citaba Bolívar… Y como tampoco le agregamos lo otro, lo de la moral… pues, aquí estamos, perdidos en la desesperanza, escépticos supervivientes de desengaños y voluntarismos personalistas. 

Se trata de una simple constatación. De hacer visible lo que no nos gusta exhibir por, entre otras cosas, amor de patria. 

Esta ausencia de conocimientos, de conocimientos culturales, pero y sobre todo políticos, está en la base de tanto disparate, de tantas maniobras inútil, de tanta ausencia de programas, de tanta concentración en fines inmediatos, eso sí, cercanos al bolsillo, actos miopes y mediocres, al filo de una simple supervivencia individual. Y de tanta repetición de la historia: el recorrido desde las explosiones utópicas y generosas hasta el fracaso vergonzoso. Entre la actitud del estadista, y la actitud de nuestros políticos domésticos, por ejemplo, hay una brecha enorme que únicamente podría ser superada por una visión, (que sería conocimiento) del verdadero tamaño humano a que nos constriñen nuestras condiciones mortales. La imposibilidad de percibir el ámbito de nuestras acciones, su verdadero significado y proyección, deriva también de nuestra ignorancia. El fracaso de las políticas, minúsculas o relativamente grandes, de nuestros alcaldes, está directamente proporcional al cuadrado de la distancia (para ironizar con fórmulas matemáticas) que los separa de su capacidad de entender el mundo, de poder explicar con la mayor claridad posible, a sí mismos, y por lo tanto a la comunidad, el valor de conjunto de sus actos administrativos. 

Es entonces enteramente posible, así parece, reorganizar todas las causas de nuestras inopias, de nuestras desgracias económicas, de nuestro escaso desarrollo (que ni siquiera se acerca al nivel más bajo de un malhadado desarrollismo capitalista, no alcanzable ni siquiera con todos los dólares que pueda producir el petróleo), y centrar la atención en lo esencial, en el núcleo de esta nuestra pobre realidad: la terrible, universal ignorancia. 

Así pues, fuente y origen de todos nuestros males, tal como lo decía el viejo e ilustre Platón, vuelve a colocarse en la mesa de los grandes debates políticos y culturales, la palabra determinante en la célebre frase, la que se pintaba -acertadamente- en los muros de los liceos, “moral y luces…” 

Esta nuestra ignorancia, cuando se combina, como es inevitable, con la irresponsabilidad, deviene en un comportamiento macabro y nefasto. Y cuando se estudian las causas y condiciones del llamado subdesarrollo, seria interesante, entonces, considerar a la ignorancia como un elemento capital, que recorre y se integra como un factor cultural dominante en todos los demás, económicos y políticos. 

Es una veraz, amarga conclusión.


1 comentario:

  1. Extraordinaria y pertinente reflexion. Nos rodea la ignorancia: ignoramos en que momento se nos empezo a deshacer el pais...

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