martes, 15 de agosto de 2017

Debería ser evidente (pero no lo es)

Debería ser evidente para todos, pero en especial para los arquitectos, que toda labor de construcción del espacio arquitectónico o urbano, está en directa relación con su contexto, con su entorno, bien sea éste material, físico, histórico o cultural.

Para que sea directa y sencilla esta observación de principios, recordemos el lugar común de que en las estepas de Siberia no se construye como en las costas del Mediterráneo, o que los florentinos del siglo XII construían de manera muy diferente a sus contemporáneos árabes. De igual manera, y para dejar el asunto bien claro, Glenn Murcutt, el extraordinario arquitecto australiano, hoy elabora una arquitectura absolutamente diferente a como lo hacía la arquitecta Zaha Hadid. No se trata, o por lo menos no es de eso que se trata aquí, de diferencias de talento, de personalidad, de condiciones de formación intelectual o académica. Que las hay, desde luego. Sino de condicionantes de contexto, lugar y tiempo. En lo básico, no es lo mismo el clima de Noruega que el clima de Hawai. A cada punto que quisiéramos marcar en un mapamundi, le corresponde, como se dice ahora, una narrativa. 

Y como el entorno en el cual se vive es determinante para los parámetros con los cuales construimos el espacio, vale afirmar que es en el territorio de la historia, de las tradiciones y las costumbres visuales y culturales, que se ha movido la arquitectura europea, la arquitectura que seguimos considerando, con razones, occidental.

El territorio de esa arquitectura ha sido y sigue siendo la HISTORIA. En contra o a favor, surgiendo de ella o peleando contra ella. Pero no puede desprenderse de ella. 

Con idéntico énfasis hay que afirmar que para nosotros, en este pedazo de tierra que desde las selvas del Orinoco llega hasta el mar Caribe, nuestra madre es la NATURALEZA y no la Historia. Los puntos de referencia, el contexto que nos determina, son todas las condiciones físicas y culturales que se reúnen y se expresan en la Naturaleza. 

Debería ser evidente para todos y en especial para los arquitectos, que es del rico carácter y especificidad de la Naturaleza del trópico caribeño que se desprende el carácter y especificidad de nuestra arquitectura y de nuestra ciudad. Es de la Naturaleza y no de la Historia que se pueden y deben nutrir nuestras decisiones y acciones de diseño. 

Debería ser evidente para todos. Pero no lo es. Tan es así que nuestras ciudades y la mayor parte de los edificios y espacios públicos de que éstas se componen, corresponden en cambio, trámite el trabajo de la imitación europeizante, a formas y convenciones formales, a hábitos espaciales y a visiones urbanas típicamente “occidentales”. Impregnados como estamos de cultura occidental, de consumismo occidental, de maneras de pensar occidentales, convencidos como estamos, desde el siglo XIX por lo menos, de que el “progreso” de occidente es lo mejor que ha habido en el mundo, es explicable que sigamos aceptando y aplicando pautas culturales que nada tienen que ver, en lo funcional, con la realidad bio-climática que nos rodea y con las fórmulas y tipologías culturales populares mediante las cuales, en el tiempo, se ha tratado de establecer un diálogo con nuestra naturaleza (y con la naturaleza de los hombres que aquí han habitado o habitan). 

Es por ello que lo que debería ser evidente, no lo es. Infelizmente.

Glenn Murcutt, vivienda para los indígenas australianos, a pruebas de ciclón.




Renzo Piano, museo para el arte internacional, a pruebas de público.
















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