viernes, 17 de noviembre de 2017

Las sendas (torcidas) de la historia


Moscú hoy




Cuando, en los años 70, Cornelius Castoriadis afirmó que las revoluciones con las banderas del comunismo, únicamente habían servido, o servirían, para que las sociedades preindustriales accedieran al capitalismo desarrollado, el alboroto en los mundos de la izquierda fue muy grande. Castoriadis, un extraordinario sociólogo-filósofo griego de reconocida pertinencia académica y política, por supuesto fue acusado de hereje, de traidor. etc. como se acostumbra, en tales casos de análisis crítico inteligente, entonces y ahora. 

Pero la historia confirmó la tesis de Castoriadis y de muchos otros que lo acompañaron con iguales criterios. Ahí está China, ahí está Rusia, ahí están otras revoluciones, algunas que han sido testimonios de una increíble capacidad de heroísmo y de sacrificio. El capitalismo más auténtico y más salvaje, y más imitador de las locuras del capitalismo occidental, se ha instalado en esos países.

Castoriadis tenía, pues, razón. 

Puso el dedo en la llaga del marxismo “ortodoxo” y de sus itinerarios históricos inevitables. Todo lo contrario, la historia nos enseña que sus sendas son imprevisibles. Se parte de A para arribar a B y se termina en C. Nada de ello estaba en las previsiones. Nada anunciaba resultados tan aparatosamente diferentes de lo que se buscaba. 

Y centrándonos en la arquitectura, que también es parte de esta misma historia, constataremos cómo, por ejemplo, en China, se pasó de la aceptación repetitiva de los modelos de la arquitectura soviética, falsamente retórica y monumental, a una búsqueda casi obsesiva de los grandes nombres de la arquitectura occidental para que con sus obras pudiera estar a la par de los grandes “éxitos” del asombro y de la irracionalidad -“si de eso se trata, nosotros somos más capaces que uds.”- Pero luego, se invirtió el rumbo, y una vez ya logrado el relumbrón internacional, el mismo gobierno de la República Popular China tuvo que llamar a los arquitectos a la razón y al sentido común. “¡Basta de extravagancias!” 

Hoy, y esa es la buena noticia, después del disparate y la locura, del aplauso o la imitación de los peores desaciertos de la arquitectura del “star system”, muchos jóvenes arquitectos chinos han emprendido un camino de sensatez, de buen gusto, de análisis comedidos de las funciones, de logros de modestia y de cabal reinterpretación de las tradiciones chinas. 

Como se decía, imposible haber pensado que para llegar ahora a una arquitectura con sentido y raíces, digna de premios Pritzker, hubiese sido necesario pasar por los fuegos artificiales y las volteretas de circo de la imitación de la más occidental de las arquitecturas contemporáneas. 

No se piense que Cornelius Castoriadis nada tiene que ver con la arquitectura china, rusa o vietnamita. Se trata del mismo argumento: no hay previsión posible en la historia humana. A menos que se crea en un sentido de la evolución social regida por un enorme y secreto plan conspirativo, del cual no existe prueba alguna, hay que reconocer que el recorrido de la humanidad está tan densamente entretejido de razones, de sin razones y de intereses, que, así como en el campo del caos atmosférico, el aleteo, aquí, de la famosa mariposa, puede causar a la larga, allá, una tempestad, de la misma manera una revolución maoista puede producir multimillonarios en China, o una obra de Zaha Hadid puede abrirle la vía a la nueva arquitectura tropical en Vietnam.

¿Quién podría negarlo? Asusta desprenderse de los criterios de previsión, planificación y racionalidad a que nos tiene acostumbrado la hermenéutica eurocéntrica. Pero no sólo se trata de un futuro siempre incierto. El asunto también puede verse y asumirse de otro modo: la humanidad corre una aventura de pasiones y de libertad. No le tengamos miedo. Lo dicho: es una aventura. (Tan sólo, y es bastante).

Beijing hoy

miércoles, 8 de noviembre de 2017

¿Un mundo limpio y hermoso?


¿Algún día será China modelo de limpieza y hermosura?


Xi Jinping, presidente de la República de China y máximo dirigente del Partido Comunista de China, ha llamado a todos los países del planeta a esforzarse por lograr un mundo “limpio y hermoso”.

Primera vez en la historia de la humanidad que se plantea. desde el poder, una tarea con estas características tan precisas, tan civilizadas y tan, a la vez, tan globales. No solo será China “abierta e inclusiva, hermosa y limpia”. Todo el mundo, ha insistido Xi Jinping, debe alcanzar un grado de desarrollo pacífico que implique armonía con la naturaleza y máxima atención al problema del cambio climático. Un mundo “limpio y hermoso”.

Estas dos palabras no son frecuentes en el discurso del poder. Y en boca de Xi resuenan con todo el peso del cambio tan gigantesco, en términos de bienestar y progreso, como ha ocurrido en China, para cientos de millones de hombres, desde el momento, hay que reconocerlo, en que se les dio permiso a todo el mundo para que se hiciera rico, a como diera lugar y en el menor tiempo posible.

Y si así lo deciden, no hay dudas de que China va a ser limpia y hermosa, modelo para el mundo. Por lo menos ésta es la firme intención de la nueva dirigencia política. No se trata de asuntos menores. Las evidentes aspiraciones de China de liderar un nuevo imperio mundial, con nuevos métodos basados sobre todo en el comercio y la economía competitiva (sin descuidar las armas, la ciencia y la tecnología), se arropan ahora, con la doctrina Xi, con las directrices de una política concreta.

Y no va a ser posible, para China, alcanzar el dominio mundial, simbolizado en lo del siglo XXI chino que viene a seguir al siglo XX norteamericano, sin iniciativas como la ”nueva ruta de la seda” y una pareja ideología del asombro y de la cantidad. Pero ahora el PC chino y Xi Jinping le agregan una clave sensacional, si tomamos en serio sus declaraciones: un mundo en el cual predominen la limpieza y la hermosura. Este cultivo, en especial, de la hermosura, como deber moral, como exigencia civilizatoria. como exigencia de salud pública, pasa a ser una dimensión política absolutamente novedosa. Casi una propuesta pintada por Botticelli, casi una idea de lo mejor de los clásicos del Renacimiento que renace en una tierra inmortal y profunda como la China.

Cuesta creerlo, pues la historia del mundo, antigua y reciente nos enseña cosas bien distintas y más bien terroríficas. En ella ha prevalecido hasta ahora la imbecilidad criminal. Confirmaba Alberto Einstein “dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo, (y no estoy seguro de lo segundo)”. Se intenta y se fracasa, se promete y se traiciona. De buenas intenciones está bien pavimentado el infierno. Todo parece estar en contra y oponerse con la fuerza de una realidad perversa, a que pueda realizarse lo que Xi propone, con su mirada de ejecutivo sagaz y su sonrisa a lo “mona lisa”. Las mismas luchas internas en la cúpula china, y mucho más la agresiva competencia militarista internacional parecen negar caminos de rosas para esta humanidad de cretinos en que el mercado, los medios y los políticos intentan convertirnos.


Pues bien, asumamos que, en cambio, esta idea china de convertir al mundo en un jardín de alegrías, va en serio. Que un país, un gobierno, un partido, se propongan tamaña tarea es algo que parece insólito, espectacular, admirable. Pero, ¿quién quita que no tengan éxito? Tomemos notas. Hay que estar vigilantes. Ciertamente muy precavidos pero no implacablemente pesimistas. Es un hecho que el pesimismo también cansa y al mundo le corresponde el derecho al reposo de los justos (o a quienes pretenden serlo).

¿Seguirán sucias y feas nuestras ciudades?

lunes, 30 de octubre de 2017



El pasado viernes 27 de octubre
 falleció Luis Ramírez, arquitecto y
 profesor de la Universidad de Los Andes.

martes, 24 de octubre de 2017

lunes, 16 de octubre de 2017

Para la Razón, un Palacio

Padua, el Palazzo della Ragione y la Plaza de La Hierba

Según un criterio que se repite con frecuencia, reafirmándolo o negándolo, según las modas y los recorridos de la vida social, “hay que aprender de la historia”. Supongamos que ello sea cierto en general, que de la historia se puede y hay que aprender algo con sentido. En el caso de la arquitectura, y ya refiriéndonos a un tema que se ha tratado aquí con alguna frecuencia, “construir en lo construido”, hay ejemplos que demuestran, y ello es ya una lección histórica, que se puede intervenir en lo construido con magníficos resultados. Tal vez uno de los más célebre y celebrado es el del llamado “Palazzo della Ragione”, Palacio de la Razón, comenzado a construir en el 1200 en la ciudad de Padua. En la primera imagen, es un gran edificio de tres plantas y sótanos, destinado también a comercio pero sobre todo a las labores de los tribunales de la floreciente Comuna de Padua, que se ubica entre dos grandes plazas, la de “Las Hierbas” y la de “Las Flores”

Nada de extraordinario. Un edificio sólido, sobrio y funcional. Estamos, hemos dicho, en el 1200. Pero un siglo más tarde, a los dirigentes de la Comuna les parece que hay que mejorar su funcionalidad y llaman a un arquitecto, Fray Giovanni de los Ermitaños, para que intervenga. El buen fraile, buen ingeniero, dotado de una práctica y un conocimiento muy seguros, cosa relativamente común en los religiosos de las órdenes medievales, superpone una maravillosa bóveda de madera, (autoportante gracias a que los tirantes en la base permiten convertir los empujes horizontales en cargas verticales) y dos tiras de arcadas en cada fachada sobre las plazas. 

La bóveda del salón

Fray Giovanni logra así un “salón” espectacular cuyas medidas (81x27x27m) le otorgan primacía entre las grandes salas públicas del mundo de entonces. Y al agregar los pórticos le añade un notable sentido de relación común a las dos plazas laterales, conformando espacios públicos de envidiable intensidad de usos con sus dos mercados, y de extraordinario rigor y coherencia formal, fácilmente identificables en la repetición rítmica de los arcos. Pero en el 1420 un incendio destruye la bóveda y con ella también los frescos de Giotto que ilustrando la mitología astrológica, recubrían en dos tiras horizontales las paredes internas del gran Salón. 

En seguida la gran bóveda se reconstruye y además se agrega otra banda de pórticos del lado de la plaza de “Las Hierbas”, aumentando las posibilidades y la importancia de uso y disfrute común y público del edificio. 


Palazzo della Ragione 





En 1756 un fuerte temporal daña nuevamente el techo y la bóveda debe ser reparada y reforzada con más tirantes. 

A partir de 1797 el “Palazzo” deja de ser usado como sede de los tribunales, y pasa a ser uno de los monumentos más visibles, más hermosos y más reconocidos de la ciudad de Padua. Analizándolo desde nuestra óptica contemporánea, (y es aquí donde se centra lo de “la historia que enseña”) se constata que en cada etapa, casi cada reforma en cada siglo, el sólido pero escueto edificio original del siglo XIII va transformándose, va adquiriendo personalidad, dimensión estética y profundizando su presencia urbana. Es notable como la extraordinaria bóveda de sabia inteligencia constructiva, incide en el espacio interno y en el volumen exterior, como la delicada finura con que los pórticos laterales se adhieren al bloque central; como la escala y el ritmo de arcos de los pórticos (3/1/2/ y la repetición de los dos huecos redondos) abriéndose sobres las plazas, procuran un mayor sentido urbano. Todo lo que se ha agregado y modificado durante siglos ha añadido valores a la obra original hasta llevarla a un nivel de armonía y de permanencia universal que hace que la sintamos casi contemporánea. Formidable lección de la historia. Hemos visto como una obra relativamente anodina, como tantas otras del mismo período, se convierte con los agregados y cambios, en una de las obras más hermosa en lo estético, más útil en lo urbano, y más significativa de la arquitectura antigua europea. Tomando nada más el ejemplo de esta obra podemos dar por sentadas las magníficas posibilidades de invención imaginativa y de creación, que permiten las intervenciones en lo construido, hasta el punto de que podría afirmarse que en ciertos casos no hay que construir ab novo sino que sólo hay que aprovechar lo que ya existe. Con ello basta y sobra. Se desprende una teoría: es casi siempre mejor intervenir y remodelar que demoler lo existente y recomenzar desde cero. Desde un punto de vista ecológico/conservacionista planetario puede afirmarse que hoy es más sano e inteligente reconstruir que construir. 

Un inmenso patrimonio construido, que llena nuestras ciudades, anónimo o de autor, incluyendo el llamado moderno, está disponible para ser incorporado a una gran operación de intervenciones contemporáneas, o de las que sean necesarias en el futuro. 

No ocurre así tan sólo en la arquitectura. Puede asegurarse que también en el campo de la música puede ocurrir lo mismo. Para citar un caso, el trabajo de Sergei Rachmaninoff sobre un tema de Paganini, es una prueba de lo que venimos afirmando. De una pieza musical divertida pero un tanto superficial, se llega, con la manipulación del gran maestro ruso, a una tal explosión de alegría juvenil, de esperanza y de ternura que se ha hecho memorable. Se confirma así que lo construido, por lo menos el arquitectónico, es un inmenso material al cual hay que entrarle con respeto pero también con audacia y atrevimiento. El desarrollo de la civilización humana así lo permite y hasta lo exige. 

Desde el "Palazzo" original hasta la última intervención

En este estupendo caso, el del "Palazzo della Ragione", la historia ciertamente enseña que trabajar con audacia y sin complejos sobre lo existente puede arrojar resultados cada vez más ricos de valores arquitectónicos y culturales, con relaciones sociales más creativas y, en definitiva, con más belleza. 

El asunto, claro está, es saber hacerlo.


El "Palazzo" hoy


viernes, 29 de septiembre de 2017

Rosas del desierto, espinas para la Academia





Hay obras de arquitectura que por sus cualidades incitan a replantear todo el sentido y el significado, para la civilización humana, de construir el espacio. Eso ocurre raramente, pero cuando ocurre muchas preguntas que tocan la esencia fundamental del acto de construir estimulan reflexiones realmente críticas. 

Una de estas obras que sintetiza el contexto cultural contemporáneo, al cual se debe y al cual aporta, e incita a re-examinar las razones por las cuales hacemos arquitectura y las modalidades con las cuales les damos vida, es precisamente el museo de Qatar, diseño del super-star Jean Nouvel. 

Pero antes, una información necesaria. En los desiertos del mundo se dan ocasionalmente, y de manera natural, unas formaciones calcáreas con una conformación cristalina muy atractiva, que les ha procurado el nombre de “rosas del desierto”. Se trata, como se podrá observar en la foto, de estructuras laminares entrecruzadas, multiplicadas como al azar, que se configuran como pequeños objetos minerales misteriosos, pero a la vez extrañamente relacionados con imágenes de la vida orgánica, dotadas de un indiscutible atractivo formal. 

Pues bien, para ir directamente al asunto, a Jean Nouvel se le ha ocurrido transponer, traducir, ampliar a escala arquitectónica monumental, la pequeña “rosa del desierto”. La traducción o metáfora, es bastante fiel y mantiene el mismo atractivo gracias también a un notable despliegue de ingenio y de tecnología constructiva. 

Lo que se plantea es, en primer lugar, si es lícito, en términos de coherencia y de honestidad profesional, imitar una formación de la naturaleza llevándola a la escala de las construcciones de la humanidad. Podría ocurrir con otras cosas. ¿Por qué no una alcachofa, una pera, una mano de cambures, o mejor aún, cristales de nieve, dunas de arena, formaciones de corales?.. etcétera. 

El punto es grave. Es verdad que no es la primera vez que eso ocurre. Hay ejemplos semejantes que se podrían extraer de la historia paralela de la arquitectura pintoresca, pero en este caso se trata del muy admirado Jean Nouvel, autor de obras de singular resonancia mundial. 

Así que es pertinente volver a plantearse la pregunta. ¿Por cuál razón y dónde está escrito, que no se puede o no se deben hacer obras de arquitectura como el museo de Qatar? Desierto = rosa del desierto = museo… Es verdad que eso equivale al famoso pato-venta-de- hot-dog que citaban Denise Scott-Brown y Robert Venturi en su libro “Aprendiendo de Las Vegas”. ¿Pero ¿quién o qué lo prohíbe? 

¿Es lícito y razonable que se imite, a la escala de nuestras dimensiones, de nuestras explícitas condiciones constructivas de gravedad, pesos, costos, hábitos de trabajo y funcionalidad específica, que se imite, decíamos, formas naturales que se originan dentro de una red de causas extremadamente complejas y completamente ajenas e indiferentes a los planos de nuestra realidad humana? 

En las páginas de la Web internacional crecen los comentarios. (Dezeen 24 marzo 2010). La mayoría con extáticos wau! great! perfect! Pero también hay quien afirma que el (mal) ejemplo imitativo que nos da la obra de Nouvel es el de reducir al mínimo la calidad inventiva del diseño arquitectónico y que eso es una vergüenza. 

Tiene razón. ¿Qué dirían Palladio y Michelangelo, Mies y Le Corbusier, Alvar Aalto y Glenn Murcutt? 

Convengamos que si se acepta esta obra dentro de la “normalidad”, se vendría al suelo todo un edificio de hábitos didácticos, razones funcionales, relaciones intelectuales y de práctica constructiva. La Academia formal no resistiría este terremoto. Este museo ¿es un pecado mortal anti-arquitectura o es una de las muestra de que algo muy profundo está afectando y demoliendo nuestra “normalidad” y de que ya es hora de que nos demos cuenta de ello? 

Lo que es seguro es que Jean Nouvel, con esta obra, profundiza y exaspera todas las hipótesis del posmodernismo y, para bien o para mal, nos pone a reflexionar, desde la arquitectura, sobre cómo estamos y vivimos en el mundo.

Jean Nouvel, Museo Nacional de Qatar 

martes, 15 de agosto de 2017

Debería ser evidente (pero no lo es)

Debería ser evidente para todos, pero en especial para los arquitectos, que toda labor de construcción del espacio arquitectónico o urbano, está en directa relación con su contexto, con su entorno, bien sea éste material, físico, histórico o cultural.

Para que sea directa y sencilla esta observación de principios, recordemos el lugar común de que en las estepas de Siberia no se construye como en las costas del Mediterráneo, o que los florentinos del siglo XII construían de manera muy diferente a sus contemporáneos árabes. De igual manera, y para dejar el asunto bien claro, Glenn Murcutt, el extraordinario arquitecto australiano, hoy elabora una arquitectura absolutamente diferente a como lo hacía la arquitecta Zaha Hadid. No se trata, o por lo menos no es de eso que se trata aquí, de diferencias de talento, de personalidad, de condiciones de formación intelectual o académica. Que las hay, desde luego. Sino de condicionantes de contexto, lugar y tiempo. En lo básico, no es lo mismo el clima de Noruega que el clima de Hawai. A cada punto que quisiéramos marcar en un mapamundi, le corresponde, como se dice ahora, una narrativa. 

Y como el entorno en el cual se vive es determinante para los parámetros con los cuales construimos el espacio, vale afirmar que es en el territorio de la historia, de las tradiciones y las costumbres visuales y culturales, que se ha movido la arquitectura europea, la arquitectura que seguimos considerando, con razones, occidental.

El territorio de esa arquitectura ha sido y sigue siendo la HISTORIA. En contra o a favor, surgiendo de ella o peleando contra ella. Pero no puede desprenderse de ella. 

Con idéntico énfasis hay que afirmar que para nosotros, en este pedazo de tierra que desde las selvas del Orinoco llega hasta el mar Caribe, nuestra madre es la NATURALEZA y no la Historia. Los puntos de referencia, el contexto que nos determina, son todas las condiciones físicas y culturales que se reúnen y se expresan en la Naturaleza. 

Debería ser evidente para todos y en especial para los arquitectos, que es del rico carácter y especificidad de la Naturaleza del trópico caribeño que se desprende el carácter y especificidad de nuestra arquitectura y de nuestra ciudad. Es de la Naturaleza y no de la Historia que se pueden y deben nutrir nuestras decisiones y acciones de diseño. 

Debería ser evidente para todos. Pero no lo es. Tan es así que nuestras ciudades y la mayor parte de los edificios y espacios públicos de que éstas se componen, corresponden en cambio, trámite el trabajo de la imitación europeizante, a formas y convenciones formales, a hábitos espaciales y a visiones urbanas típicamente “occidentales”. Impregnados como estamos de cultura occidental, de consumismo occidental, de maneras de pensar occidentales, convencidos como estamos, desde el siglo XIX por lo menos, de que el “progreso” de occidente es lo mejor que ha habido en el mundo, es explicable que sigamos aceptando y aplicando pautas culturales que nada tienen que ver, en lo funcional, con la realidad bio-climática que nos rodea y con las fórmulas y tipologías culturales populares mediante las cuales, en el tiempo, se ha tratado de establecer un diálogo con nuestra naturaleza (y con la naturaleza de los hombres que aquí han habitado o habitan). 

Es por ello que lo que debería ser evidente, no lo es. Infelizmente.

Glenn Murcutt, vivienda para los indígenas australianos, a pruebas de ciclón.




Renzo Piano, museo para el arte internacional, a pruebas de público.
















jueves, 20 de julio de 2017

Construir en lo construido


Un ejemplo español de nueva intervención en lo ya construido, para otro uso realizado por Paredes Pedrosa Arquitectos



Desde el momento en que los arquitectos comenzaron a precisar una teoría que enmarcara al diseño cuando este se dispone a construir en lo construido, se ha desplegado una enorme cantidad de material de estudio y de análisis. Desde Viollet-le Duc, libros, manuales, cursos académicos, congresos, confirmaron la complejidad conceptual del acto de intervenir una obra ya existente. Puede decirse que existe una disciplina, rica de ejemplos y de teorías profesionales, a veces sanamente conflictivas, que intenta dar cuenta de las dificultades a que se enfrenta quien emprende el trabajo de transformar, actualizar, poner al día, una obra que ya existe, cualquiera que sea su edad, con su historia peculiar, sus valores, su impacto materialmente físico y por supuesto, estético. 

Pero no es a ello que vamos a referimos, esto es, a la interesante y en un cierto sentido sorprendente transformación, de una acción normal -la que la humanidad, durante siglos, ha practicado con relación al patrimonio existente, (sin tener que precisar normas ni respetar memorias)- en una disciplina de grandes alcances y de principios normativos bastante sólidos. 

A lo que quisiéramos referirnos es al efecto tan especial que les produce a los arquitectos el intervenir en lo construido. Construir en lo construido produce una grata, gratísima satisfacción, un placer especial, un goce tan particular, que merece más atención de la que ha tenido hasta ahora. 

No se conocen referencias formales en este sentido, pero no hay dudas de que el acto de intervenir con lo nuevo en lo viejo, de transformarlo, rescatarlo para la vida, actualizar sus valores, descubrirlos y así convertir un artefacto marcado por un uso "histórico", en otro, ya vuelto a colocar en el flujo irreversible de la vida social, produce una atracción muy singular, un placer estético, una satisfacción casi moral. 

¿Por qué ocurre esta relación afectiva y sensible en la acción de recuperar y a la vez de cambiar el pasado? Construir en lo construido abarca ciertamente problemas que implican el respeto (¿hasta dónde y en qué dimensión?) hacia el trabajo realizado por otros, hacia su obra, su vida y la de quienes usaron o disfrutaron de él. Pero también, y sobre todo, es el disfrute del trabajo de limpieza, de selección, de descubrimiento de cómo se reanima lo viejo o lo antiguo y se le coloca en una nueva perspectiva contemporánea. Quienes han tenido la oportunidad de actualizar para nuevos usos, los restos de una fábrica, de una iglesia, de una casa, a veces de una ruina, saben el placer que produce el rejuvenecimiento, la sorpresa de la novedad en diálogo con lo antiguo. Tan es así, que muchos arquitectos, dispuestos a la tarea de diseñar su casa, prefieren intervenir una ya existente. Es un placer, un disfrute, asociado más que con dimensiones intelectuales o estéticas, a reacciones sentimentales y emotivas. Un asunto a explorar con la ayuda más de psicólogos que de especialistas del “restauro”. Cómo y por qué. 

Por lo pronto, recortemos en el espacio de la actividad profesional, este efecto comúnmente experimentado que le otorga un atractivo tan particular. Anotémoslo para abundar en el disfrute que aporta el diseño y dejemos abierta la pregunta. Sobre ella volveremos. 

Venezuela está sumida en graves conflictos. Una tremenda tempestad política, económica y cultural, sacude su entramado social. En tales condiciones negativas, de relámpagos mortales y de angustias destructivas, puede parecer peregrino, o por lo menos impropio, que insistamos en hablar de arquitectura, el acto creativo por excelencia. Pero hay un compromiso con la vida que es obligatorio y que conviene cultivar a pesar de todas las circunstancias. En la ciudad sitiada, en ese Madrid asaltado por la infamia franquista, entre tiros y explosiones, se montaban obras de teatro. En la trágica noche de la invasión nazi, en la ciudad de Leningrado, se tocaban las sinfonías de Shostakovich. Salvando las distancias, para nosotros es un deber moral seguir desarrollando el tema cultural de la arquitectura. Tal vez no sea mucha contribución, pero esta es insoslayable. 

Construir en lo construido.

      Vista interior del ejemplo español 
   consultar en www. dezeen.com