lunes, 27 de junio de 2016

La estética líquida ya está aquí



Se ha debatido mucho y desde hace tiempo, si la arquitectura moderna es un nuevo estilo o es, como lo afirmaba el historiador Leonardo Benévolo “una nueva rama de un árbol antiguo”. Se insistía, desde la defensa de la intrínseca novedad de la arquitectura moderna, que no eran meramente los criterios estéticos, ligados al concepto formal de “estilo”, lo que debían caracterizar a esa nueva arquitectura, sino la inteligencia, la “astucia” de diseño, que buscaba encontrar respuestas, por otros medios, a las nuevas condiciones del mundo moderno. De tal manera que no se trataba de un “estilo moderno”, que venia a sustituir, como último legado, a la secuencia de estilos “clásicos”, románico, gótico, barroco, art-nouveau, etc., sino de una disciplina profesional diferente, en la cual la forma es un resultado de una metodología y no un dato a priori. 

Pues bien, ahora demasiados datos e informaciones nos abren un panorama que es bien distinto. Desde China, campo de ensayo de las “stars” internacionales, hasta Francia, Estados Unidos, Japón y Australia, en todos los grandes centros metropolitanos de los países industrializados, un nuevo “estilo” formal, se ha difundido y generalizado enormemente. Los rasgos esenciales que lo caracterizan no corresponden a familias coherentes de formas, sino a una concepción de lo indispensable: ser espectaculares. Vale lo abigarrado, cualquier conjunto de formas o de geometrías espaciales y volumétricas, con tal de provocar asombro. Este es el elemento condicionante, como efecto exterior: lo insólito, lo increíble, lo inadmisible, lo insensato. En resumen, todo lo que, con sus dosis de arrogancia y desplante, pueda causar admiración espectacular. La forma, en sus meros valores estéticos, es el destino final. La forma, que es pura estética, es para el goce, la diversión, para la fiesta del escándalo. Para ello cualquier fantasía, cualquier imaginación desatada y desafinada, cualquier ficción personal, traducida en arquitectura, puede servir muy bien para el fin último: causar sorpresa y admiración embobada. Una arquitectura de la anti-arquitectura. El abandono de la racionalidad y del compromiso –cualquiera que sea su definición- no puede conducir sino a esta manera de diseñar cuya finalidad es amenizar el ocio urbano de las élites o el espacio de trabajo de las masas. 

Así se confirma que estamos en presencia de un nuevo estilo, el estilo que corresponde orgánicamente a esta sociedad contemporánea, la que de manera muy acertada ha sido definida como una sociedad “líquida” (Zygmunt Bauman)[1]Una sociedad incoherente, contradictoria, parcialmente desecha, sin criterios definidos y permanentes, que se mueve para atrás y para adelante como por movimientos involuntarios. 

Pero, y esto es esencial, es también una sociedad condenada, a causa de sus íntimos ingredientes, a ejercer los ritos del espectáculo, a ser, ella misma, siempre y sobre todo, espectacular. Ya lo habían anunciado, desde la lejanía, Mumford, y desde más cerca, George Steiner y Richard Sennet. Lo había definido con absoluta precisión Guy Debord[2]. Hasta el muy devaluado Vargas Llosa[3] lo ha repetido. Esta es la sociedad del espectáculo, en todos los sentidos. Marcada por la frivolidad escandalosa -en cierto modo hasta triste- del entretenimiento y la diversión como fin supremo. 


Para qué maravillarse de que también la arquitectura que se hace para las capas más ricas de la sociedad, sea también una arquitectura espectacular. Tal cual: para una sociedad líquida y del espectáculo, una arquitectura líquida y espectacular. Una arquitectura que se mira en el espejo de la sociedad y de esta traduce sus rasgos dominantes. Con ello estamos regresando al ritmo visual de una secuencia histórica que les permitirá, a los críticos e historiadores del siglo XXII, poder reconocer, con una mirada de conjunto, a lo que une entre sí, con fuertes elementos comunes, a estas arquitecturas disparatadas y convulsas del post modernismo. Ha ocurrido lo impensable. Un salto de gravedad histórica. Una estética arquitectónica que, con sus pretensiones frívolas, casi se pone en el mismo carril de la arquitectura rococó (y como ella cumple su función de adorno). 

Tal vez no nos habíamos dado cuenta. Pero aquí ya tenemos el nuevo “estilo”. ¿Qué dirían Benevolo y Zevi, Giedion, Banham y Tafuri? ¿Qué dice, hoy, Kenneth Frampton?


[1] Bauman lo resume muy bien: “La satisfacción de los deseos es la motivación de los esfuerzos que se hacen en la vida… es la suprema finalidad de la vida”. Liquid Modernity, Polity Press, 2000, Cambridge, Pág.158.

[2] Guy Debord, La sociedad del espectáculo, 1967 

[3] Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, 2012











 Zaha Hadid, como la mejor representante de la arquitectura líquida

miércoles, 22 de junio de 2016

El regreso de las residencias comunales


PLP Arquitecture, Stratford, Londres



“!Los residentes del edifico tendrán tantos servicios y equipamientos que no querrán nunca salir de él! Así se expresan los constructores de una de las muchas iniciativas residenciales que, incluyendo los Estados Unidos, Inglaterra, Corea del Sur, Holanda y Francia, se están regando por el mundo industrializado. (Dezeen 5 abril 2015, 17 noviembre 2015, 28 abril 2016). Curiosamente, eso mismo era lo que se decía inicialmente -lo comentábamos la semana pasada- acerca del conjunto residencial del Parque Central de Caracas. Una ola de proyectos de edificios colectivos o “comunales”, para jóvenes y no tan jóvenes, pero todos de clase media y con trabajo, se está repitiendo, con similares características, en las metrópolis desarrolladas. Inversionistas y arquitectos, asociaciones y empresas con interés social, (CoWork, WeWork, WeLive), están redescubriendo los esquemas de vivienda compartida que inventaron los utopistas franceses e ingleses en el siglo XVIII. Insólita evolución histórica que, sin tocar otros aspectos, confirma el sentido sano y beneficioso de un tipo de residencia urbana que subraya la importancia del compartir, contribuir, asociarse, bajo el signo de la participación, que justamente puede ofrecer la tipología de la vivienda colectiva. 

Los edificios que ya están en uso o los que se están construyendo siguen todos la misma filosofía, que se ha dado en llamar “coliving”. Se reduce a un mínimo razonable la superficie de cada una de las unidades residenciales individuales y en cambio se multiplican las oportunidades de vida compartida con restaurantes, bibliotecas, jardines, gimnasios, escuelas maternales, cines, talleres, salas de juego, fiestas y entretenimiento, y en algunos, también excelentes cocinas y baños comunes. Nada nuevo. Revisen las propuestas utopistas de Owen, de Cabet, de Fourier, y se hallaran frente a los mismos propósitos y a las mismas líneas generales de diseño. Pero, más aún y más cerca de nosotros, los soviéticos de 1930, Le Corbusier con sus “Unidades Residenciales” de 1951, y Jean Renaudie con sus “estrellas” de 1970, no querían plantear algo muy distinto. Los ecos, las influencias poderosas de esa ideología arquitectónica y urbana llegó hasta nosotros como lo atestigua, sobre todo, el intento del conjunto “Cerro Grande” de Guido Bermúdez. 

Pues bien, las diferencias de aquello, con las soluciones y propuestas de ahora, estriban en que, dentro del caos urbano postmoderno, dentro -y en rechazo- de esa realidad líquida actual que describe con eficacia Zygmunt Bauman, se ha creado, diremos, un nicho de necesidades sociales, de búsqueda de serenidad compartida, de mayor eficiencia económica, originada en la clase media urbana, estímulos que en definitiva convergen en un propósito de convivencia con un amplio sentido humanista. No son pensadores, políticos o arquitectos que individualmente inventan propuestas. Ahora es la clase media europea, norteamericana o coreana, la que busca -especialmente para sus sectores más perjudicados por la violencia visual, por la agresión del roce social y la ineficiencia dolorosa de los servicios, por la inútil repetición de la monótona rutina diaria, por una vivencia enmarcada por una soledad individualista asesina- una realidad arquitectónica que valorice otros aspectos positivos e indispensables de la vida comunal. Precisamente los que auspician una vida más sociable, más alegre, menos estresante y más inteligente. Los arquitectos y los promotores simplemente resumen y tratan de precisar con sus diseños lo que espontáneamente se está formando en muchos núcleos de residencias estudiantiles o de apartamentos de usos compartidos en los centros de las grandes ciudades. 

Podrá haber toda clase de críticas al desarrollo formal de los proyectos publicados, podrían sugerirse muchas otras formas de plantearlos, pero hay que reconocer que este regreso a la multiplicidad de opciones que debe y puede tener la residencia humana en su escala urbana, abre la conciencia (y la esperanza) de la necesidad de revisar a fondo las formas, modalidades y circunstancias con las cuales se maneja tradicionalmente el tema de la vivienda. 

¿Que estos son problemas de clase media? ¿Que con ello no se plantean soluciones para las grandes masas proletarias? No es cierto: las clases medias tienen un peso político y cultural, tal vez desproporcionado con su consistencia numérica, es verdad. Pero no es posible negar que siguen siendo un terreno formidable de creación y de ensayo. Por otra parte, la vida social no procede por compartimientos estancos. Y los campos de experimentación son múltiples e inesperadas sus repercusiones. 

Así, como sea, los ensayos que se están planteando en el mundo, de vivir de otra manera, clase media o no, con sus defectos, sobradamente conocidos y con su intermitente presencia y carencia de virtudes, merecen que los sigamos con atención. En ello hay mucho de que aprender. 

martes, 14 de junio de 2016

Aprender del “Parque Central”





En Venezuela hay disponibles dos campos de investigación que pueden darnos indicaciones importantes sobre nuestro comportamiento como pueblo. Dos grandes experiencias de las relaciones evolutivas, entre espacio urbano construido y habitantes, que pueden decirnos mucho acerca de la conducta, de la forma de proceder, el modo de obrar, el estilo, la ética de nuestras formas convivencia. Dos episodios urbanos de gran peso en nuestra historia, que por su contenido pueden aportarnos lecciones de mucha trascendencia. Y, por supuesto, a partir de allí, para corregir programas y afinar proyectos que no se estrellen contra la realidad de nuestro comportamiento como clases sociales y, simultáneamente, contra la torpeza y tosquedad cultural del Estado y sus instituciones. 

El primero está constituido por ese conjunto de edificaciones que nació con el nombre de “2 de Diciembre” y que todos hoy conocemos con el del “23 de Enero”. 

El segundo, es el del “Parque Central”. Ambos ubicados en la capital, su estudio puede funcionar como resumen condensado, como guía característica del comportamiento generalizado de algunos estratos de la población del país. Se entiende que lo que pretendemos afirmar es que de la relación entre espacio construido y sus habitantes, del uso que estos hacen de él, pueden deducirse interesantísimas lecciones de política, de historia y, sobre todo, de sociología. Aquí, en este país, pero también en todo el planeta, de manera recurrente, en una inmensa cantidad de casos y situaciones, se repite esa relación crítica: espacio construido-habitantes, en cuyo núcleo significativo el espacio modifica el comportamiento y la idiosincrasia de éstos termina modificando el espacio que los contiene. Vieja relación contradictoria, fluida, cambiante, inmensamente útil para entendernos en nuestras raíces humanas, en nuestras recurrentes obsesiones, neurosis, fobias y manías sociales. Así que intentar estudiarlas en nuestros dos casos ejemplares, no es una novedad ni una pretensión inoportuna. 

Comencemos con el “Parque Central” y démosle prioridad a su descripción. Porque con el otro caso, el del “2 de Diciembre-23 de Enero” ya hubo, en efecto, un estudio -año de 1959- que con el nombre de “Proyecto de Evaluación de los Superbloques” y con el propósito de corregir el programa de política pública de vivienda, fue impulsado por el nuevo gobierno democrático de entonces. Existió, pues, por lo menos un estudio formal inicial de las etapas de vida de ese conjunto. De seguro se han hecho análisis e investigaciones posteriores, pero todas ocultas en los archivos de la academia y sin mayores efectos educativos, ni consecuencias duraderas ni en la política de vivienda ni en la conciencia pública de sus valores y defectos. 

Así que concentremos nuestra atención en el caso del “Parque Central”. (Recordemos algunos datos: El proyecto lo presenta al presidente Caldera, Enrique Delfino (empresa DELPRE c.a.) en el 1969. 8 edificios residenciales, 44 pisos, 317 aptos cada uno, dos torres de oficinas, 59 pisos, 1979-83) Es éste un ejemplo realmente extraordinario, una fiel muestra de aplicación de aquellos principios de planificación y de concepción de la ciudad moderna que se difundieron internacionalmente especialmente a partir de la propuesta japonesa de Kenzo Tange y el grupo Metabolismo, y que luego, con diferentes versiones, se convirtieron en una manera sui géneris de cómo debería concebirse la vida en la metrópolis moderna. La gran concentración urbana, tan definitiva como lo ha confirmado la historia, adquiría la imagen de una densidad descomunal, compacta y homogénea, dotada de todos los servicios y de todos los equipamientos necesarios para una vida social y colectiva igualmente moderna. En referencia a ese contexto ideológico y cultural, típico de un capitalismo ya universal y “desarrollado”, como el de Japón, Inglaterra o Alemania, se planteó en Venezuela -es decir, en condiciones de capitalismo atrasado y periférico, dependiente y subdesarrollado- una propuesta análoga en sus términos de diseño urbano y arquitectónico. 

Interesante estudiar su historia: de cómo entonces, en el caldo de cultivo ideológico internacional de los gigantescos centros residenciales -multiservicios metropolitanos, en la Caracas de la década del 70, se organiza un mega negocio inmobiliario, en los aspectos financieros-mercantiles manejado por las empresas de Enrique Delfino, con el apoyo económico y político del gobierno de Caldera, y con los aportes del talento de un grupo de arquitectos, ingenieros y técnicos, capitaneados por Enrique Siso y Daniel Fernández Shaw. Este es el punto de partida, excepcional en el plano dimensional y en el de las ambiciones empresariales. Y el punto de llegada es el conjunto de edificios que conocemos y que todavía resiste desesperadamente a lo embates y erosiones de la vida atribulada de esta ciudad. 

Meta ambicionada de la clase media caraqueña, que encontraba, en ese conjunto, a un costo relativamente accesible, todo lo que correspondía al más alto nivel de vida civilizada, desde los apartamentos, muchos dúplex de diferentes dimensiones, comunicados por corredores internos alfombrados, hasta el aire acondicionado integral y centralizado, la recolección de desechos mediante un gigantesco sistema automatizando, la comunicación entre torres mediante puentes, la superposición conveniente y oportuna de los pisos de estacionamientos, los pisos de circulación peatonal, de comercios, entretenimiento y cultura, las oficinas, las residencias y las escuelas en los últimos niveles. Pocas veces, para esa fecha, se había logrado, como en el “Parque Central” de Caracas, un conjunto de alta densidad, “ciudad dentro de la ciudad”, que hubiese reunido todos los elementos que posibilitan y enriquecen la vida urbana, satisfaciendo de manera unitaria y compacta a todas las aspiraciones y la opciones de vida de un modelo de ciudad a una escala metropolitana absolutamente moderna. Se decía que en el “Parque Central” se podía vivir perfectamente sin salir jamás de él. Una realidad autónoma idealmente completa, desde las escuelas a los restoranes de lujo, de los comercios de todo tipo a los cines, desde los jardines internos (de gran atracción y visibilidad) a la piscina pública cubierta, desde los museos a las oficinas institucionales. 

Pues bien, ¿qué ocurrió después? qué ocurrió para que este conjunto, modelo de ciudad progresista, ejemplo soberano de capacidad constructiva y de audacia financiera y empresarial, muestra aleccionadora de la más moderna forma de vivir en la ciudad, se hundiera paulatinamente en el mayor descalabro, en un triste derrumbe y un feo deterioro, de tal magnitud que ya nadie se atreve a considerarlo como lo que fue, sino, posiblemente, como el mayor ejemplo urbano de acumulación de errores de juicio que pueden cometerse, al equivocarse radicalmente de fines y de medios. Construido sobre la ilusión de que la clase media venezolana estaba lista y preparada para vivir y trabajar en torres y rascacielos, se creó un ambiente de tan alta tecnología y altísimos requerimientos de disciplina de uso y mantenimiento, que el conjunto empezó casi enseguida a desintegrarse. Tal vez lo primero fue la basura: los conductos no podían con los desechos de todas las dimensiones que las señoras de servicio les arrojaban. Luego fueron los sistemas de sellado de las bolsas de basura que dejaron de funcionar. Y luego, todo lo demás, los oscuros estacionamientos vueltos mugre, las alfombras roídas, el aire acondicionado defectuoso y lo peor de todo: la progresiva inutilización de los ascensores, que significó la parálisis de la comunicación vertical. La gente, poco a poco, con típica resignación, se acostumbró a tener que hacer largas colas para subir. Problemas de todo género se fueron superponiendo: a la pasmosa ineficacia administrativa del Centro Simón Bolívar, se unió, con un peso enorme, la irresponsabilidad cívica, la inseguridad, la corrupción, el oportunismo, y la grave falta de higiene. Pero todo se resumió, se asentó y se amplificó en un factor determinante: las familias de clases medias no sabían ni supieron nunca vivir colectivamente en un ambiente con ese carácter y con esos requerimientos. Se estrellaron de frente contra la modernidad importada. 

¿Qué ocurrió? Es imprescindible que nos enteremos de cómo una clase relativamente privilegiada no pudo hacerle frente, en una compleja desarticulación de las relaciones sociales, a la posibilidad de mantenerse viviendo en un conjunto residencial dotado de las mejores condiciones de calidad de vida. ¿Qué pasó ahí? 

¿Será entonces posible que un campo de estudio y análisis, desde una multitud de puntos de vista, tan cercano, tan importante como el Parque Central, no haya sido objeto de investigación por parte de los correspondientes sectores universitarios especializados? Tal como ocurre con los superbloques del “23 de Enero”, tampoco allí se han realizado los estudios que puedan ofrecer lecciones de cuál es el comportamiento social de capas determinantes de nuestra sociedad. Y, sin embargo, no podría haber un terreno de estudio tan cercano, accesible y determinante. Si realmente las facultades o escuela de sociología y antropología de nuestras universidades, comenzando por la UCV, estuvieran involucradas de verdad en el desarrollo del país y estuvieran interesadas en analizar y descubrir los parámetros de nuestro comportamiento como pueblo, centenares de análisis se hubieran sucedido o se estuvieran celebrando en un tema tan crítico y evidente, tan dramático, cuantitativa y cualitativamente, como el Parque Central. Casi tan dramático como la historia y el deterioro del Parque Central es la ausencia de investigación sociológica. Se ofrece allí, un enorme campo de trabajo para analistas, sociólogos, antropólogos, historiadores, politólogos, pero también, como no, ingenieros y sobre todo arquitectos. Nada de eso se ha hecho. Desinterés total. Ni el Estado, desde su fuerza económica y política, ha solicitado a la UCV, por ejemplo -en lugar de mantener un torpe acoso político- que emprendiese una investigación compartida y exhaustiva de lo ocurrido con el conjunto del Parque Central. No se diga que tales estudios se han realizado pero que, lamentablemente, no han tenido circulación y difusión pública. Si se han hecho, y ello es posible, están escondidos y enterrados y en los archivos de las bibliotecas, cuando deberían, bien editados y documentados, ser parte de los debates acerca de las políticas públicas de vivienda. Y el Estado, o en todo caso, las instituciones que, por él, debían encargarse del funcionamiento del conjunto, también han sido demasiado ineficientes en la administración y el mantenimiento. Triste constatación: irresponsabilidades desde abajo y desde arriba. Simétricas y coincidentes. Clase media desarticulada y Estado inepto. Demasiadas lecciones pueden extraerse de su historia, de sus causas y origen, de las características de su proyecto inicial, de las causas de su progresivo desmoronamiento, de las razones del deterioro de sus altas tecnologías, de por qué esta “ciudad dentro de la ciudad” ha perdido la oportunidad de desarrollarse y mantenerse como faro de un proyecto de alta densidad y excelencia de equipamiento, hasta convertirse, en la actualidad, en un centro peligroso de vida colectiva mal llevada y en un modelo urbano por antonomasia, que es rechazado unánimemente por la sociedad. 

De la belleza y audacia casi milagrosa de la propuesta inicial, hasta el deplorable derrumbe de la realidad actual. Qué ha ocurrido? Si hay culpas ¿quiénes cargan con ellas? ¿Quiénes son los culpables? ¿O no hay culpas, sino la enésima ratificación vivencial de los mecanismos sociales y culturales de nuestras manchas tropicales y subdesarrolladas? ¿Se trata de un tema sin interés?

miércoles, 8 de junio de 2016

Aravena ¿o Moshe Safdie? ¿O más bien Renaudie?


Aravena, Quinta Monroy, Chile, 2003

Bien es cierto que es sano atender a la comprensión de la realidad compleja de la arquitectura siguiendo criterios críticos que reconozcan el valor de la labor colectiva que ella siempre implica. 

Pero también es cierto que el perfil individual de algunos, de muchos, en verdad, de sus grandes diseñadores, exige un reconocimiento especial. Y es que el papel del individuo en la historia, a pesar de todas la justas reclamaciones políticas que exigen democracia participativa -aún en el diseño arquitectónico- no puede ser negado. 

Así que arrancaremos con nombres de individuos. Y el primero de ellos es el del arquitecto chileno, inteligente, audaz y ambicioso, que ha sabido saltar del modesto alboroto chileno a la fama del Pritzker y a la “Biennale di Venezia”. Alejandro Aravena, quien ha construido su carrera personal sobre la “invención” de una tipología de vivienda popular: la “media casa”. Hay razones para aceptar las buenas intenciones de reducir los costos iniciales de la vivienda de interés social, cortándolos por la mitad y dejando el espacio necesario para su futura ampliación por cuenta de los usuarios. 

Eso suena bien porque todo ello implica economías públicas importantes, atiende a la personalización de cada una de las viviendas mediante el trabajo de los mismos habitantes, conservando a la vez la unidad del los conjuntos. Pero, no se han destacado, sin embargo, otras condiciones que esa tipología entraña también, como el tener que recurrir a la disponibilidad de terrenos inevitablemente periféricos (con lo que ello implica en términos de desigualdad social y carencia de servicios ) y la falta de integración, desde el comienzo, de la necesaria batería de equipamientos (educación, salud y esparcimiento para la mujer y el niño, lo que es fundamental) aportes indispensable para que el resultado pueda tener realmente el perfil vivo de ciudad moderna. Sin mencionar que se ignora por completo, con esa tipología de corte individualista, toda aspiración al modelo de ciudad compacta, condición esencial para la posible solución de los típicos problemas urbanos latinoamericanos. 

Aravena, todo concentrado en la invención de su “media casa” y ostentándola como una bandera para la solución de los problemas de la pobreza urbana de las ciudades latinoamericanas, puede lograr pingües resultados en el plano de su gratificación y orgullo personales. Pero omite, desconoce u olvida, el centro, el núcleo de esos problemas, cuya solución jamás podrá pasar por la tipología de la pequeña vivienda individual repetida ene veces, como anónimos batallones en formación, repartidos por en el territorio nacional. Detrás de la “media vivienda” y de su pretendida vocación democrática, se oculta la ignorancia de los problemas dilemáticos de la densidad, de los servicios, de los equipamientos, de la necesaria propuesta que debería, que debe ser ¡por fin!, a escala de un mundo nuevo, mucho mejor, (además, ciertamente, de más justa e igualitaria), mucho más ambiciosa, más atractiva, más vital, más armoniosa, ecológica, divertida y estimulante, que cualquier otro modelo de ciudad capitalista. La gran, enorme falla que han presentado los intentos de construir una sociedad mejor que la capitalista, entre otras fallas, es que nunca, o casi nunca, se ha sabido ofrecer la perspectiva real, con ejemplos concretos, de pedazos de una nueva ciudad realmente atractiva que permita convencer de la posibilidad de vivir urbanamente de otra manera. Ni Viena la Roja, ni los monótonos bloques soviéticos o las “banlieus” periféricas francesas, han logrado cautivar las esperanzas y las aspiraciones del proletariado. Mas esta problemática, compleja, multicausal, culturalmente apasionante, a Alejandro Aravena ni lo toca ni le interesa. Y menos aún, por supuesto, a los árbitros encopetados que orientan la información pública y reparten premios y distinciones. 

Saltemos ahora, por contraste comparativo, a otro nombre, el de Moishe Safdie, héroe actual de muchas proezas arquitectónicas, levantadas sobre todo en el continente asiático. No nos referiremos a ellas, sin embargo, sino a otra obra suya que deberíamos recordar con más frecuencia por la audacia de los valores que intentó aportar y por la realidad concreta de su realización. En el conjunto de viviendas prefabricadas, de alta densidad y baja altura, del “Habitat” de Montreal en la Expo de 1967, se conjugó la inteligencia de las soluciones tecnológicas constructivas con la idea de que es posible realizar conjuntos compactos de viviendas sin perder los criterios de la necesaria privacidad, pero, al mismo tempo, con un alto sentido de comunidad. No se conocen estudios recientes acerca del comportamiento del “Habitat” desde el punto vista de cómo ha sabido o podido enfrentar la realidad de la vida colectiva urbana moderna. También es cierto que el “Habitat” responde a las condiciones de un nivel de vida de clase media “desarrollada” y en él no se hallan los equipamientos que sus habitantes seguramente encuentran en otras partes de la ciudad.

Pero queda, para nuestros propósitos, lo esencial: frente a soluciones (Aravena) que, en repetición de esquemas del siglo XIX, siguen el destino de las urbanizaciones para pobres -individualizadas en el patrón de la viviendita, una por una, en las extensiones inevitables de los desiertos periféricos- por oposición, (Safdie) la solución de la audacia y de la imaginación de la ciudad compacta moderna. 

Y, por fin, otro nombre: Jean Renaudie. De él y de su obra hemos hablado varias veces. Y de ello seguiremos hablando cuando podamos o cuando sea oportuno. En sus obras más significativas, las “estrellas” de Givors y las de Yvrie sur Seine, (Francia, 1970) aparecen todas las virtudes tecnológicas de Safdie más las cualidades políticas de una concepción de la vivienda colectiva dotada de todos, o casi todos, los equipamientos, símbolos y orientación para la vida urbana de hoy. Sin embargo, sus preferencias por las geometrías arbitrarias, que recuerdan de cerca la estética de Wright, prevalecieron, y han hecho olvidar su modernidad tan avanzada que conjuga sentido de comunidad con riqueza de estímulos vitales. Vida en común sin apocamiento de lo familiar. 
Esta comparación, y no tocamos aquí muchas otras experiencias que también podrían mencionarse (Le Corbusier, por ejemplo, o Moisei Ginzburg, nada menos) tiene la finalidad de demostrar lo endeble, frágil y discutible de la figura de Alejandro Aravena o, por lo menos, de la figura que él, u otros, pretenden avanzar, como nuevo representante de la arquitectura, de la buena arquitectura latinoamericana, responsable socialmente, y modelo consciente de lo moderno en lo formal. Falso. Otra es la verdad: su oportunismo versus nuestra ignorancia. Astucia mediática internacional versus nuestro parroquialismo periférico. Entre estas diacronías y contradicciones se perfila y gana el inteligente Aravena.




Moishe Safdie, Habitat, Canada, 1967

 Jean Renaudie, Estrellas, Francia, 1970


martes, 31 de mayo de 2016

Donde se sembró el petróleo


 Complejo Internacional de Acción Social por la Música Simón Bolívar, Caracas

Claro para todo el mundo, claro con la claridad de las pesadillas, es que Venezuela, de estar pidiendo lo imposible de las estrellas más altas y más luminosas, ha terminado rodando en un estremecimiento colectivo de angustias y de violencia. La inseguridad y el desabastecimiento son los castigos que nos acompañan en cada minuto de nuestra vida diaria. Que pesan como una capa de plomo sobre nuestros hombros y nuestras mentes. Que nos otorgan el sombrío privilegio de estar en lo más alto, en la cima, de los récords negativos del mundo, sumergidos en un mar de tristes decepciones. Con las ganas de los muchachos, de “irse demasiado”, ¿cómo estar, así, orgullosos del país, al amparo de la más simple y natural relación: habitantes/ciudadanos-terruño/patria? 

Hay, sin embargo, una roca de la cual aferrarse, un peñón de donde agarrarse para no ahogarnos. Hay algo de lo cual podemos estar orgullosos.

La música.

Increíble pero cierto. Por misteriosas razones sociológicas -que se hunden en los círculos, a veces virtuosos, casi siempre viciosos, del subdesarrollo- en Venezuela ha ocurrido lo inesperado -tan inesperado como el petróleo, regalo inmerecido de la geología- un estallido, una explosión, una epifanía generosa, un surgimiento desde lo más profundo: el ejercicio y la enseñanza social y colectiva de la música. El petróleo ha sido sembrado en la música. Una conclusión insólita. ¿Qué dirían de ello, Pérez Alfonso y Uslar Pietri? 

Veámoslo en una perspectiva histórica: la de estos últimos cien años. Con independencia de colores, banderas y revueltas políticas, no se sembró el petróleo en la industria ni en la agricultura. Ni suficientemente en la educación, ni en la salud. Pero, constatación asombrosa: donde se han conjugado -como en ningún otro sector de la vida ciudadana- previsión y perseverancia, decisión política e inversión de capital y aprovechamiento de los recursos y de la difusión mediática, y por supuesto, la abundancia de talento y el rigor de la disciplina, ha sido en la siembra y en el cultivo institucional de las formas musicales. Para asombro de todos, en la música el petróleo ha sido sembrado de manera increíblemente inteligente y oportuna. Y ahí están los frutos: Venezuela, frente a América y frente al mundo, se ha convertido en el país de la educación musical, del desarrollo de los talentos musicales populares, individuales y colectivos, de los directores famosos y de las orquestas aclamadas internacionalmente. ¿De dónde vino este ascenso de una pasión musical tan excepcional? ¿De dónde, tanto estudio, tanto alegre espíritu de equipo, tanta perseverancia frente a las dificultades? ¿Cómo este país, que ha vivido escasamente, antes de la invasión petrolera, de una producción agraria elemental y exportadora; que, oloroso a pólvora de guerras y revoluciones, se construido una imagen heroica y belicosa, que se ha dotado a duras penas de una cultura popular más oral que escrita, ha llegado, más y mejor que los demás países de America Latina, a elaborar e “institucionalizar” esta nueva altísima cultura musical, hasta llevarla casi al nivel de un mito? No deja de sorprender o de provocar cierta ironía, el hecho de que un país que en el mundo se conocía sobre todo porque se gastaba los ingresos petroleros, de la manera más grosera, balurda y ordinaria, en el famoso “tá barato, dame dos”, se haya convertido ahora en el altar, en el santuario de la música, (dicho sea sin ninguna sorna), es decir del arte más fino, más exquisito, más refinado y más universal y que, por demás, exige una dedicación, una disciplina y un sentido de responsabilidad excepcionales. (Verdaderamente, la vida histórica, en términos sociales, depara y reparte acontecimientos inesperados sin posibilidad de previsiones atendibles). 

Aún aplicando a la observación de este insólito fenómeno todo el veneno de las envidias y de los celos, los reparos de la crítica ideológica, los análisis microscópicos de los rendimientos y la distancia escrutadora de la suspicacia por los fines personalistas, es imposible no reconocer la importancia de lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en Venezuela, con el enorme regalo que ha sido, para la cultura del país, la música, sus intérpretes, sus ejecutantes, sus directores. Hasta los excelentes espacios (estamos hablando, por fin, de arquitectura) donde se hace y se escucha música. Todo esto nos puede permitir olvidarnos, aunque sea por un momento, de la catástrofe nacional. Olvidarnos de no haber podido, o no haber sabido, como pueblo, aprovechar a fondo un recurso creativo tan extraordinario como el célebre excremento del diablo, en otros ámbitos, tal como se ha hecho con la música. Quimera inefable, ¡como un bálsamo, la música, sus logros colectivos, nos alejan de la pesadumbre, de los sinsabores y el desconsuelo! Es la poderosa virtud que tiene la música. 

Así que en Venezuela el petróleo se ha sembrado en la música. Aquí, hablar hoy de música es amanecer de orgullo nacional. Tal afirmación puede parecer excesiva o exagerada. Puede, es verdad, que contenga también una intención de provocación. Pero es que en ningún otro campo, partiendo de sólidas razones humanas y culturales, (que, por ende, se convierten en políticas) se han logrado resultados tan exitosos, aplicando, a la vez, inteligencia en los medios, perseverancia en los objetivos, astucia en la difusión pública y concertación de talento colectivo e individual. Quienes, a veces, nos hemos quejado de la desproporción, que ha representado y representa la inversión del Estado en el sector de la música, con relación a los demás, deberíamos haber pedido, más bien y comparativamente, igual eficiencia de gestión y ambiciones de propósitos en todos los demás contextos de producción material y cultural. 

Por fin podemos decir que algo se hizo bien, donde las buenas intenciones no se enredaron en errores garrafales, no se agotaron en triste indiferencia, en el abandono por la mitad, en obras inconclusas y sin seguimiento. 

La música en Venezuela. De eso sí podemos estar satisfechos. Que los éxitos continúen, sean cada vez más colectivos y públicos, se diversifiquen, se distribuyan, como retribución, en todo el territorio, y aniden en el alma de la nación. 

Y una reflexión final e inevitable. Puede que a muchos les parezca insólito o increíble (y vale la pena recordar otra vez la situación) que en un país azotado a muerte por la rutina colectiva de la violencia; en un país donde la salud está en retirada, sin medicamentos para los enfermos y los moribundos; donde han desaparecido las promesas de escuelas y centros de educación formidables; donde hay que construir con urgencia toda una infraestructura, hospitales, fábricas, viviendas, líneas de trenes y de transporte público; en un país con una gigantesca deuda social atrasada, que florezca ahora con inusitada energía institucional el ejercicio etéreo y deslumbrante de la música, su enseñanza popular y el Estado invierta en ello, cuantiosos recursos. Es una contradicción desmesurada. Somos entonces esencialmente contradictorios como pueblo: bravos y miserables. ¿Es nuestra esencia tradicional, genética? ¿Estará eso en nuestro ADN colectivo? ¿O son, simplemente, las dobles caras de la raíz humana? Difícil saberlo: únicamente la historia futura de nuestras acciones podrá confirmarlo o negarlo.

martes, 3 de mayo de 2016

Emergencia e improvisación

emergencia: suceso o accidente imprevisto
improvisación: acción repentina sin ninguna preparación previa 


Toda nuestra historia como país, es una historia de emergencias. Una secuencia casi continua de acontecimientos imprevistos e imprevisibles, de incidencias y eventualidades, separadas por cortos períodos de tregua, por breves trechos estáticos. Nuestros historiadores, que se sepa, no han visto el material de sus estudios bajo el perfil de la emergencia. Seria interesante y útil hacerlo. Podría arrojar una inteligencia distinta de las causas y las consecuencias de los acontecimientos de la historia atormentada de este país. 

Desde las súbitas defensas de los indígenas y los asaltos inesperados de los piratas, las guerras, las revoluciones y los “golpes”, hasta la aparición milagrosa del petróleo o las desgracias de los terremotos, los deslaves y las sequías, todo es una emergencia, sucesos imprevistos. En cierta manera eso podría tener cierta explicación. Nuestra tierra americana, durante muchos siglos ha sido parte de ese inmenso desconocido que es la realidad física. Hic sunt leones, aquí lo que hay, son leones, decían los mapas. Leones, fieras, esto es, hechos desconocidos, acontecimientos imprevistos, milagrosos, monstruosos, siempre excepcionales. Y el suceso, como no, es siempre repentino, imprevisto. 

Para las emergencias, la humanidad, donde ha tenido tiempo y condiciones, ha desarrollado sistemas, muchos sistemas, para enfrentar las emergencias. Desde la suspensión de derechos y garantías hasta primeros auxilios y la Cruz Roja, la sociedades y los Estados han estructurado fórmulas previsivas que permiten enfrentar a los desastres o los acontecimientos improvisos. Y ello implica, por supuesto, no sólo sensatez y prudencia, sino, sobre todo, pronóstico, anticipación, previsión, programación, planificación, etc. 

Pero resulta que nuestra emergencia, nacional y permanente, es una emergencia que deriva del inestable y peligroso equilibrio entre opulencia y pobreza, de nuestra intrínseca debilidad derivada del descontrol social, de la injusticia orgánica que nos acompaña desde la invasión del imperio español. Es decir y sintetizando: somos un país que ha estado siempre, por re o por fa, en emergencia social o natural. Y frente a esta situación, que es casi “normal”, deberíamos haber desarrollado un sistema adecuado de previsión y de alerta. Pero como nunca hemos sabido o podido construir un Estado que funcione realmente, lo que hemos hecho es desarrollar una habilidad extraordinaria para la improvisación. Hemos encontrado que la improvisación es el método impecable para encarar sequías y deslaves, para resolver el problemas del tráfico y de las comunicaciones, del desabastecimiento o de la crisis energética. Tan fuerte y sólida es nuestra confianza en el método colectivo de la improvisación que hemos llegado a considerar un atributo positivo a lo que se llama “ocurrencia”. Hemos escuchado a importantes y destacados líderes nacionales decir por televisión que se ”les ha ocurrido” tomar esta o cual medida. Con ello se cambia un ministro o se decide la ubicación de una nueva ciudad. La “ocurrencia”, como tal, es el mejor símbolo de la improvisación. Es el gran remedio a la falta institucional de métodos y hábitos de previsión. Ha pasado a ser un atributo innato de capacidad para resolver situaciones complicadas e inéditas: total, casi una gloria, un orgullo nacional, un talento étnico. Pero, como decíamos, no se puede negar que hay cierta lógica en el asunto: si no hay ni previsión ni prevención, sin estructuras institucionales y conocimientos firmes , lo que ayuda, socorre y resuelve es la improvisación. Y eso, tal vez, también pudiera explicar el apuro (eso tiene que estar para ayer…) con el cual todo debe realizarse, tareas grandes y pequeñas. Una emergencia que dura siglos, evidentemente no puede esperar. 

Y ésta ha sido nuestra historia. Una historia de improvisaciones, hasta ahora y hasta aquí. Con ese material, y con el perdón de Neruda, hemos construido nuestra residencia en la tierra. 

Así somos (como sociedad). Reconocerlo estimula el cambio.

jueves, 14 de abril de 2016

Construir el país y la ley de la jungla

Wilfredo Lam, La Jungla, 1943
  
Lo que son hoy Gran Bretaña, Alemania, Italia, se unificaron como naciones tras un largo batallar de ideas y de ruido de armas. Fue un largo camino incendiado por las llamas de guerras enconadas y de enfrentamientos programáticos tan hondos como las diferencias de los hábitos y culturas locales. Y por supuesto Estados Unidos. Primero asumiendo las libertades que permitían a los emigrantes europeos salir del Medio Evo, en seguida borrando del mapa las poblaciones autóctonas ocupando todo el Far West, y por fin incorporando la producción agrícola del sur, abolida la esclavitud, al desarrollo industrial y comercial del norte. 

Pero en todos estos casos, los de más bulto en la historia mundial, hubo siempre, en varios momentos de su devenir, un proyecto cada vez más común que les permitió llegar a la unificación bajo unas ideas y unos propósitos comunes.

Un proyecto de país. 

Algo parecido ocurrió en América Latina y en especial con Venezuela. Con Bolívar, Páez, Guzmán Blanco, Gómez, Pérez Jiménez y Chávez, sus figuras se enmarcan siempre en un proyecto de país que más o menos explícitamente remite a una meta nacional, a un destino colectivo que intenta tener carácter propio. Las diferencias históricas que nos separan y a la vez nos unen, contradictoriamente, con los grandes países industrializados, ya asentados en una unidad que es también identidad y normalidad, no deben hacernos olvidar esta poderosa urgencia que en cambio constriñe todos nuestros actos de venezolanos -seamos multitud de chiquitos y anónimos o puñados de grandes y famosos- a embarcarnos en una permanente gigantesca tarea, voluntaria o no, la de construir el país. Desde el comienzo, estamos siempre construyendo el país. Y seguimos en eso. Es por ello que no puede pasar debajo de la mesa la necesidad de preguntarnos ¿pero, cuál país? 

¿Cuál país queremos construir? ¿Que responda a cuáles intereses? ¿A los intereses de quién? 

Pues es por tales razones que hay que ser más explícitos al reafirmar que la idea de un proyecto de país, cualquiera que este sea, de derecha, de izquierda o de centro, no puede realizarse sin la construcción paralela de un Estado. Todo proyecto de país implica un Estado, que linda (inevitablemente en la etapa actual de la civilización) con el concepto de autoridad. Pero éste no puede estar representado en la simple figura formal de una constitución o de un conjunto de leyes. Sino con la estructura funcional de una super-autoridad que realmente cumpla y sepa cumplir con lo que dictan sus leyes. Al así plantearlo se desnuda inmediatamente la gran carencia: la absoluta carencia de ESTADO que hemos padecido desde el mismo momento en que los primeros españoles pisaron las arenas de nuestras playas. Hay que reconocerlo: nunca hemos sabido –o podido- montar una estructura colectiva que realmente llegase a funcionar como un Estado. Las consecuencias, hoy, no se manifiestan sola e increíblemente en la imposibilidad de que los autobuses tengan horario y líneas fijas, sino en la situación social actual del espantoso desborde del hampa, cualquiera que ella sea, organizada, política, o simplemente hija de la rapacidad y de la avidez individual; en la imposibilidad de poner bajo control a los peligrosos caprichos circenses de los motorizados; en los linchamientos de los posibles ladrones de carteras con o sin hoguera terminal; en la burocracia indiferente que te manda a interpelar al bigotudo; en la corrupción universal y en la igualmente universal impunidad. Todas cosas terribles que inciden y han incidido en el comportamiento del ciudadano, hasta del más concienzudo y de buena voluntad. Porque la ausencia de Estado promulga automáticamente la Ley de la Selva. Cada quien se valga por sí mismo, cada quien se defienda como pueda, todos contra todos, las amistades, los equipos y las complicidades se hacen y se deshacen de acuerdo al peso de las circunstancias y de las ambiciones, pero siempre los individuos luchan solos contra todos... En Venezuela toda la existencia, toda la compleja madeja de las relaciones humanas, carece de guías seguras, de referencias firmes y claras en la estructura funcional del Estado. Una nebulosa de opciones y posibilidades es la que se le ofrece al ciudadano desarmado de poder. Y si lo tiene, mucho o poco, más se aprovechará de las argucias legales, más se refugiará en la viveza criolla. 

La ley de la jungla es una realidad dura, teñida a veces por la palabra hipócrita, disfrazada a veces en el cumplimiento superficial o formalista, pero siempre realidad diaria que choca con nuestras tentativas de tratar a uno mismo y a los demás, no como objetos sino como seres humanos que viven en un colectivo. Y lo más grave es que ella se vuelve hábito y costumbre, nueva normalidad de la cual es preciso aprenderse sus oscuras normas tácitas y las rutas más seguras para sortear el peligro. La normalidad de la ley de la jungla borra, poco a poco, la otra normalidad de “antes”, la antigua normalidad de la decencia. Cuando la virtud era respetada, y ser decentes -en el sentido de la ética, de la honestidad y de la serena dignidad de la persona- era ser normales. Una época, lejana y poco definida, tal vez más deseada que real, al amparo del dicho que todo pasado ha sido mejor, en la cual, sin embargo, siempre más valía la “common decency” como ideal de vida, individual y colectiva. Una decencia unida inextricablemente a una reserva de valores, difusos pero inequívocos, que ahora parecen imposibles de recuperar. Y con sobradas razones de pesimismo, pues para esos valores es relativamente fácil su erosión y pérdida, pero hacen falta largas generaciones de educación y estabilidad para regresarlos y reintegrarlos a la vida pacífica de la normalidad social. 

Así, pues, los hechos son contundentes: la ley de la jungla siempre prevalece, hasta en un aspecto que nos toca muy de cerca: la (des)organización de la ciudad. Quien más puede, más hace. Los demás que se las arreglen. Para reincidentes, la vía misteriosa y disimulada de la corrupción es solución recomendada. En la realidad urbana, allí también rige la ley de la jungla, la de la jungla urbana. Las dos ciudades, la de los ricos y la de los pobres, son resultado del mismo Estado (ausente y deficitario) que en su impotencia no puede sino reconocerlas como un hecho. 

Y una breve reflexión con el asunto de la ciudad: con la mayoría de la población mundial cada vez más urbana, siendo ya inevitablemente urbanos, uno de nuestros derechos humanos es ahora el de vivir en una ciudad pacífica y decente, campo de paz donde sea normal el placer de la vida –que para eso se inventó la ciudad- hasta la frecuencia y la simpatía de los recuerdos, no sólo como nostalgia melancólica de la añoranza, sino como esperanzas de futuro. El derecho a la ciudad es ya hoy una normalidad universal. Derecho a la ciudad que no sea lugar de angustias y temores, que no sea la casa de los terrores y de las desgracias, sino el lugar común del placer del trabajo y del ocio, de la educación y del viejo, antiguo “progreso”, ahora ecológico y científico. Ello es parte de nuestros derechos, de esos derechos humanos que nacieron con el iluminismo. Si la condición urbana va a ser, como parece, nuestra condición definitiva, entonces se impone la exigencia y el requerimiento al derecho humano de la ciudad, Ciudad de Dios o Ciudad del Sol, según los gustos y las culturas, pero finalmente ciudad total y gloriosamente urbana, con perdón de lo reiterativo. 

Conclusión: no se puede construir un país bajo el imperio de la ley de la selva. Y no puede haber civilización (construcción del país) sin un proyecto de país. No se trata tan sólo de más y mejor democracia. Para nosotros, debe tratarse también de más y mejor Estado. Y, volviendo al comienzo, algo más triste, no podrá haber proyecto de país, sin un Estado verdadero que se respete. Como en la famosa y oportuna metáfora, una culebra que se muerde la cola.

martes, 5 de abril de 2016

Zaha Hadid, nos va a hacer falta, en serio


Centro Cultural Heydar Aliyev, en Bakú, Azerbaiyán, 2012

La muerte de una persona tiende a crear alrededor de lo que ella fue en vida, y de su recuerdo, una suerte de burbuja protectora. Ya no parece correcto tratarla como cuando estaba viva, con los juicios y los adjetivos que provoca y que arrastra consigo cada recorrido personal, como es natural y eterno, en la compleja y conflictiva realidad de los actos humanos. Se impone entonces la alabanza y el soslayar de las críticas o, inclusive, el callar los posibles errores y defectos. A menos de que se trate de un personaje francamente odioso y perverso como, por ejemplo un Hitler, en cuyo caso son libres las acusaciones más feroces, se impone una amabilidad condescendiente, casi de perdón, un esfuerzo de ver sólo lo positivo, disfrazado de comprensión cuidadosa. Y probablemente, en una escala antropológica, debe ser éste un comportamiento acertado, desde el punto de vista de las relaciones sociales con intenciones de ir hacia una progresiva superación del fanatismo.

Pero tal conducta, frente a la muerte de personajes que han hecho historia, también acarrea inconvenientes, pues no ayuda a entender la realidad y enreda con ramajes mitológicos acontecimientos que deberían ser expuestos con franqueza objetiva. 

Esto mismo está ocurriendo en el caso de la muerte, recientemente ocurrida, de la famosa arquitecta árabe iraquí, culturalmente naturalizada británica, Zaha Hadid. 

Se acabaron las controversias y las opiniones adversas que eran el pan de todos los días en la crítica arquitectónica mundial, y ahora todo es alabanza hasta el elogio del genio. 

Así que, desde el pequeño punto de referencia dialógica que pretende ser este blog, conviene intentar abrir, aunque sea esquemática, sintética y provisionalmente, un análisis de su obra.

Zaha Hadid, desde su origen árabe y culturalmente marginal por las condiciones políticas impuestas a su país, llegó a convertirse en fenómeno mediático y en una anomalía arquitectónica espectacular. De por sí, nada más este recorrido, de la nada a la fama, de los dibujos para galerías de artistas de vanguardia a construir obras gigantescas y costosísimas, con todo el apoyo de los protagonistas del poder -desde los grandes bancos a la burocracia política y hasta a los dictadores en pos de publicidad- ella, mujer, en un mundo tradicionalmente machista, nada más esto, es ya un episodio excepcional en la historia (machista) de la gran arquitectura mundial. 

Dicho esto -y reconociendo así un talento extraordinario para gerenciar sus opciones, a punta de firmeza de carácter y de tenacidad- es necesario centrar la atención en lo esencial de los aportes de sus obras. Y éstos se resumen en lo más visible: su indiscutible capacidad de inventar una extraordinaria nueva estética arquitectónica, en el estricto sentido de haberse sabido colocar, desde el comienzo, fuera de lo corriente y lo rutinario en las manifestaciones formales de la profesión. Para Le Corbusier (asumámoslo por un momento como máximo representante de la estética arquitectónica moderna) el sentido de la forma coincidía con el uso de una geometría y un sistema de proporciones rigurosa y matemáticamente correspondientes a lo que expresó, con lujo poético, en su “Poéme de l´angle droit”. Recordémoslo:

 “Categórico ángulo recto del carácter, del espíritu, del corazón. Me he mirado en ese carácter y me he encontrado”

Ese carácter es toda una estética formal guiada por una mitología matemática que excluía cualquier manipulación artificial sin apoyo y consecuencias en un sobrio y sensato manejo de la práctica constructiva. Su concepción de la arquitectura como “el juego de los volúmenes bajo el sol” en realidad no es un juego irresponsable, sino, todo lo contrario, el gobierno de la forma con un sentido terriblemente digno y respetuoso de lo que significa actuar en el mundo. 

Para Zaha, es todo lo opuesto. Y no se trata propiamente de su carácter personal, ampuloso, arrogante y opresivo, que en eso podría ser comparado con el del maestro suizo-francés. Se trata de que para ella la forma arquitectónica es un envoltorio de curvas sinuosas, frívolas y caprichosas, tan obsesivas en sus excesos hasta el punto de que algunos de sus admiradores (Rowan Moore, por ejemplo) llamaban a su autora “la reina de las curvas”, refiriéndose por supuesto a sus diseños y no a sus curvas personales que estuvieron siempre, en las presentaciones públicas, ocultas tras unos muy oportunos y admirables aderezos de telas opulentas, también diseñados por ella. 

Las curvas pues, su mundo de formas, que intentaban negar la supuesta estolidez de la geometría elemental -tan típica de la arquitectura moderna, racionalista e internacional- han sido su triunfo y a la vez su condena. Porque construir lo que uno se imagine alocadamente, como papeles arrugados (Frank Gehry) o como en sus obras, melcocha estirada alrededor de centros de actividad, evidentemente cuesta más (pero muchísimo más) que el ángulo recto de Corbusier. El que haya logrado que se calcularan y se construyeran estructuras “imposibles”, con presupuestos desbordando varias veces el costo previsto inicialmente, es un misterio que únicamente puede explicar la dinámica igualmente excepcional de la economía financiera y de la política globalizadas. Zaha Hadid inventaba un objeto arquitectónico, abstracto, más una hipótesis que una obra. Alguien, luego, resolvería cómo construirlo. El íntimo nexo tradicional entre imaginación y métodos y técnicas constructivas, que hace de la arquitectura el arte más concreto y material, se rompe. No importa cómo y con qué se construye. Tampoco importa, para mayor sorpresa, cuánto cuesta. Los costos no parecen interesar a los ricos del mundo industrializado o a los chinos que van por ahí, en la misma senda. Es legítimo pensar que la obra de Zaha Hadid, dramáticamente interrumpida, representa todo lo contrario de lo que pregonaban los principios fundamentales de la arquitectura moderna del siglo XX, racionalidad, funcionalidad, coherencia constructiva, respeto por el entorno urbano, sensatez y búsqueda de armonía a escala humana. 

Espacios y volúmenes fantásticos a un costo fantástico: en resumen ahí está su novedad, es lo esencial. Por supuesto, sería de tontos negar la coherencia formal y hasta la elegancia de los volúmenes que ha diseñado Zaha. Como también sería tonto negarse a reconocer la increíble audacia con que se ha lanzado a participar y a ganar en concursos internacionales en medio mundo. Ni es posible no reconocer que sus curvas sin fin y sus líneas rectas y quebradas (que a veces también las hay) constituyen notoria razón de asombro y de auténtica sorpresa. Si se busca eso, maravilla, deslumbramiento y estupor, en todas las obras de esta arquitecta se hallarán centenares de episodios que merecen el desconcierto y la fascinación. Reconocerlo es un acto de objetividad. Pero, a la vez, es importante señalar sus contradicciones. Que con sus disparates que bordean el abismo de lo ilógico, con sus curvas arbitrarias, una vez ya construidas y haciendo parte de una potente realidad mediática y profesional, ha puesto punto final a tabúes tradicionales en la arquitectura moderna. Con sus formas totalmente irracionales, arbitrariamente decorativas en el peor sentido, o, en todo caso, separadas de una seria lógica constructiva material, también ha abierto, tal vez más que en el caso de sus colegas del calibre de Frank Gehry, el dilema de cómo llenar la brecha creciente entre la arquitectura posible en el primer mundo, en el mundo de la riqueza, la opulencia y el derroche, y la que tiene sentido en el mundo de la periferia, como el nuestro, con sus penurias, su pobreza, su vida elemental y sus cargas primitivas. Pero no sólo, entendámonos, con la periferia de la modernidad, que el asunto es también con el centro, con Berlín, con Paris, con Londres, que la economía, la discriminación y las penurias culturales son parte de sus grandes conflictos internos. El clásico desinterés de Zaha Hadid (no son mi problema), hacia la vida de los trabajadores, por los accidentes mortales que afectan a la multitud de los esclavos anónimos que construyen, en los países árabes, sus edificios, es parte también de su mismo desinterés hacia lo que no se presta a la conmoción, a lo excepcional, a lo increíble, a lo desmesurado. 

Es aquí, frente a la doble cara de este dilema, cuando lo absurdo y frívolo de la arquitectura de Zaha Hadid, estalla, como fruta madura, y muestra su negación de todo lo más sano que la historia de la arquitectura ha depositado en las ciudades del mundo. La oposición radical entre el hábito de las formas geométricas que nacen de la funcionalidad y del uso racional de los sistemas constructivos, (p.ej. Le Corbusier, Aalto, Murcutt) y la aplicación indiscriminada y extravagante de la fantasía individual, como en el caso de esta excepcional arquitecta árabe-británica, no es exclusivamente una oposición formal, una cuestión de estética (que sí lo es, naturalmente, ya lo vimos). Es también, y sobre todo, una oposición entre el deber ser de una arquitectura responsable, comprometida en la construcción de un mundo hermoso, sano y sensible, en las peores condiciones imaginables, (que son las típicas de la enorme mayoría de la población del planeta) y la arquitectura irresponsable, que a partir de la exaltación de los egos personales, disfruta de los espacios para los juegos que le permiten el poder. 

Así que, resumiendo, si Zaha Hadid es el símbolo del rescate del papel de la mujer, una etapa más en el incompleto proceso de emancipación femenina del machismo cultural, gloria a Zaha. 

Si Zaha Hadid es el símbolo de la irreverencia hacia lo “normal”, un símbolo de la liberación de la imaginación, manifestación concreta y contemporánea de libertad de imaginación y de inventiva, bienvenida su memoria, especialmente en un mundo como el nuestro, atenazado por la indisciplina social, por el desconocimiento profesional y la mediocridad del poder. Pero si Zaha Hadid es el símbolo más actual de la irresponsabilidad social y cultural, el símbolo que fomenta la frivolidad del rebelde sin causa, y que aprovecha los resquicios del poder cual juglar de la corte del rey, entonces es recomendable, en un mundo como el nuestro, condicionado peligrosamente por la imitación, declararla como una “cause celébre” más, de la decadencia de Occidente, y dejarla de un lado, disponible para los historiadores de siglo XXI. 

Pero concluyamos -apoyándonos en la necesidad, acaso más personal que general, de un descanso en la polémica- con una consideración que es más una mueca que una contrariedad. 

Zaha Hadid nos va a hacer falta. Sin sus aberraciones voluntariosas, sin su estampa de mujer arrogante, sin el rastro de sus raíces árabes en los conflictos de un contexto tremendamente competitivo, el mundo de la arquitectura ha perdido un punto de referencia apasionante.

 Galaxy Soho Beijing, China, 2012