lunes, 16 de enero de 2017

Y razones para el pesimismo


En este museo, MUSARQ, última estación del ferrocarril de los sueños, con muchas dificultades, (hay que reconocerlo: sin presupuesto y casi sin personal para cumplir con lo esencial, exhibir, conservar, documentar, debatir, difundir) tratamos de ceñirnos a la consigna de Gramsci, voluntad del optimismo y pesimismo de la inteligencia.

Así que, como decíamos, si acaso hay razones para ser optimistas, éstas se resumen en una suerte de apuesta, de anhelo, de esperanza de estar en lo cierto. Porque, de otro modo, es harto difícil seguir.

El optimismo es, al fin y al cabo, un acto de fe, una ilusión-intuición más, como otras tantas, útiles para la terapia del alma. Casi una religión. 

Pero hay otra vertiente, otra cara del asunto. Otra manera de ubicarnos frente al angustioso dilema de entender quiénes somos y hacia dónde vamos. No nos vamos a repetir insistiendo en el contexto histórico: el mundo es un pobre, lamentable desastre, un caos de intereses en el cual lo primero que se pierde es el sentido de la vida. Eso está claro. Vamos directamente a lo que nos sostiene, aquí, en este punto del planeta, en el ejercicio de los días, de todos los días. Hay una frase, atribuida a Antonio Gramsci, que puede guiarnos en esta alternancia de análisis de optimismo y pesimismo: “optimismo de la voluntad, pesimismo de la inteligencia”. Y la inteligencia, esta necesidad compartida de asegurar conocimiento, antes de convertirse en sentimiento o en actitud frente a la acción, -esto es, en pesimismo- nos obliga a examinar con objetividad la realidad que nos rodea. Reconozcamos que también hay razones para sostener que el panorama es de pesimismo. Muchas razones, entre las cuales es preciso señalar las más evidentes. 

Esta nuestra, es una sociedad que carece de las luces del conocimiento, es decir que la ignorancia gobierna sus actos, en todos sus estamentos (ojo, no solo en algunos de ellos, los de arriba o los de abajo, no, en todos). La ignorancia, el no saber cómo, y desistir y desviarse, como temiendo la equivocación, o terminar desinteresándose, es una carga negativa que afecta a todos los colectivos y se traduce en la indiferencia, en el abandono, en la desidia pública. 

Es una sociedad que nunca ha dispuesto de un Estado superior, unitario, cohesivo y regulador, y que a falta de una unidad colectiva, ha hallado en la fuerza y en la astucia individuales el privilegio de los egos. Con ello se multiplican las oportunidades para el ejercicio de la viveza personal, otra más de las formas de violencia posibles, hasta su nivel máximo, el robo, el asalto, el secuestro, el asesinato. Arribismo individual, oportunismo dilatado, corrupción desde el pequeño acto de la coima al gran diseño de las carreras por los intereses mercantiles y financieros. 

Es una sociedad adicta no a la disciplina de la reflexión, del razonamiento y del pensamiento crítico, sino al juego riesgoso de la improvisación. En este contexto, la acción política -además de ser el resultado del eterno juego de intereses, pequeños y grandes -es guiada por el ejercicio de los sentimientos, por una manipulación de las emociones -a veces sincera, a veces artera, pero siempre sensiblera- con pesados ingredientes negativos de pensamiento mágico y de primitivismo. 

A todo ello se ha agregado el efecto abrasador -indiscutible- de la renta petrolera. Estas formas de relaciones sociales se fueron agravando y combinando entre sí, como en una síntesis química, con la aparición en la escena histórica del rentismo. Y ello acabó con cualquier rescoldo de previsión, de prudencia, de regularización de las normas, de autodisciplina, de racionalidad y respeto humano. La ley de la selva -bajo la máscara de la democracia- el sálvese quien pueda, se han sustituido a una serena relación entre los ciudadanos. 

En este nuestro teatro contemporáneo, del hoy venezolano, éste es el telón de fondo sobre el cual se dibujan nuestros actos: 

1. la ignorancia como ausencia de saberes, desconocimiento del mundo,

2. la visión mística, emocional, religiosa, con la cual los sentimientos guían la acción política, 

3. la irracionalidad de la improvisación. La improvisación como método de intuición y astucia. Con ella se evita el fatigoso recorrido de la reflexión y el pensamiento crítico, el respeto por la ciencia, 

4. la corrupción, como fuente de aprovechamiento, de enriquecimiento, de acumulación de dinero: la ilegalidad como normalidad omnipresente, 

5. el veneno (y el sentimiento) del rentismo, que invade todas las células privadas y públicas de la sociedad y anula el trabajo de la perseverancia y del altruismo. 

La combinación de estos factores en el comportamiento social, ha hecho de nuestra sociedad lo que es hoy. En una dialéctica entre optimismo y pesimismo, hallamos que hay razones para ambos. Se entretejen las del optimismo (sí podemos) con las del pesimismo (siempre terminaremos perdiendo). En un ir y venir, (es ya una tradición histórica), pasamos de las alturas de la utopía y de las ambiciones generosas, al desastre pedestre de las miserias de todos los días. Eso se ha vuelto historia. Una historia típicamente venezolana. ¿Es posible no darle espacio, entonces, al pesimismo? Podemos escoger, sin embargo, la recomendación de Gramsci. 

La inteligencia, escéptica por naturaleza, conduce al registro del pesimismo, a la constatación de la realidad tal como ella es. Por su parte la voluntad, persiguiendo sueños e ideales, estimula al optimismo de un mundo mejor, casi forzoso. 

Un par de instrumentos perceptivos, un par de puntos de vista, ambiguos pero, en fondo, hoy, útiles.

lunes, 9 de enero de 2017

Para el optimismo: tres razones


foto robada a Donatella y Raul Grioni


En los comienzos de año se acostumbra, por razones que deben estar bien arraigadas en el alma de las tradiciones humanas, hallar nuevas razones de optimismo. En realidad es más el deseo de imaginar un futuro con perspectivas distintas a las del pasado, son más ilusiones, bien justificadas, que hechos sobre los cuales colocar alguna certeza de mejoramiento. 

Lo cierto es que, mirémonos alrededor, en el país y en el mundo no parece que haya mucho que esperar de la humanidad. Las mismas guerras, las mismas atrocidades, las viejas contiendas de siglos renovadas y actualizadas. Las mismas penurias, las mismas miserias, estupideces y falsas glorias instantáneas. Los mismos errores garrafales que únicamente enardecen la decepción. Un mundo que ya podría haber encontrado la senda de un auténtico desarrollo humanista, labrado con la armonía de la ciencia y de la tolerancia, con los argumentos supremos de nuestra soledad en el cosmos y de la urgencia de comportarnos por fin como seres inteligentes. 

Nada de eso.

El mundo sigue igual, por el momento.

Y mejor no hablemos de nosotros, de quienes vivimos en esta Tierra de Gracia. Todas las manifestaciones de la realidad concuerdan en pruebas que parecen hundirnos en un pozo negro de desencanto y pesimismo. Pero es por ello que, a contrapelo y en discordancia con lo que parece indiscutible, quisiéramos proponer, en este comienzo de año 2017, una visión diferente, por más que parezca construida con demasiados elementos de la voluntad y de la sensibilidad. 

Es rápido decirlo: un país que puede producir tres hombres, en tres atmósferas históricas diferentes, como Reverón, Villanueva y Dudamel, debe tener en su seno un reservorio insospechado de “recursos” de esos que ahora se llaman “humanos”, que atienden a la precisa especificación del Talento, que no es otra su dimensión.

Porque de talento, puro y claro, milagroso, en grandes cantidades escondidas en tres historias personales bien diferentes, es de lo que hay que hablar cuando se habla de estos tres seres, venezolanos de esencia profunda y genuina. Talento que es capacidad de creación, de cambio y de audacia... Y así como el talento se expresó y se expresa en ellos, por simple regla matemática o estadística -la que acabamos de inventar- debe seguir estando vivo y regado en este pueblo. Porque es a él, al pueblo, que hay que referirnos. Estos hombres excepcionales, Reverón, Villanueva, Dudamel, pintura, arquitectura y música, en tres escalas distintas, son indicios de que existe una capacidad soterrada, un humus creativo generalizado, una sabiduría común, que difundida como en una dialéctica de movimientos colectivos interconectados puede conducir a un insospechado rescate colectivo de la más profunda fibra humana. Las supernovas explotan porque hay una galaxia que las nutre. Y las personalidades excepcionales no surgen de la nada: nacen gracias a un territorio cultural y anímico que los circunda y los sostiene. No se diga que esas son expresiones artísticas, que nada tienen que ver con la dura y fatigosa experiencia política y social… Lo importante es darse cuenta de la existencia de un interesante tejido de experiencias difusas en los diferentes estratos sociales. Difícil de medir, pero que existe. Y por una vez, pues, reconozcamos, contra los creyentes en los férreos mecanismos de la economía política, que la creación artística también puede encadenar cambios en los comportamientos sociales. Las manifestaciones artísticas, como en el arte prehistórico o en la corte de los Medici, revelan conexiones, misteriosas pero reales, con la acción política, con la “weltanschauung” de los eruditos, que no es sino la “cosmovisión” colectiva del hombre común. 

Resumiendo y en definitiva, un pueblo que es capaz de producir tales dosis de talento “natural”, no puede ser que se deje ahogar en un teatro político miserable, que se deje convencer por la erosión dulzona de la corrupción, que se deje ahogar en la ignorancia o apabullar y entristecer en unas colas infames. Puede ser ésta una ilusión, una esperanza. Pero también es un convencimiento. 

Tres razones, pues, para el optimismo. Que es una vía de liberación.

viernes, 6 de enero de 2017


Ha fallecido
 el eximio historiador Leonardo Benevolo,
 quien tuvo un importante papel en la formación 
 de la cultura arquitectónica moderna en elmundo y también en Venezuela.

Leonardo Benevolo en Margarita,
 en ocasión del Seminario  Internacional sobre el tema
 "Situación de la historiografía de la arquitectura latinoamericana",
octubre 1967.






Nos duele comunicar que ha fallecido
 el arquitecto Julio Riquesez.
Enero 2017

miércoles, 4 de enero de 2017

(1933-2016)

Ha fallecido
el arquitecto Daniel Fernández Shaw
quien, en autoría con Henrique Siso,
 con el conjunto del Parque Central,
cambió para siempre el perfil y el ánimo de la ciudad de Caracas












miércoles, 23 de noviembre de 2016

También hay arquitectos que dan nauseas


La city de Londres











La muy polémica Zaha Hadid ya falleció. Pero su enorme “taller, oficina, empresa de arquitectura”, continúa ejerciendo con su nombre. Un arquitecto, Patrik Schumaker, es ahora el jefe responsable de su destino y su figura es la más notoria. En una reciente conferencia pública, en Berlín, en el marco del World Architecture Festival, dio su autorizada opinión acerca de cómo debería proceder la arquitectura en su diálogo con la ciudad, en atención a los graves problemas que atañen al desarrollo de la urbanización globalizada. 

No hubiera podido ser más claro, más definidas sus ideas y más precisas sus recomendaciones. Su muy aplaudida intervención en el Festival resultó ser una maravillosa síntesis de los peores y aborrecibles criterios reaccionarios aplicados al hecho urbano. Hacía mucho tiempo que no se reunían y se explicaban con tanta transparencia y eficacia didáctica. Veámoslos rápidamente. He aquí las recetas del colega Schumaker, que van a salvar del caos (y de los pobres y de los refugiados) a la ciudad de Londres y a todas las que quieran seguir su ejemplo.

1. Eliminar toda la normativa restrictiva relativa al uso del suelo urbano.

2. Eliminar todas las medidas de protección del ambiente.

3. Abolir toda norma relacionada con “standard” en el diseño de viviendas.

4. Eliminar las cuotas relativas a la construcción viviendas de interés social.

5. Eliminar controles o regulaciones de los alquileres.

y, para culminar, lo más elocuente porque toca lo esencial,

6. Privatizar todas las calles, plazas, espacios públicos, parques y posiblemente distritos urbanos completos. 

No es un chiste. Es en serio. Con toda la seriedad de quien se cree dueño del mundo. Como se observa, para el amigo Patrik, el omnipotente mercado inmobiliario decide todo. Confiando ciegamente en él se solucionan todos los problemas. Al mejor estilo Thacher, que impere la desregulación total, para que la “libre iniciativa” tenga campo libre para los intereses del capital. El Estado desaparece y el caos “natural” por sí solo corrige el desarreglo social. En su conferencia llegó también a afirmar, cínicamente, que es un absurdo (en sus palabras: “sería una tragedia”) pensar que se puedan ubicar viviendas de interés social -para las cuales confesó no tener el menor interés, puesto que lo suyo son las viviendas de 10 millones de dólares para arriba- en el centro de las ciudades, donde los ciudadanos de verdad-verdad, tienen el derecho a hacer sus negocios en las mejores condiciones. El razonamiento tiene una lógica de bronce: puesto que es con nuestro dinero que se mantienen y subsidian a los pobres, si ellos quieren que se les siga subsidiando que no se atrevan a invadir nuestras sectores urbanos, elitescos y exclusivos, donde nos merecemos el mejor de los hábitat. Es evidente, para quien quiera escuchar sus palabras [1], que el arquitecto Schumaker tuvo la oportunidad de expresar el pensamiento más negativo y más repugnante de lo que la derecha política ha podido argumentar, hasta ahora, con relación al problema de la ciudad. Y lo ha hecho llevándolo hasta un nivel increíble… pocas veces se había podido ver tan claramente expuesta el alma de la reacción, el núcleo duro de la derecha retrógrada, como idea y como pragmática, y tan directamente traducida al campo de la arquitectura y del urbanismo.

En verdad ¡qué documento tan extraordinario, éste que nos ofrece Patrik Schumaker, digno heredero del pensamiento Zaha Hadid! ¡Cómo resume lo que se concentra en el avance arrollador de las ideas de la derecha internacional en el mundo contemporáneo! Si se analiza lo que sostiene Schumaker, no hay que dejar de observar también el contexto en que se ubica, las ciudades de Londres y Berlín: el propio centro del capitalismo postmoderno. Allí es donde se expresa cumplidamente la decadencia de lo que seguimos calificando como Occidente. Mortalmente enfermo, perverso, egoísta, el triste panorama internacional así lo demuestra. ¡Y la ingenuidad de quien, aquí, quisiera imitarlo con sus recetas indecentes! ¡Cuán enorme es la distancia cultural y material entre ellos y nosotros! Por supuesto, no porque nosotros seamos mejores, o porque poseamos parámetros morales más sanos. Sino porque aquí todavía -a pesar de todo, de todas nuestras penurias subdesarrolladas y periféricas- por un milagro de la historia, podemos siquiera tratar de imaginarnos un mundo mejor. 

El público escuchó y aplaudió. Pueden decirse satisfechos: ya tienen al arquitecto, a la arquitectura y al urbanismo mejor adaptados a los preceptos del señor Trump. 

El arquitecto Schumaker… feliz en su jaula de oro, muy satisfecho con lo que hace y convencido de lo que dice. 

Realmente da miedo o nauseas. 

Y vergüenza.


[1] Pueden verlo y escucharlo en www.dezeen.com, 18 noviembre 2016


Zaha y Patrik

martes, 8 de noviembre de 2016

La ignorancia



Según las eruditas definiciones de los académicos, la ignorancia puede ser ausencia de saber, posesión de saber falso o ilusorio, saber insuficiente o inseguridad (docta inseguridad) acerca de lo que se sabe o no se sabe. Pero para Platón, por ejemplo, lo que sí estaba seguro es que de la ignorancia descendían todos los males de la sociedad.