miércoles, 22 de marzo de 2017

Francis y Suiza



 (1) Buchner Bründler, Garden Tower, Suiza


Los arquitectos Buchner Bründler (1) diseñan un edificio en los Alpes suizos, que parece destinado a cubrirse de vegetación. Todos los pisos se recortan con corredores externos completamente libres. Las enredaderas y los arbustos los envuelven y la protección está dada por una malla metálica que cubre, estirándose, toda la fachada. 

El celebrado arquitecto Francis Kere, en África, Burkina Faso (2) construye obras de una inteligencia admirable, escuelas, dispensarios, etc. Con un mínimo de materiales y con un máximo de atención al clima. 

En las dos fotos vemos los resultados. Hermosos resultados, pero también dos lecciones: en Suiza son capaces de hacer lo que deberíamos haber aprendido a hacer, desde hace tiempo, aquí con la tremenda facilidad que nos da el trópico. En África, de diferente manera, ocurre lo mismo: del contexto surge la arquitectura. 

Y qué es lo que nos lo impide a nosotros? Respuesta: el etnocentrismo. Vemos con los ojos de una cultura de la cual derivamos y que admiramos. Pero que nos impide liberarnos. 

Así de simple. Patios, corredores y persianas, decían, dijeron, Villanueva, Fruto Vivas, Jimmy Alckok, Carlos Gómez, Legorburu, Rigamonti. Espacio, luz y vegetación tropical. 

Pero, ¿y los demás?

 (2) Dièbèdo Francis Kèrè, Clínica Quirúrgica y Centro de Salud, Burkina Faso



miércoles, 1 de marzo de 2017

lunes, 30 de enero de 2017

El absurdo más alto






Nunca, como hoy, en el planeta ha habido tantos rascacielos, torres, edificios altos, altos, altos, cada vez más altos. Apabullante desmentido a aquella suposición, luego del atentado a los torres del WTC, de que de ahí en adelante, se acabaría la tendencia a competir en altura. Hasta hubo quien pensó que con ese golpe tan dramático, se acabaría para siempre toda la tipología del rascacielos. 

Nada de eso ocurrió. Todo lo contrario. Hoy, en las metrópolis antiguas o modernas, pero también en los desiertos, los rascacielos compiten en alcanzar alturas increíbles. Cuando Frank Lloyd Wright imaginaba una construcción alta una milla, eso se veía como un simple juego de inflación egotista. Hoy ya se cuentan por docenas, las construidas y las que se van a construir, que pretenden figurar en esta loca carrera al campeonato olímpico de quien construye más alto.[1]

Lo singular es que no se reflexiona, paralelamente, en el por qué. En las razones para hacerlo. Parece como si se diera por sentado lo “lógico”, lo “natural”, de semejante audacia constructiva. Pero, detrás del asombro, detrás del record de altura alcanzado, queda oculta la pregunta: ¿por qué? 

Y es que las razones más socorridas -el costo de la tierra, los mecanismos financieros, la búsqueda desaforada por la utilidad capitalista, la escasez de terrenos disponibles, los avances de la nueva tecnología disponible -todas estas razones, sólidas y certeras, sin embargo no logran cubrir la totalidad de los alcances de la pregunta. 

Queda, sin responder, sin dar explicaciones claras, una buena porción de todos esos metros cuadrados de construcciones verticales. En los próximos siglos, suponiendo que los haya, los historiadores de la arquitectura que sigan los esquemas del ilustre Bannister Fletcher, gran defensor de la historia por tipologías, tendrán que explicar de si esta tipología del rascacielos, esta manía de construir, puntualmente, artefactos cada vez más altos, no está (no estuvo, para ellos) ligada a una manera de actuar en la cual pesan enormemente factores de naturaleza psíquica (o psiquiátrica).

Construir torres de 500, 600 o 1000 metros de altura, no tiene ningún sentido. Es una aberración. Aunque resuelve la codicia de los negociantes del espacio, agentes inmobiliarios, banqueros e inversionistas, no resuelve ningún problema real para la civilización. Es un barroquismo de los sentidos, una monstruosa inflación del ego, una dosis enorme de inteligencia, talento y dinero invertida en un objeto que es una carga negativa para las ciudades y para el planeta. A menos que pensemos que, inevitablemente, la ciudad del futuro inmediato tendrá que pasar por una etapa de desarrollo semejante a la que se dibuja en la ciencia-ficción más tenebrosa. O sea, Blade Runner… 

Y aunque, a Blade Runner, en algunos momentos, pueda parecerlo, no nos referimos, desde luego, a esas imágenes tremendas de los desarrollos urbanos chinos que dan vuelta por el mundo en Internet. Esos hormigueros son otra cosa, se enfrentan a otros problemas, el más concreto de todos, la inmensa concentración humana, la inevitable superdensidad urbana consecuencia del peso demográfico de millones de seres humanos que se reproducen en un territorio limitado. No se trata de torres compactas de 25-35 pisos. Se trata de rascacielos individuales e individualistas que compiten en la carrera en altura, cuál es el más alto entre los altos. Un tremendo absurdo irracional más. ¿Cuánto cuesta un rascacielos, construirlo y mantenerlo? ¡Al diablo la ecología! 

Desde la ingenuidad de nuestro humanismo subdesarrollado, cabe preguntarse si no sería más racional y generoso, más fraternal y progresista para la especie humana, invertir cantidades parecidas en inventar soluciones urbanas realmente a la altura del desarrollo científico del siglo XXI. 

Por supuesto que lo sería, y tan útil como la lucha contra las enfermedades. Pero ahí está el absurdo. Seguramente debe haber estímulos, resortes materiales poderosísimos para que ocurra esta inflación de rascacielos, pero, aún así, desde los intereses de la civilización, sigue siendo un absurdo irracional, equivalente, vean por donde, si lo analizamos, a la victoria electoral de un señor llamado Trump. Descubriríamos en ambos fenómenos causas enraizadas en una espesa y oscura manifestación cultural de la vida social contemporánea. Eventos que definitivamente responden a las distorsiones del alma humana, en esta época violentamente contradictoria.

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[1] Información abundante y precisa en el sitio web Plataforma Arquitectura, 29 enero 2017.

lunes, 16 de enero de 2017

Y razones para el pesimismo


En este museo, MUSARQ, última estación del ferrocarril de los sueños, con muchas dificultades, (hay que reconocerlo: sin presupuesto y casi sin personal para cumplir con lo esencial, exhibir, conservar, documentar, debatir, difundir) tratamos de ceñirnos a la consigna de Gramsci, voluntad del optimismo y pesimismo de la inteligencia.

Así que, como decíamos, si acaso hay razones para ser optimistas, éstas se resumen en una suerte de apuesta, de anhelo, de esperanza de estar en lo cierto. Porque, de otro modo, es harto difícil seguir.

El optimismo es, al fin y al cabo, un acto de fe, una ilusión-intuición más, como otras tantas, útiles para la terapia del alma. Casi una religión. 

Pero hay otra vertiente, otra cara del asunto. Otra manera de ubicarnos frente al angustioso dilema de entender quiénes somos y hacia dónde vamos. No nos vamos a repetir insistiendo en el contexto histórico: el mundo es un pobre, lamentable desastre, un caos de intereses en el cual lo primero que se pierde es el sentido de la vida. Eso está claro. Vamos directamente a lo que nos sostiene, aquí, en este punto del planeta, en el ejercicio de los días, de todos los días. Hay una frase, atribuida a Antonio Gramsci, que puede guiarnos en esta alternancia de análisis de optimismo y pesimismo: “optimismo de la voluntad, pesimismo de la inteligencia”. Y la inteligencia, esta necesidad compartida de asegurar conocimiento, antes de convertirse en sentimiento o en actitud frente a la acción, -esto es, en pesimismo- nos obliga a examinar con objetividad la realidad que nos rodea. Reconozcamos que también hay razones para sostener que el panorama es de pesimismo. Muchas razones, entre las cuales es preciso señalar las más evidentes. 

Esta nuestra, es una sociedad que carece de las luces del conocimiento, es decir que la ignorancia gobierna sus actos, en todos sus estamentos (ojo, no solo en algunos de ellos, los de arriba o los de abajo, no, en todos). La ignorancia, el no saber cómo, y desistir y desviarse, como temiendo la equivocación, o terminar desinteresándose, es una carga negativa que afecta a todos los colectivos y se traduce en la indiferencia, en el abandono, en la desidia pública. 

Es una sociedad que nunca ha dispuesto de un Estado superior, unitario, cohesivo y regulador, y que a falta de una unidad colectiva, ha hallado en la fuerza y en la astucia individuales el privilegio de los egos. Con ello se multiplican las oportunidades para el ejercicio de la viveza personal, otra más de las formas de violencia posibles, hasta su nivel máximo, el robo, el asalto, el secuestro, el asesinato. Arribismo individual, oportunismo dilatado, corrupción desde el pequeño acto de la coima al gran diseño de las carreras por los intereses mercantiles y financieros. 

Es una sociedad adicta no a la disciplina de la reflexión, del razonamiento y del pensamiento crítico, sino al juego riesgoso de la improvisación. En este contexto, la acción política -además de ser el resultado del eterno juego de intereses, pequeños y grandes -es guiada por el ejercicio de los sentimientos, por una manipulación de las emociones -a veces sincera, a veces artera, pero siempre sensiblera- con pesados ingredientes negativos de pensamiento mágico y de primitivismo. 

A todo ello se ha agregado el efecto abrasador -indiscutible- de la renta petrolera. Estas formas de relaciones sociales se fueron agravando y combinando entre sí, como en una síntesis química, con la aparición en la escena histórica del rentismo. Y ello acabó con cualquier rescoldo de previsión, de prudencia, de regularización de las normas, de autodisciplina, de racionalidad y respeto humano. La ley de la selva -bajo la máscara de la democracia- el sálvese quien pueda, se han sustituido a una serena relación entre los ciudadanos. 

En este nuestro teatro contemporáneo, del hoy venezolano, éste es el telón de fondo sobre el cual se dibujan nuestros actos: 

1. la ignorancia como ausencia de saberes, desconocimiento del mundo,

2. la visión mística, emocional, religiosa, con la cual los sentimientos guían la acción política, 

3. la irracionalidad de la improvisación. La improvisación como método de intuición y astucia. Con ella se evita el fatigoso recorrido de la reflexión y el pensamiento crítico, el respeto por la ciencia, 

4. la corrupción, como fuente de aprovechamiento, de enriquecimiento, de acumulación de dinero: la ilegalidad como normalidad omnipresente, 

5. el veneno (y el sentimiento) del rentismo, que invade todas las células privadas y públicas de la sociedad y anula el trabajo de la perseverancia y del altruismo. 

La combinación de estos factores en el comportamiento social, ha hecho de nuestra sociedad lo que es hoy. En una dialéctica entre optimismo y pesimismo, hallamos que hay razones para ambos. Se entretejen las del optimismo (sí podemos) con las del pesimismo (siempre terminaremos perdiendo). En un ir y venir, (es ya una tradición histórica), pasamos de las alturas de la utopía y de las ambiciones generosas, al desastre pedestre de las miserias de todos los días. Eso se ha vuelto historia. Una historia típicamente venezolana. ¿Es posible no darle espacio, entonces, al pesimismo? Podemos escoger, sin embargo, la recomendación de Gramsci. 

La inteligencia, escéptica por naturaleza, conduce al registro del pesimismo, a la constatación de la realidad tal como ella es. Por su parte la voluntad, persiguiendo sueños e ideales, estimula al optimismo de un mundo mejor, casi forzoso. 

Un par de instrumentos perceptivos, un par de puntos de vista, ambiguos pero, en fondo, hoy, útiles.

lunes, 9 de enero de 2017

Para el optimismo: tres razones


foto robada a Donatella y Raul Grioni


En los comienzos de año se acostumbra, por razones que deben estar bien arraigadas en el alma de las tradiciones humanas, hallar nuevas razones de optimismo. En realidad es más el deseo de imaginar un futuro con perspectivas distintas a las del pasado, son más ilusiones, bien justificadas, que hechos sobre los cuales colocar alguna certeza de mejoramiento. 

Lo cierto es que, mirémonos alrededor, en el país y en el mundo no parece que haya mucho que esperar de la humanidad. Las mismas guerras, las mismas atrocidades, las viejas contiendas de siglos renovadas y actualizadas. Las mismas penurias, las mismas miserias, estupideces y falsas glorias instantáneas. Los mismos errores garrafales que únicamente enardecen la decepción. Un mundo que ya podría haber encontrado la senda de un auténtico desarrollo humanista, labrado con la armonía de la ciencia y de la tolerancia, con los argumentos supremos de nuestra soledad en el cosmos y de la urgencia de comportarnos por fin como seres inteligentes. 

Nada de eso.

El mundo sigue igual, por el momento.

Y mejor no hablemos de nosotros, de quienes vivimos en esta Tierra de Gracia. Todas las manifestaciones de la realidad concuerdan en pruebas que parecen hundirnos en un pozo negro de desencanto y pesimismo. Pero es por ello que, a contrapelo y en discordancia con lo que parece indiscutible, quisiéramos proponer, en este comienzo de año 2017, una visión diferente, por más que parezca construida con demasiados elementos de la voluntad y de la sensibilidad. 

Es rápido decirlo: un país que puede producir tres hombres, en tres atmósferas históricas diferentes, como Reverón, Villanueva y Dudamel, debe tener en su seno un reservorio insospechado de “recursos” de esos que ahora se llaman “humanos”, que atienden a la precisa especificación del Talento, que no es otra su dimensión.

Porque de talento, puro y claro, milagroso, en grandes cantidades escondidas en tres historias personales bien diferentes, es de lo que hay que hablar cuando se habla de estos tres seres, venezolanos de esencia profunda y genuina. Talento que es capacidad de creación, de cambio y de audacia... Y así como el talento se expresó y se expresa en ellos, por simple regla matemática o estadística -la que acabamos de inventar- debe seguir estando vivo y regado en este pueblo. Porque es a él, al pueblo, que hay que referirnos. Estos hombres excepcionales, Reverón, Villanueva, Dudamel, pintura, arquitectura y música, en tres escalas distintas, son indicios de que existe una capacidad soterrada, un humus creativo generalizado, una sabiduría común, que difundida como en una dialéctica de movimientos colectivos interconectados puede conducir a un insospechado rescate colectivo de la más profunda fibra humana. Las supernovas explotan porque hay una galaxia que las nutre. Y las personalidades excepcionales no surgen de la nada: nacen gracias a un territorio cultural y anímico que los circunda y los sostiene. No se diga que esas son expresiones artísticas, que nada tienen que ver con la dura y fatigosa experiencia política y social… Lo importante es darse cuenta de la existencia de un interesante tejido de experiencias difusas en los diferentes estratos sociales. Difícil de medir, pero que existe. Y por una vez, pues, reconozcamos, contra los creyentes en los férreos mecanismos de la economía política, que la creación artística también puede encadenar cambios en los comportamientos sociales. Las manifestaciones artísticas, como en el arte prehistórico o en la corte de los Medici, revelan conexiones, misteriosas pero reales, con la acción política, con la “weltanschauung” de los eruditos, que no es sino la “cosmovisión” colectiva del hombre común. 

Resumiendo y en definitiva, un pueblo que es capaz de producir tales dosis de talento “natural”, no puede ser que se deje ahogar en un teatro político miserable, que se deje convencer por la erosión dulzona de la corrupción, que se deje ahogar en la ignorancia o apabullar y entristecer en unas colas infames. Puede ser ésta una ilusión, una esperanza. Pero también es un convencimiento. 

Tres razones, pues, para el optimismo. Que es una vía de liberación.

viernes, 6 de enero de 2017


Ha fallecido

 el eximio historiador Leonardo Benevolo,
 quien tuvo un importante papel en la formación 
 de la cultura arquitectónica moderna en elmundo y también en Venezuela.

Leonardo Benevolo en Margarita,
 en ocasión del Seminario  Internacional sobre el tema
 "Situación de la historiografía de la arquitectura latinoamericana",
octubre 1967.






Nos duele comunicar que ha fallecido
 el arquitecto Julio Riquesez.
Enero 2017

miércoles, 4 de enero de 2017

(1933-2016)

Ha fallecido
el arquitecto Daniel Fernández Shaw
quien, en autoría con Henrique Siso,
 con el conjunto del Parque Central,
cambió para siempre el perfil y el ánimo de la ciudad de Caracas