jueves, 20 de julio de 2017

Construir en lo construido


Un ejemplo español de nueva intervención en lo ya construido, para otro uso realizado por Paredes Pedrosa Arquitectos



Desde el momento en que los arquitectos comenzaron a precisar una teoría que enmarcara al diseño cuando este se dispone a construir en lo construido, se ha desplegado una enorme cantidad de material de estudio y de análisis. Desde Viollet-le Duc, libros, manuales, cursos académicos, congresos, confirmaron la complejidad conceptual del acto de intervenir una obra ya existente. Puede decirse que existe una disciplina, rica de ejemplos y de teorías profesionales, a veces sanamente conflictivas, que intenta dar cuenta de las dificultades a que se enfrenta quien emprende el trabajo de transformar, actualizar, poner al día, una obra que ya existe, cualquiera que sea su edad, con su historia peculiar, sus valores, su impacto materialmente físico y por supuesto, estético. 

Pero no es a ello que vamos a referimos, esto es, a la interesante y en un cierto sentido sorprendente transformación, de una acción normal -la que la humanidad, durante siglos, ha practicado con relación al patrimonio existente, (sin tener que precisar normas ni respetar memorias)- en una disciplina de grandes alcances y de principios normativos bastante sólidos. 

A lo que quisiéramos referirnos es al efecto tan especial que les produce a los arquitectos el intervenir en lo construido. Construir en lo construido produce una grata, gratísima satisfacción, un placer especial, un goce tan particular, que merece más atención de la que ha tenido hasta ahora. 

No se conocen referencias formales en este sentido, pero no hay dudas de que el acto de intervenir con lo nuevo en lo viejo, de transformarlo, rescatarlo para la vida, actualizar sus valores, descubrirlos y así convertir un artefacto marcado por un uso "histórico", en otro, ya vuelto a colocar en el flujo irreversible de la vida social, produce una atracción muy singular, un placer estético, una satisfacción casi moral. 

¿Por qué ocurre esta relación afectiva y sensible en la acción de recuperar y a la vez de cambiar el pasado? Construir en lo construido abarca ciertamente problemas que implican el respeto (¿hasta dónde y en qué dimensión?) hacia el trabajo realizado por otros, hacia su obra, su vida y la de quienes usaron o disfrutaron de él. Pero también, y sobre todo, es el disfrute del trabajo de limpieza, de selección, de descubrimiento de cómo se reanima lo viejo o lo antiguo y se le coloca en una nueva perspectiva contemporánea. Quienes han tenido la oportunidad de actualizar para nuevos usos, los restos de una fábrica, de una iglesia, de una casa, a veces de una ruina, saben el placer que produce el rejuvenecimiento, la sorpresa de la novedad en diálogo con lo antiguo. Tan es así, que muchos arquitectos, dispuestos a la tarea de diseñar su casa, prefieren intervenir una ya existente. Es un placer, un disfrute, asociado más que con dimensiones intelectuales o estéticas, a reacciones sentimentales y emotivas. Un asunto a explorar con la ayuda más de psicólogos que de especialistas del “restauro”. Cómo y por qué. 

Por lo pronto, recortemos en el espacio de la actividad profesional, este efecto comúnmente experimentado que le otorga un atractivo tan particular. Anotémoslo para abundar en el disfrute que aporta el diseño y dejemos abierta la pregunta. Sobre ella volveremos. 

Venezuela está sumida en graves conflictos. Una tremenda tempestad política, económica y cultural, sacude su entramado social. En tales condiciones negativas, de relámpagos mortales y de angustias destructivas, puede parecer peregrino, o por lo menos impropio, que insistamos en hablar de arquitectura, el acto creativo por excelencia. Pero hay un compromiso con la vida que es obligatorio y que conviene cultivar a pesar de todas las circunstancias. En la ciudad sitiada, en ese Madrid asaltado por la infamia franquista, entre tiros y explosiones, se montaban obras de teatro. En la trágica noche de la invasión nazi, en la ciudad de Leningrado, se tocaban las sinfonías de Shostakovich. Salvando las distancias, para nosotros es un deber moral seguir desarrollando el tema cultural de la arquitectura. Tal vez no sea mucha contribución, pero esta es insoslayable. 

Construir en lo construido.

      Vista interior del ejemplo español 
   consultar en www. dezeen.com 





lunes, 10 de julio de 2017

MAD y Kéré, Donde el camino se bifurca

MAD, Museo Lucas en Los Ángeles


Como dicen que decía Picasso, el arte se hace sobre el arte. No nace de la nada o de cero. Sino que se construye sobre el acumulado histórico. Eso pasa también con la arquitectura, y no es recomendable perder de vista el contexto internacional, que existe y tiene innumerables vínculos explícitos o no tan explícitos, entre sus corrientes, intereses, personalidades, medios comunicacionales y de información, y discernir lo que nos afecta, lo que merece ser estudiado y lo que nos daña. No nadamos en el vacío. Por el contrario, vivimos en la periferia, pero el contexto internacional nos afecta en miles de formas y maneras, groseras o sutiles. Aunque seamos dotados de una percepción autónoma, antieurocéntrica, o, por ello mismo, es preciso tener un punto de vista y una opinión sobre lo que ocurre. 

La arquitectura moderna ha evolucionado desde su invención por golpes y tanteos, desde la etapa luminosa de los llamados grandes maestros (Wright, Corbusier, Mies van der Rohe, Alvar Aalto), desde la etapa de una modernidad centrada en la personalidad única y vanguardista de unos pocos creadores, hasta la plena difusión como cliché internacional, al desafortunado posmo, al breve deconstructivismo, y, ahora, a la arquitectura neo-barroca y neo-rococó, que es lo que es, en el fondo, con su gigantesca metáfora urbana del capitalismo globalizado y decadente. Y en esta etapa actual, constatamos dos vertientes, dos maneras completamente contradictorias de incidir en el diseño del espacio. 

La comparación entre estas dos corrientes, se ha repetido varias veces en este blog. Y por supuesto, se ha tomado partido. Volvamos a hacerla, una vez más. El asunto se centra en diferenciar entre la arquitectura de la inteligencia humanista y la de la frivolidad decadente. La primera, modesta y sensible, responsable por sus relaciones sociales y estéticas, consciente de la primacía de los determinantes ecológicos locales. La segunda, al servicio de los caprichos de un mercado financiero, abstracto e irresponsable. Dispuesta a hacer lo que sea con tal de conquistar la complicidad del capital y de satisfacer los egos gigantescos de los inversionistas y de los propios arquitectos-artistas. 

Para la primera corriente, hasta ahora relegada pero creciendo cada vez más, hemos escogido una obra del arquitecto africano Diébédo Francis  Kéré. Y para la segunda, una obra del equipo de arquitectos chinos que trabaja con el irónico nombre de MAD (loco en inglés). 

En la primera, es evidente la preocupación por parte de Kéré de responder al programa de usos con una extremada atención a hacer más con menos. Sin olvidar las lecciones de la nueva estética formal que ha impartido el movimiento moderno, con una levedad y sentido de lo provisional (todo lo es en la vida, más aún en África), acude al contexto local para aprovechar formas constructivas y tipologías que surjan de los hábitos sociales, de la economía y de las condiciones climáticas locales. Esta escuela es un ejemplo excepcional de sentido común, de inteligencia ambiental y de respeto humano, que, además, se concreta en una síntesis de admirable estética. 

La otra obra, en cambio, en su búsqueda de efectos volumétricos fruto del capricho y de la arbitrariedad, es un rotundo ejemplo de distancia de las condiciones de la vida urbana diaria, es un objeto de modelado abstracto, como pura forma. Indiferente a los problemas y a los conflictos que comporta nuestra residencia en la tierra, es un monumento al ego, caracterización suprema de lo absurdo de la “civilización” actual. 

Resumiendo: por un lado hay una arquitectura, muy exitosa a juzgar por su difusión mediática, cuyo propósito es constituirse como un objeto abstracto, como celebración ambiciosa del asombro y la sorpresa momentánea. Hito populista memorable, se reviste de una extraña y lujosa monumentalidad no exenta de infantilismo. Su destino, es únicamente para ser vista. 

Por el otro, tenemos una arquitectura para ser vivida todos los días. Hija de la penuria, va a ser recordada por los estudiantes como el espacio de las sensaciones, angustias y temores, pero también de los sueños y de los momentos de sonriente felicidad que va a proporcionar en su recorrido por una pequeña historia humana. Una grata arquitectura de respeto sencillo, de calidad lógica y ecológica, de formas y texturas amables. 

Dos símbolos. Por un lado, la frivolidad presuntuosa y decadente de unos chinos con ambiciones. Por el otro, la inteligencia humanista de un arquitecto africano. 

Dadas nuestras condiciones históricas, geográficas y políticas, nuestras simpatías deberían estar claras. 

¿O no?


En las fotos:

Diébédo Francis  Kéré, Escuela secundaria en Burkina Faso





miércoles, 14 de junio de 2017

Afirmaciones “indecentes” contra la modernidad

Resumamos. Toda la cultura “occidental” es una cultura profundamente impregnada de contenidos que han sido y son vistos desde una óptica eurocéntrica. No ha sido posible otra cosa -en cierta medida es natural que eso sea así- porque el mundo ha sido construido por Occidente sobre los cimientos de su cultura, con los ingredientes de su cultura. Así procediendo ha absorbido y penetrado todos, absolutamente todos los espacios de creación, de educación, de producción, los hábitos, las simpatías o las antipatías y ha apartado, desechado o eliminado violentamente, casi todos los ingredientes de las demás culturas. Es desde la visión eurocéntrica que se han forjado todos los clichés y los tópicos de nuestra cotidianidad. Serge Latouche ha llamado esta operación, muy correctamente, la Occidentalización del Mundo (The Westernization of the World). Para ello ha sido esencial primero el reparto colonialista, y luego, hasta hoy, el papel de la educación y sobre todo el de los medios. 

Y la modernidad, en este contexto de ideas, no ha sido sino la aplicación práctica de este proceso de ocupación del mundo, a partir del indiscutible progreso tecnológico de fuerte base capitalista. La racionalidad se volvió la racionalidad del capital, al servicio de la explotación despiadada de la naturaleza. Términos como progreso y ciencia se han vuelto extremadamente violentos y negativos en sus resultados. No hay que olvidar que frente a la naturaleza, la modernidad ha preferido mantener, ratificar y repotenciar al máximo, el precepto cristiano extractivista de separación, dominio y explotación. 

El tema de la modernidad occidental, ha sido un tema preferencial de este blog. No es un tema nuevo. El debate, que se ha hecho indispensable, es parte de la revisión del significado del proyecto moderno para el mundo, en el cual ha habido una gran participación de especialistas, historiadores y analistas políticos. Involucrados, hay grandes nombres internacionales de la cultura, como los de Habermas, Giddens, Lyotard. Entre nosotros, por ejemplo, la voz del profesor José Romero Losacco. 

Junto con la critica a los efectos negativos que acompañan a un proyecto que nació emancipador, se ha insistido en la posible tarea, tal como lo plantea sobre todo Jurgen Habermas, de completar la modernidad, de rescatar los valores iniciales contenidos en la búsqueda de la emancipación moderna -la que arranca con el Iluminismo y la revolución francesa- y de proceder a completarla con los otros valores que se han vuelto fundamentales, como el respeto ecológico, la valoración de la diversidad, la corresponsabilidad y el protagonismo democrático. 

Dicho esto, es claro que para una labor de reconstrucción democrática del mundo (Otro mundo es posible) parece indispensable proceder a replantear casi desde cero nuestra visión del mundo. radical. A partir del rechazo contundente y militante de la modernidad (entiéndase bien, de ésta modernidad) y tomando en cuenta los valores inmensamente humanistas de las civilizaciones indígenas de África, Asia y América, habría que proceder a inventar unas formas de vida social que permitan la organización de la sociedad según un nuevo programa civilizatorio. Sus criterios fundamentales divergen de la visión y de la práctica social occidental eurocéntrica: no se trata de mejorar lo más progresista de lo que ya tenemos, sumergidos como estamos en la modernidad o en sus fantasmas. El punto se centra en buscar la armonía en las relaciones entre los humanos y la de éstos con la naturaleza. Y el modelo de las sociedades precapitalistas indígenas, es una referencia casi inevitable. Ese modelo es rescatado como ejemplo de que sí se puede vivir de otro modo. La realidad concreta de su existencia, sobre todo en el área andina, pero también en el área amazónica y caribe, es la prueba contundente de que núcleos y regiones de la humanidad han podido vivir con un equipo de valores inmensamente más creativos y más respetuosos de las misteriosas relaciones que unen entre si, desde las partículas subatómicas hasta la escala de la cosmología, a toda la materia viviente, la humana, animal, vegetal y hasta la materia mineral. La diferencia entre la tesis defendida por Habermas y las tesis más radicales, estriba en que aunque ellas partan de la misma base, se separan con relación a la cuestión de si es posible y conveniente rescatar de sus miserias a la modernidad. Para muchos la respuesta es tajante: el rechazo de la modernidad es total. Lo que se impone, para salvar a la humanidad del abismo, es un nueva dialéctica de la Ilustración, de un nuevo programa civilizatorio que, tumbando falsos tabernáculos, abarque e implique excavar a fondo, avance más allá del capital y de la modernidad, yendo mucho más antes del ilustre Iluminismo e inclusive del cristianismo. 

En tales afirmaciones de principio se destaca la incidencia de aspectos clave de la realidad urbana. ¿Cómo hacer para liberar el suelo de la ciudad de las cadenas de la propiedad privada? ¿Cómo hacer para que el derecho a la ciudad se convierta en el código superior y dominante para, justamente, los ciudadanos? ¿Cómo hacer para que la participación en el buen sentido ecológico, de los habitantes de la ciudad en la construcción del hábitat, sea verdaderamente protagónico? 

Preguntas que se plantean a partir de una crítica tal vez excesivamente sumaria, pero exigente y rica de estímulos. Con ella se niegan radicalmente modas, lazos y raíces que derivan de la racionalidad occidental. Se irrespetan valores “sagrados” de nuestra educación, de la visión tradicional y acartonada de nuestra historia; ponen (por fin) a temblar muchas formas académicas de considerar a la ciudad. Nos incita a repensar nuestra vida con el objetivo de alcanzar un nuevo proyecto civilizatorio. Nada menos… 

Son afirmaciones que seguramente a los bienpensantes y a los timoratos de ideas convencionales, deben parecerles culturalmente indecentes. Contienen unos acicates tremendamente irreverentes con un fuerte sabor a revolución. Pretenden disolver religiones culturales y dogmas reaccionarios muy enraizados… Es por eso mismo que hay que tomarlas muy en cuenta. Tomarlas, y discutirlas. En estos momentos, las que parecen unas disertaciones académicas, en realidad no lo son: tocan la esencia de cómo vemos el mundo y de cómo queremos vivir en él. Siguen presentes lagunas, vacíos y puntos críticos, como el de la relación entre ciudad y campo, y especialmente, cómo hacer para saltar por encima de la modernidad sin desechar los inmensos aportes de la ciencia y de la tecnología, o cómo liberarnos de los mecanismos sociales que se han construido a partir de las urgencias, nexos y compromisos impuestos por la globalización. 

En un ambiente cultural como el nuestro, hay que seguir debatiendo, para que las razones de la cultura sean capaces de orientar a las razones de la política. Se trata de un asunto vital: de romper el velo cultural que tapa nuestros ojos y de decidir desde dónde, con qué y con quién juzgar lo que pasa en el mundo y traducir las conclusiones en el inmediato contexto político.

lunes, 5 de junio de 2017

La vivienda colectiva, éxitos y fracasos


 Jean Renaudie, La Ciudad de las Estrellas,Givors, Francia 


Una arquitecta mexicana se ha tomado el trabajo (y el mérito) de analizar y describir, en dos tomos, la historia y la evolución de la arquitectura mexicana. Una obra excelente que pone en relieve y discusión temas tan polémicos como el de la dependencia eurocéntrica de la cultura latinoamericana, o el aún más candente, de la vivienda colectiva. 

Con relación a la larga experiencia mexicana con los conjuntos de viviendas colectivas, el juicio de la autora, Fernanda Canales, es esencialmente negativo. Demoledor: “Estamos construyendo para los coches y no para los seres humanos”. Y específicamente, refriéndose a la tipología urbana de los conjuntos de viviendas populares, “El modelo de desarrollo de las periferias de las casas aisladas, si los padres tardan 3 horas de camión (bus) hasta llegar a su casa para atender a los hijos, si no tienes un parque, una escuela, una farmacia cerca, claro que van a aparecer problemas de violencia y de segregación social”. En una entrevista ratifica así lo esencial de lo que ha descrito en sus libros. En la experiencia mexicana, haber construido millares y millares de viviendas, tomando en cuenta el aspecto cuantitativo pero no el de la realidad angustiosa y apremiante de las necesarias interrelaciones sociales, a la postre ha sido un fracaso. 

Este reconocimiento, doloroso, que pone en cuestión toda una política estadal de vivienda, nos señala muy de cerca los problemas que también nos atañen a nosotros, empeñado como está el gobierno nacional en la realización de la GMVV, un programa gigantesco de construcción de viviendas. 

¿Problemas parecidos? ¿Errores parecidos? Cabe, a este propósito, volver a preguntarse cuáles son los aspectos fundamentales que inciden en la definición de la buena vivienda colectiva contemporánea. Y tomaremos, por enésima vez, como esencial, a la problemática de la vivienda colectiva verdadera, la de los bloques compactos de alta densidad urbana, y no a la de los barrios, que siendo muy importante, sigue una línea de desarrollo y conservación totalmente diferente. 

Se ha preguntado, mas de una vez, cuál es la experiencia más valiosa que puede extraerse de la historia internacional de la vivienda colectiva de interés social. Examinado lo que va desde la vivienda colectiva de la Viena Roja, la soviética de los años 30, hasta, más cerca, la de Le Corbusier, (y hay que incluir, por supuesto, a Villanueva y los superbloques venezolanos) queda clarísimo un ejemplo extraordinario. No debe haber dudas en calificarlo como el más prototipico y paradigmático. La experiencia del arquitecto francés Jean Renaudie con sus viviendas “estrellas”, supera en densidad de conceptos, en sentido humanista de las relaciones sociales, de éstas con la naturaleza, y, finalmente, en eficacia de realización, a todo lo que se puede enumerar en la arquitectura y en el urbanismo del siglo XX. Fácil comprobarlo, para el que quiera, si se revisa, por ejemplo, la documentación contenida en ese magnífico libro “10 Stories of Colective Housing” del equipo español A/T Research Group. 

El reconocimiento de su obra, ha tardado o ha sido desviado, por razones esencialmente políticas y por la peculiar conformación del sistema de información profesional. Pero no hay dudas, para un juicio sereno, que la obra realizada en Francia, en los años 70, por Renaudie, junto con las arquitectas René Gailhoustet y Nina Schuch, constituye lo más interesante que se ha podido realizar hasta ahora, en el campo de la vivienda colectiva, tomando en cuenta la complejidad de las interrelaciones, dentro de un sistema estético original, de la vida urbana compacta, animada por la mezcla de usos, con la naturaleza viva y los sistemas constructivos racionales. Bruno Zevi, no es por nada que calificó a Renaudie como “uno de los arquitectos más inventivos que ha perdido Europa”. 

Dicho esto, debería ser tarea urgente del MUSARQ , exponer al análisis y al conocimiento público, lo que fue la obra ejemplar, iluminada y emancipadora, de Renaudie y su equipo. En el programa de trabajo del museo, junto con otros asuntos de gran pertinencia, está inscrita desde hace tiempo la intención de realizar una buena exposición sobre este tema. Y, gracias a ella, habría mucho que aprender. Nos estimula la posibilidad, de cara a actualidad de la GMVV, de comparar cuestiones esenciales para un buen desarrollo social, urbano y arquitectónico, de la vivienda colectiva. 

Lamentablemente, y aquí entramos en una cuestión extremadamente delicada, la realidad económica y administrativa del museo constituye un gran obstáculo. Desde hace más de dos años el museo no dispone ni siquiera de un bolívar para sus necesarias tareas de exposición, difusión y conservación del material cultural referido a la ciudad y a la arquitectura. Los museos, en la actual circunstancia de crisis económica y social, no son prioritarios -difícilmente pueden serlo- en la asignación del presupuesto nacional. 

El MUSARQ puede hablar. Pero nada más que eso. Duele decirlo, porque aquí está un dispositivo excepcionalmente útil y disponible para el desarrollo y crecimiento de la cultura de la arquitectura y de la ciudad. Pero, totalmente paralizado. 

Lo único que prometemos es que seguiremos luchando, recurriendo a todos los recursos, internos y externos, para cumplir con nuestras tareas. Incluyendo, por supuesto, el asunto de la vivienda colectiva y Jean Renaudie.

Jean Renaudie, Ivry, Francia

martes, 9 de mayo de 2017

Construir ¿Y para quién?


La urbanización "2 de diciembre", hoy "23 de enero", ejemplo clásico de lo que fue el resultado de un proyecto de país.



La historia republicana de nuestro país parece sintetizarse en el permanente conflicto entre los grupos tradicionales de poder oligárquico, concentrados en apoderarse de los recursos del país, en ejercicio absoluto de su egoísmo individual y de clase[1], y segmentos y categorías de los sectores medios que han pretendido darle una mejor racionalidad al proceso productivo. Una batalla permanente entre quienes, gracias al poder político que manejan y ejercen, han exprimido para su beneficio la riqueza petrolera, y quienes, sin poner en duda la legitimidad del sistema, han tratado de darle un mínimo de lógica y racionalidad distributiva a la economía venezolana. Para sintetizar, las diferencias entre quien, como Malaussena, que le decía a Carlos Raúl Villanueva, “No te preocupe tanto, chico, que este no es sino un país de negros”, y quien, como Pérez Alfonso, que hablaba del petróleo “excremento del diablo”. En dos frases, es abismal todo el denso contenido ideológico que las contrapone. 

Dentro de este paisaje tiene y ha tenido un papel muy singular y determinante el estamento o estructura militar. Sin olvidar a los próceres militares independentistas, ni a un personaje tan peculiar como Juan Vicente Gómez, el grupo de militares, por ejemplo, que rodearon y acompañaron a Pérez-Jiménez, (que de la cadena Gómez-Medina-Delgado Chalbaud-Pérez-Jiménez-Chávez, es el que más se destaca por su claridad de composición hasta constituir un modelo clásico) con su “nuevo ideal nacional”, representan un capítulo de enorme importancia, de cuyos ideales e iniciativas prácticas, que llevó como emblema un proyecto de país, puede deducirse toda una secuencia de programas de trabajo político. 

En ellos el aspecto determinante es “construir”, el Verbo primordial de la acción típicamente humana. Construir es proyectar y realizar. Es fraguar físicamente políticas y programas. Es demostrar con hechos incontrovertibles. Es sellar recuerdos y formas de vida social. Muy bien lo sabia Rómulo Betancourt cuando se oponía a la “política del concreto armado” de Pérez Jiménez. Así, pues, construir el país es para que lo que produce y su población puedan circular, distribuirse, repartirse, reproducirse, con un mínimo de racionalidad. No hay que olvidar que el capitalismo, aún el más periférico, no se ahoga en su egoísmo hasta el punto de llegar a la estupidez de suicidarse en el agobio de la irracionalidad. Para que el mecanismo económico funcione es imprescindible que el volumen de pobres no sea excesivo (los pobres no compran). Es necesario que las autopistas permitan el movimiento de las personas y de las mercancías. Es indispensable que haya agua potable y luz, que las ciudades permitan las transacciones e inversiones inmobiliarias, y, sobre todo, que faciliten los espacios convenientes para comodidad de los ricos. Es así que aparecerán los Country Club, los aeropuertos, los hoteles de lujo y los cafés de Sabana Grande. Y también, por supuesto, las represas hidroeléctricas y la industria siderúrgica. Para Pérez-Jiménez construir es “sanear” y organizar todo el país. Se construye, más y mejor, para que el país funcione. 

Para ello había que establecer dos condiciones: una, un gobierno fuerte que sabe lo que hay que hacer (el proyecto de país) y que desde arriba, desde su situación de poder, define la ruta a seguir. Dos, un pueblo masificado al cual se le trata como lo que suponen que es, un conjunto indisciplinados de seres irresponsables e inmaduros al cual hay que conducir hacia el bien. Nada son tan definitivas y tajantes, en su retórica de dueños del poder y de la verdad, como las proclamas del régimen pérez-jimenista. El mecanismo político necesario era por lo tanto la dictadura. Una dictadura que hace de todo para lucir generosa e iluminada, pero que también es perversa e implacable cuando le hace falta. Los presos y las torturas de Guasina y el esplendor de la Ciudad Universitaria son los polos opuestos que caracterizan la situación. Por supuesto, las críticas y las dudas son innecesarias, son obstáculos y por lo tanto se eliminan. 

Pero dentro de esta dolorosa y complicada escenografía político-cultural, que tiene una lógica propia, resalta y se destaca el trazado ideológico fundamental, el del acercamiento a la modernidad. Irónicamente, la hipócrita metáfora del “nation building”, se trueca, para nosotros, en la acción física del construir infraestructura. En la construcción y reconstrucción del país, en sus ciudades, urbanizaciones, puertos, fabricas, autopistas, se concreta y simboliza el acto superior de hacer patria, de hacer nación. Y, esto es esencial, son sobre todo militares, con su proyecto de país, quienes deciden que hay que ponerle coto al descuadre “civil” improductivo y contraproducente, de la pobreza dominante y del caos administrativo, que contrastan con un territorio dotado de un potencial de enormes riquezas. 

De todo ello, que es una región de infinita disponibilidad para el análisis sociológico, se desprende esta peculiar condición bipolar: por un lado, la búsqueda de racionalidad social, (que puede ser progre o conservadora) como aparente prerrogativa del sector militar[2] -derivada, posiblemente, de la superioridad de los saberes individuales y colectivos, (es evidente que para manejar tanques, barcos y aviones modernos es indispensable tener una visión de conjunto y un mínimo o un máximo de conocimientos)- que contrasta con la búsqueda ciega, terca e irresponsable del beneficio exclusivamente personal de la “burguesía nacional”, y por el otro, el ejercicio del “construir” como eje y modalidad clave del “desarrollo”. 

Construir, por lo tanto, en un país como el nuestro, es la acción política por excelencia, la máxima expresión en su forma política y física de administrar los recursos públicos. Puede que algo parecido ocurra también en China o en Kazajstán, pero no así en el viejo Occidente, donde se ha privilegiado sobre todo la acción política e ideológica de organizar socialmente, de legislar y administrar. Se deriva de todo ello que los arquitectos y todos los técnicos del construir, los que mejor deben saber como hacerlo, también deberían tener un papel fundamental y más decisorio en los programas políticos, (lo cual implica un nivel muy alto de su sentido de responsabilidad). Y el Estado debería poner un gran cuidado en emplear a fondo sus conocimientos y en aprovecharlos en gran escala. 

¿Ocurre realmente así? 

Construir. ¿Y para quién? Ésta sigue siendo una reflexión urgente.

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[1] Es bueno acudir a ese libro excepcional de Domingo Alberto Rangel, La Oligarquía del Dinero, en el cual se sintetizan los mecanismos de poder y de apropiación de la riqueza pública que han caracterizado a la Venezuela moderna.

[2] Esto contrasta con la visión tradicional del militar “bruto”, coherente con nuestra larga  historia de montoneras y caudillos rurales. Pero es que el mundo ha evolucionado y el nuestro también. Un piloto de F16 no responde al mismo patrón del militar tradicional tercermundista.

lunes, 24 de abril de 2017

Nuestro pedazo de la torta de la modernidad


 Los Constructores, Fernand Léger, 1950


Desde hace décadas se sostiene que la modernidad, objetivo último del progreso, hay que revisarla a fondo. Cerca de nosotros, Enrique Dussel, por ejemplo, lo ha planteado de una manera exhaustiva. Es preciso regresarla a esa simple pero fundamental consigna originaria de Liberté, Egalité, Fraternité. Pero también, y tal vez lo más importante y decisivo, despojarla de ese afán destructivo tan característico del progreso mercantil con el correlato tecnológico que siempre lo acompaña y del terrible expansionismo colonizador en que se apoyó. Una modernidad serena para completar la gigantesca tarea que la humanidad occidental emprendió hace por lo menos tres siglos. Es lo que afirma tajantemente, por ejemplo, la voz tan acreditada de Habermas. Nos toca, como humanidad, refundar el concepto de progreso. Acabar la tarea, con cuidado, sin destruir el planeta. Así pues, refundar, corregir e impedir los errores, nos permitirá vislumbrar un futuro de modernidad auténtica. Es difícil decir, hoy, si realmente se podrá aplicar esta receta, simple en lo nominal, pero complejísima en la realidad social. 

Completar la modernidad. ¿Demasiado pedir? ¿Aspiraciones teóricas? ¿Ilusiones?¿Utopías? Así pudiera parecer si se atiende a la espantosa absurdidad que nos agrede, todos los días, en la realidad de los noticieros mundiales. Sin embargo, y por la misma razón de la enormidad del desastre, se torna un requerimiento cada vez más urgente volver al tema central de la modernidad. 

Y por cierto, es pertinente, en un análisis de este tipo y de este tema, preguntarnos hasta qué punto nosotros, en nuestra fementida tropicalidad, hemos alcanzado la modernidad. ¿La hemos alcanzado de verdad? ¿Y cuándo? ¿En qué momento histórico nos hemos acercado más a este objetivo? 

Analizando el pasado, lejano y cercano, da la impresión que únicamente en cuatro tentativas se ha planteado con suficiente claridad un programa, un proyecto político que involucrase el terminar de alcanzar la modernidad. La de Guzmán Blanco, la de Pérez-Jiménez, la de Rómulo Betancourt y la reciente, la de Hugo Chávez, ya ésta prácticamente sobrevenida por toda clase de errores y dificultades. Curiosamente, todas tienen en común haber generado una fuerte oposición, por haber tocado, desde ópticas políticas distintas (pero no tanto tampoco), nervios e intereses particularmente delicados y sensibles, o por haber usado metodologías políticas controversiales. Obstáculo principal, la pobreza. La modernidad -el ser modernos- por definición, implica totalidad: no es posible pensar, por ejemplo, que Dinamarca pudiera ser el país desarrollado que es, esto es, moderno, si tuviese un 25 o hasta sólo un 15 % de pobreza. Es por ello que en la praxis social de nuestro país (y también en los demás países latinoamericanos) la modernidad, -una modernidad muy relativa, muy sui géneris- como pedazo de la gran torta moderna, no le ha llegado sino a un sector muy reducido de la población. De ello se desprenden por lo menos dos cosas. Una: para nosotros, la modernidad es un proyecto inconcluso. Doblemente inconcluso, porque jamás ha atendido a esa renovación originaria de la modernidad que se decía al comienzo, y, en segundo lugar, porque no ha abarcado nunca la totalidad de la vida social. 

En conclusión, para nosotros la modernidad es, generalmente, un género restrictivo. Y si se quiere cumplir la tarea de completarla, hay que extraerle su fatal mecanismo de progreso destructivo, incluirla en el programa ecológico planetario sin “arcos mineros” de ninguna clase, y hacer que abarque la totalidad de la vida social para toda la población. 

De lo anterior también se desprende otra reflexión: nuestra modernidad arquitectónica, años 50, se ha podido producir gracias a los insólitos pequeños resquicios que dejara abiertos una economía seriamente distorsionada como la nuestra. Una modernidad arquitectónica ingenua, optimista, generosa, pero también elitesca y imitativa, confinada en realizaciones parciales, puntuales. Todo sumado, superficiales y epidérmicas a pesar de obras tan excepcionales como las de Carlos Raúl Villanueva. Como a un delgado slice, casi transparente, seguiremos con el derecho de añorarla, por el gusto que nos ha dejado. Pero no olvidemos que casi todo está todavía por hacer. 

Porque no hay que olvidar nunca que para Venezuela y América Latina, todavía seguimos en la larga marcha hacia, la modernidad, pero ahora sí, nueva. 

martes, 18 de abril de 2017


1939-2017

  Ha fallecido Gorka Dorronsoro. 
Arquitecto de gran talento, culto, refinado y meticuloso en su trabajo, excelente dibujante y fotógrafo, tuvo una participación de gran importancia, al lado del maestro Villanueva, en la Ciudad Universitaria de Caracas, en la cual hay varias obras de su autoría. 

miércoles, 22 de marzo de 2017

Francis y Suiza



 (1) Buchner Bründler, Garden Tower, Suiza


Los arquitectos Buchner Bründler (1) diseñan un edificio en los Alpes suizos, que parece destinado a cubrirse de vegetación. Todos los pisos se recortan con corredores externos completamente libres. Las enredaderas y los arbustos los envuelven y la protección está dada por una malla metálica que cubre, estirándose, toda la fachada. 

El celebrado arquitecto Francis Kere, en África, Burkina Faso (2) construye obras de una inteligencia admirable, escuelas, dispensarios, etc. Con un mínimo de materiales y con un máximo de atención al clima. 

En las dos fotos vemos los resultados. Hermosos resultados, pero también dos lecciones: en Suiza son capaces de hacer lo que deberíamos haber aprendido a hacer, desde hace tiempo, aquí con la tremenda facilidad que nos da el trópico. En África, de diferente manera, ocurre lo mismo: del contexto surge la arquitectura. 

Y qué es lo que nos lo impide a nosotros? Respuesta: el etnocentrismo. Vemos con los ojos de una cultura de la cual derivamos y que admiramos. Pero que nos impide liberarnos. 

Así de simple. Patios, corredores y persianas, decían, dijeron, Villanueva, Fruto Vivas, Jimmy Alckok, Carlos Gómez, Legorburu, Rigamonti. Espacio, luz y vegetación tropical. 

Pero, ¿y los demás?

 (2) Dièbèdo Francis Kèrè, Clínica Quirúrgica y Centro de Salud, Burkina Faso